9.5.26

Lo que el gato sabe


Lo que el gato sabe

I

Hace diez años que Malena no está.

Lo digo así, en presente, porque para mí el tiempo ya no avanza. Se enreda en los mismos muebles, maúlla con la misma voz ronca de Félix pidiendo comida a las cuatro de la mañana, se estanca en la vigilia como el agua en una olla olvidada sobre el fuego. Diez años. Y sin embargo, cuando cierro los ojos, la veo agachada en el monte, arrancando un hongo del suelo, diciéndome “las hormigas lo están royendo, eso quiere decir que no es venenoso”. Lo dice con esa seguridad tranquila que tenía para todo. Félix era un cachorro entonces, un ovillo de pelos que se enredaba entre nuestros pies. La seguía a todos lados. A veces pienso que él también la extraña, pero los gatos no extrañan. Simplemente esperan.


II

Aquella mañana volví del monte solo. Malena no había regresado. Probamos los hongos. Ella se internó entre los árboles con los ojos dilatados por algo que yo no supe ver, y no volvió. Durante días rastreamos con amigos, con perros, con la policía. Nunca encontramos nada. Durante meses, Félix se sentaba junto a la puerta y maullaba, como si ella fuera a volver con un puñado de hierbas en la mano.

Yo tampoco supe volver del todo. Algo en mí se quedó en ese sendero de grava dorada que ella después describiría, años más tarde, en un sueño que tuve.


III

Antes de que desapareciera, hubo una tarde en que quise decirle algo y no pude.

Estábamos tomando un café, ella con su sonrisa de siempre, yo dando vueltas a una cuchara. Tenía que decírselo, pero las palabras no me salían. No sabía cómo empezar, ni en qué momento, ni qué gesto usar para que ella entendiera que lo que iba a decir no era una confesión cualquiera. Sabía que ella lo esperaba. No me preguntaba nada, pero su silencio era una pregunta.

En un instante, se me cruzó algo por la cabeza. Fulguró y se apagó. Después no pude recordar qué era. Y Félix, desde el suelo, me miraba con esos ojos amarillos que tienen los gatos cuando parecen saber algo que uno no sabe.


IV

Un año después de la desaparición, empecé a despertarme siempre a la misma hora. La hora del lobo. Esa madrugada en que todo está suspendido y la realidad se vuelve un vidrio fino a punto de rajarse. Miraba el reloj: faltaban horas para el amanecer. Me quedaba quieto, en la oscuridad, esperando que el sueño volviera.

Una noche prendí la luz y vi una rata cruzar la habitación.

Corría pegada al zócalo, hacia la pared del fondo. Me levanté, tomé un zapato, intenté pegarle. No pude. La rata se escurrió entre los muebles, tan rápida como se había ido Malena de mi vida. Y Félix, el mismo gato que ella había adoptado, dormía plácidamente en una esquina de la cama. Pero yo no lo veía como si fuera Félix. Lo veía como a una gata prestada, una tal Florinda que me habían dado para cazar la alimaña y que fracasaba. Pasé varios minutos odiándola, hasta que el sueño me venció.

Al otro día, Félix se me acercó refregándose contra las piernas. Era mi gato. Había sido siempre mi gato. La rata no estaba por ninguna parte.


V

Pasaron los años. Félix envejeció. Sus saltos se volvieron torpes, su maullido más ronco, sus ojos legañosos. Yo también envejecí, pero lo mío era por dentro. El insomnio nunca se fue. Ni la sensación de que me había quedado algo sin decir, atascado en la garganta como una espina de pescado. Por las noches, acariciaba a Félix y pensaba en Malena. En cómo era su voz. En ese pequeño gesto que hacía con la nariz al esbozar una sonrisa. Algo que nunca había visto hacer a nadie más.

Hace un año, soñé con ella por enésima vez. Pero esta vez fue de esos sueños que se recuerdan por su nitidez.

No fue un sueño reparador. Fue una pesadilla. Estábamos en esta misma casa. Todo estaba tranquilo: la estufa encendida, la música sonando bajito, un libro en el regazo. De golpe, Félix se despertó furioso. Rebufaba, maullaba como yo nunca le había oído. Corría en círculos como si algo lo acechara. Abrí la puerta del pasillo, él salió disparado hacia la pieza, donde Malena dormía. Y yo corrí detrás, gritando.

Cuando llegué, Malena ya estaba despierta. Sostenía un zapato en la mano y Félix sangraba en el suelo. Ella me miró con unos ojos que no eran los suyos, y huyó. La vi salir por la puerta del fondo, sin voltearse. Yo me quedé con el gato herido en brazos. Desperté llorando, con Félix ronroneando junto a mi almohada, vivo, entero.

