
“Será tal vez, porque ya no te extraño como antes”
Había transitado todos los insterticios de arena, y soportado las más tremendas tormentas en medio de las dunas. Averroes decía haber perdido el temor a los ataques de los beduinos, porque según él, había aprendido a contrarrestarlos de manera efectiva. Se explayaba cada vez más sobre lo inconmensurable del desierto, y en un momento logró afirmar que quería volver a él, porque era el sitio donde más seguro y fuerte se sentía, y esto sin dudas causó gran asombro entre los que lo escuchaban, mientras sus mujeres seguían danzando, y mostrando imágenes de perfecta y extremada armonía. Averroes aseveró que se había vuelto adicto a la soledad desértica, y que a pesar de todo con lo que se reencontraba, todo ello no era comparable al infinito océano de arena.
Mientras danzaba, la bella y pequeña odalisca se le acercaba sigilosamente a Averroes, para satisfacerle en todas sus acaloradas fantasías eróticas, muy confiada ella en todos sus dotes sensuales, cuando una inexplicable fuerza la detuvo en el intento.
Fue en un momento, cuando la fila de camellos se quedó atascada en la pendiente de aquel médano, y muchos de los jinetes habían perdido la poca cordura que les quedaba. Entre ellos, Averroes, no salía del espejismo en el que estaba inmerso, y que no era la simple visión de un oasis, donde se reflejara un espejo de agua cristalina y un palmar. En su relato delirante intentaba convencerse de lo maravilloso del Sahara, para que su voluntad no declinara ni se lo llevara puesto.
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