
Las sombras de la tarde caían sobre la vieja calle portuaria. Grúas y chimeneas de buques granelaros se divisaban en el fondo. Haroldo, con su pincel, ubicaba un fino trazo de óleo verde musgo, representando la puerta de una de esas viejas casas construidas con maderas y chapas de zinc.
La pintura, que dejaba ver uno de los accesos al dock central, estaba a medio hacerse, cuando nuestro artista descubrió que en un lugar de la tela, un poco más acá del viejo almacén, aparecía una pequeña mancha marrón abrillantada, que debido a su tamaño, no permitía observar su forma exacta.
No se trataba de una simple imperfección producida por un derrame de color, sino que el detalle presumía alguna configuración definida, aunque apenas perceptible. Ante esto, Haroldo se sorprendió, pues no recordaba que de su mano hubiera salido aquel llamativo pormenor. Nadie había entrado en su estudio en los últimos días que pudiera haber adulterado su obra, ni en su recuerdo había previsto realizar ese diminuto detalle, que a la visión normal se presentaba como indescifrable.
Entonces, procedió a buscar una lupa para saber de qué se trataba. Acercó el cristal a la figura, y de pronto se vio transportado a la vieja calle portuaria, donde se imponía un fondo rojizo y grisáceo, por encima de los barcos, mientras la tarde caía lentamente.
-Nene, vení para dentro, que está oscureciendo- exclamó una voz femenina, en la cual Haroldo reconoció la voz de su madre.
-Entrá tus juguetes- volvió a decir, mientras él, fijaba su mirada en el caballito de madera, pintado de color marrón abrillantado. En el instante en el cual se predisponía a tomarlo, su visión se alejó del lugar, y mientras sus ojos se humedecieron con lágrimas, volvió a encontrarse frente a la manchita del cuadro.
Hacía bastante tiempo, que Haroldo no recordaba al caballito de juguete que su abuelo le había regalado cuando niño, y que él, con su corta edad había bautizado Hico.
Publicado en la Selección “Ronda de Cuentos”- Editorial Dunken 2007- Bs. As.
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