Tardé varias horas en convencerme de que no era real. Pero lo fue. Lo es.


VI

Esta noche, diez años después, desperté a la misma hora de siempre. Miré el reloj. Me levanté, fui al baño, me lavé la cara. Todo parecía estar igual que siempre. Félix maullaba. Era un indicio de que tenía hambre.

Cuando me dirigí hacia la cocina, había una mujer sentada apoyando sus brazos sobre la mesa.

—Estaba esperando que te levantes —dijo, mirándome a los ojos—. Y parece que el gato también.

Era Malena. Idéntica a la mañana en que se fue, como si los diez años no le hubieran rozado el rostro. Llevaba el mismo vestido claro, la misma forma de inclinar la cabeza. Yo no podía hablar. Había olvidado todas las palabras, como en el café, como siempre.

Félix se refregaba contra mis piernas, insistiendo. Ella sonrió.

—Dale de comer. No me voy a ir. Además tengo tiempo.

Sobre la hornalla había una olla con arroz hervido y menudos de pollo. Tomé un plato, lo llené, lo bajé al piso. Mientras Félix comía, Malena empezó a hablar. Volvimos diez años atrás. Al bosque y los hongos. Me contó del sendero de grava dorada, del río de aguas pálidas, de una barca y un viento huracanado. Me dijo que había pensado en morir, pero que no estaban dadas las condiciones. Que había cosas que no podían dejarse sin cerrar.

—No todo estaba en orden para partir —dijo.

Escuché su voz con la atención con que se escucha un disco encontrado en el fondo de un cajón. Y entonces entendí, sin que ella lo dijera, que Félix era parte de ese orden. Que ella había esperado que yo pudiera decírselo. Y que mi silencio había viajado a través del gato, año tras año, hasta volverse pesadilla. Hasta volverse esta mañana.

—Cuando por un tiempo debes partir de tu casa —agregó Malena—, hay cosas que nunca puedes dejar de hacer. Cerrar las ventanas, los grifos, las puertas. Acariciar al gato por última vez.

Félix terminó su plato y se sentó junto a sus pies. Ella se agachó a acariciarlo. Él cerró los ojos.


VII

Desperté.

El sillón, la luz de la mañana entrando por la ventana. Félix dormía ovillado en el otro extremo. La olla en la cocina estaba limpia, seca. Nadie la había usado.

Siempre tuve la certeza de que no era un sueño. Una certeza que se derrumbó al despertar.

Pero Félix ronroneaba, y en sus ojos legañosos de gato viejo había algo apacible, algo que antes no estaba. Como si él también la hubiera visto. Como si él también hubiera podido, al fin, despedirse.

Él sabe que ella nunca va a volver. También sabe que nunca se fue.

27.1.26

El personaje menor

 El personaje menor


Ignacio Prado integró durante un año el jurado encargado de otorgar el premio anual de novela de la ciudad. La tarea no tenía nada de extraordinario: leer, comparar, tomar notas, discutir con otros. Una docena de obras, estilos diversos, tramas dispares, ambiciones desiguales. Nada que no hubiera hecho antes. Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura, algo empezó a producir una leve pero persistente incomodidad, una de esas molestias que no se dejan nombrar de inmediato y por eso mismo se vuelven difíciles de ignorar.

En nueve de las novelas aparecía el mismo personaje.

No se trataba de un protagonista ni de una figura decisiva para el desarrollo de la acción. No articulaba la trama ni portaba un sentido secreto. Era un personaje secundario, a veces apenas mencionado, que ocupaba un lugar marginal y prescindible. Lo inquietante recordaría Ignacio más tarde— no era solo su reiteración, sino el hecho de que reaparecía sin variaciones significativas, incluso conservando el nombre.

Al principio, Ignacio pensó en una coincidencia improbable pero posible. Luego ensayó hipótesis más sofisticadas. Tal vez un mismo autor había presentado varias obras bajo distintos seudónimos. Tal vez un pequeño grupo de escritores se había puesto de acuerdo para introducir ese personaje como un guiño privado, una broma interna, una marca de reconocimiento. Pero ninguna de esas conjeturas resistía un examen detenido. Las novelas no compartían procedimientos, ni obsesiones, ni mundos narrativos. No había rastros de complicidad ni de estilo común. Y, sobre todo, no había finalidad.

El personaje no hacía nada que justificara su presencia reiterada.

Ignacio llegó entonces a una conclusión más inquietante: no se trataba de un autor ni de un grupo. No había una voluntad detrás de la repetición. O, mejor dicho, si la había, no era identificable. Aquello que se repetía no parecía responder a una intención narrativa, simbólica o estética. Era una insistencia sin mensaje.

