La escalera mecánica estaba
detenida, lo que no impedía que los pasajeros igual bajen por ella. Udolfo no
fue la excepción. Si bien había mucha gente, la estación del subte no estaba
tan abarrotada como por la mañana cuando Udolfo hiciera el trayecto inverso. Se
acercó al puesto de diarios, y apenas pudo constatar algunos datos de la
revista que ya había visto horas antes en otro lugar, el transporte ya había
arribado al andén. Esa publicación estaba en infinidad de sitios, por lo cual
era inevitable volver a encontrarla. Se abrieron las puertas del vagón y todos
se abalanzaron hacia dentro de él, con una brusquedad que a Udolfo le hizo
recordar cuando siendo niño, sus padres lo llevaban a la fiesta del club.
Mientras los adultos seguían en la mesa, los chicos jugaban en el salón a las
escondidas o a la mancha, o hablaban entre ellos. Pero cuando comenzaba a sonar
la música, los grandes se lanzaban a la pista para bailar, y no pocas veces
Udolfo tuvo que correrse rápidamente para que no lo atropellen, o no lo pisen
con los saltos que daban.

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