7.11.11

La cruel y enigmática.


En el altillo donde alguien había guardado las pertenencias del ya difunto ex propietario de la casa, había un viejo armario. La sensación que daba el lugar, era que nunca había sido inspeccionado, luego de todo eso haberse ubicado ahí, mientras en el techo podían verse varios orificios por donde se infiltraba el agua de la lluvia, haciendo del desván un lugar sumamente humedecido. En verdad, lo que alguien había considerado como cosas de valor, de ninguna forma podían ser tasadas a buen precio, ni en una casa de antigüedades, y ni siquiera en un negocio de compra- venta. En aquel armario, Florencio se encontró con viejas tarjetas postales, fotos de color sepia y blanco, algunos libros, montones de cuadernos con anotaciones diversas, periódicos y revistas de más de medio siglo atrás, banderines y alguna que otra estatuilla tallada en madera. Abrió alguno de los cuadernos y se puso a leer algunos manuscritos sin interesarle nada en demasía. Tomó entonces una carpeta donde había pilas de recortes de diarios que a pesar de lo amarillento del papel, se dejaban leer, cuando se percató que algo de la carpeta había caído al suelo. Era un diminuto sobre de nylon con un pequeño papel adherido como etiqueta, que decía: “Semillas de Mangrina, la cruel y enigmática”. En ese momento Florencio recordó que algo había visto escrito en una de las anotaciones que había revisado, y entonces volvió a inspeccionar los cuadernos, para reencontrar lo que había pasado por alto o leído por arriba. “Mangrina, la cruel y enigmática, es una hermosa planta originaria del África que da hermosas flores colores teal y púrpura. Los dos atributos puestos a su nombre no sabemos a que obedecen, ya que quien trajo esas semillas que le fueran obsequiadas por una tribu zulú, no dejó ningún dato al respecto”. Más abajo decía: “Una aclaración...”, pero la humedad había borroneado la tinta, no dejando que pudiera leerse lo que estaba escrito. Florencio se detuvo a mirar el sobrecillo que en su interior contenía más o menos una docena de semillas con forma de lentejas, pero con un tamaño un poco mayor y de un color verde musgo semiabrillantado. Tras leer la anotación ya no pudo resistir la tentación de sembrarlas. El nombre aclarado de aquel vegetal le resultaba un misterioso interrogante, que suponía iba a develar cuando Mangrina crezca y de flores. Con el sobre en la mano, puso el pié en la escalerilla y descendió del altillo, olvidando todo lo demás que había en ese sitio.
Abajo se lavó las manos y la cara, y paso seguido fue hasta el vivero a comprar una gran maceta que trajo hasta su domicilio en el jeep que había adquirido en un remate donde vendían elementos que el ejército daba de baja por entrar en desuso. Tomó una carretilla y una pala y se dirigió hasta el terreno baldío para traer el humus necesario para llenar la maceta, a la que había ubicado en el pasillo que comunicaba al living con el dormitorio. Una vez colocada la tierra y de forma paciente y cuidadosa plantó las semillas, para luego rociar sobre ambas el agua de la regadera. A partir del día de la siembra, Florencio humectaba su cultivo todos los días de manera casi religiosa. Fue así como pasados unos meses comenzaron a despuntar unos pequeños, delgados y alargados filamentos verdes. Durante todo este tiempo, tanto el gato de angora como el loro pasaron para él, a un mísero segundo plano, cuando antes habían sido sus únicas compañías. La planta empezó a crecer rápidamente y también a cobrar una imponente fisonomía. Irrumpieron así las primeras flores, desprendiendo en la casa un intenso aroma.
Una noche mientras dormía, Florencio despertó sobresaltado por un fuerte gemido. Se levantó presuroso sabiendo que aquel ruido de gran magnitud, no venía más que desde adentro. Recorrió la casa y no se encontró con nada raro, con nada que tenga que ver con el grito, pero ya le costó volver a dormirse. La incertidumbre le crispó los nervios, mientras le llegaba a su olfato el perfume de Mangrina que impregnaba las habitaciones. Por la mañana se encontró con que Bocha no se acercó para comer el alimento para gatos. Florencio sentía que algo extraño estaba sucediendo y que también a él le estaba pasando algo inverosímil por sus pensamientos sin saber qué ni por qué.
Por la noche ni bien apoyó la cabeza sobre la almohada se quedó totalmente dormido, cuando una extraña mujer de color verde se le acercó para despertarlo y pedirle que le haga el amor. Florencio se sintió desconcertado por esa piel de inusual color, y a pesar de lo sorpresivo también se sintió bastante atraído por la inusitada sensualidad que ella irradiaba. La mujer lo abrazó y lo comenzó a besar sintiendo él, un gusto clorofílico que salía de su boca, cuando despertó súbitamente. –Bueno- se dijo- no fue más que un sueño. En ese momento se dio cuenta que antes de acostarse había olvidado encender el espiral, aunque a pesar de ello, no había el más mínimo rastro de los frecuentes y fastidiosos mosquitos, propios a la temporada estival y mucho más ante la presencia del río a pocos metros de su casa. En lugar del consabido olor a palo santo y piretro se destacaba el aroma de las flores color teal y púrpura. En las noches que siguieron aquellos insectos molestos y zumbadores habían desparecido y entonces Florencio supuso que el municipio habría fumigado la zona. Mientras tanto Mangrina seguía creciendo y él la regaba obsesivamente todos los días, y ella a través de sus flores invadía el universo olfatorio.
Otra noche, Florencio despertó abruptamente por el chirrido de Pedrito. Se levantó y fue hasta su jaula, para encontrar que la misma estaba vacía y con la puerta cerrada. En un terrible estado de somnolencia y tensión simultáneas observando a Mangrina vio a la misteriosa mujer verde del sueño que había tenido noches anteriores. Fue sólo un instante ya que esa imagen femenina se perdió en la figura de la planta. Al otro día sentía que sus pensamientos se habían vuelto inconexos, que su memoria le fallaba, que la brisa que golpeaba su rostro en el parque le incomodaba, que el ruido del agua que brotaba de la canilla le producía suma angustia. Bocha, Pedrito y los insectos habían desaparecido del lugar, y fue entonces cuando se decidió consultar a un psiquiatra. Sin darle muchas explicaciones al respecto, el doctor Brun dio la orden de internación en un hospicio, ya que Florencio carecía de obra social que le pudiera cubrir una clínica privada. Allí estuvo internado casi dos años siendo sometido a diversos tipos de terapias. Sentía tras haber pasado ese tiempo, que se habían apaciguado sus nervios y sus fobias, pero nunca pudo justificar la razón de haber estado tanto tiempo recluido en aquel lugar, y mucho más habiendo sido víctima de constantes atrocidades que le parecieron irracionales e innecesarias, como lo era la hidroterapia.
Cuando volvió a su casa luego del paso por el manicomio, la planta cruel y enigmática estaba completamente seca. Durante todo ese tiempo no hubo quien la regase de modo religioso ni obsesivo como él lo hacía, y la tierra de la maceta estaba sumamente árida, mientras por las ventanas abiertas, entraba el aroma de los eucaliptos y un lejano pero audible canto de zorzal.

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