Ese fue el punto en que el problema dejó de ser literario en un sentido clásico.

Porque una novela, se supone, se construye a partir de elecciones. Presenta personajes que, además de ocupar un lugar social, están predispuestos a ingresar en una aventura, a salir de la rutina, a exponerse a un movimiento que los saque del equilibrio ordinario de la vida. La novela no registra lo que ocurre, sino lo que merece ser contado. No todo lo que pasa es narrable. La mayor parte de la vida transcurre fuera del relato.

En una ciudad de dos o tres millones de habitantes, en cualquier momento dado, miles de acontecimientos similares están teniendo lugar en simultáneo. Historias de amor que comienzan o se extinguen, fracasos mínimos, decisiones irreversibles, gestos apenas perceptibles que alteran una existencia. Uno podría preguntarse cuántas novelas hay en curso en este preciso instante. No novelas escritas, sino novelas posibles, vidas que contienen todos los elementos necesarios para un relato y, sin embargo, no serán contadas.

La literatura opera entonces como un dispositivo de selección. Recorta, aísla, intensifica. Autoriza a ciertos personajes a existir narrativamente y deja a otros en la penumbra. Lo que Ignacio había encontrado, sin buscarlo, parecía poner en cuestión ese mecanismo.

Porque ese personaje menor no protagonizaba ninguna aventura. No activaba ningún conflicto. No justificaba su presencia desde el punto de vista de la economía narrativa. Y, sin embargo, insistía.

Tal vez —pensó Ignacio— no se trataba de un personaje que circulaba entre novelas, sino de algo que se filtraba en ellas. No una figura imaginada por los autores, sino un resto: el residuo de todas esas historias que están ocurriendo al mismo tiempo y que la novela, por definición, no puede absorber.

Como si, en el exceso de novelas posibles, algo se hubiera deslizado sin ser convocado.

El personaje no pedía ser contado. No reclamaba atención. Aparecía de costado, como aparecen en la vida real las personas que no forman parte de nuestra historia pero la rozan lo suficiente como para dejar una huella. Tal vez no era un personaje literario en sentido estricto, sino la marca de que el mundo siempre produce más narraciones de las que pueden ser escritas.

Ignacio cerró el expediente sin resolver el enigma. El premio se otorgó. Los libros siguieron su camino. Nadie más pareció advertir la repetición. Pero desde entonces, cada vez que comienza una novela, Ignacio no puede evitar preguntarse si entre los personajes cuidadosamente construidos, entre las aventuras legítimas y los conflictos reconocibles, no se habrá colado otra vez ese resto anónimo: alguien que no debería estar ahí, pero está.
Como si la ciudad misma, saturada de historias, encontrara de vez en cuando la forma de hacerse leer.

18.12.25

El vals del minuto

 A lo largo de mi vida, estando próximo a los setenta, siempre caminé por las calles de mi pueblo. Por esa particular calle tal vez haya pasado muchas más veces que por otros lugares. A pesar de eso hay un sitio particular en el que casi nunca presto atención, aunque precisamente sea lo que me lleva a relatar lo que sigue.

No hace tanto, miré hacia ese lugar y no vi lo que está en mis recuerdos. En lugar de esa casa algo metida hacia adentro, con una imponente galería cubierta por la hiedra, ahora se impone a la visión un frente de material que seguramente fue construido para otorgar mayor seguridad a la vivienda.

Teniendo unos catorce años fui a ese sitio. Había leído en un diario local una entrevista a un guitarrista clásico y como por ese entonces la música había despertado mi interés, a sabiendas de que ahí vivía golpee las manos. No estaba seguro de que quisiera aprender a tocar la guitarra. En todo caso estaba interesado en escuchar personalmente a alguien que había despertado mi atención.

Radamel Oviedo se acercó a la puerta. Era un hombre alto, delgado, próximo a los sesenta años supuse.  Ante mi pregunta sobre si daba clases de guitarra, me hizo pasar. Me pidió que me siente, señalándome una silla ubicada en la galería. Se ausentó unos minutos y volvió con el instrumento.

-Me gustaría primero que escuches lo que hago- me dijo con tono ceremonioso, sentándose frente a mí.

La interpretación que hizo del Vals del Minuto de Chopin, fue asombrosa. Una pieza que fue compuesta para piano, llevada al instrumento de seis cuerdas teniendo que sostener una melodía veloz, implica tener una muy buena digitación y una técnica muy pulida. Yo conocía ese vals pero hecho en su instrumento original. Los sonidos de la guitarra de Oviedo me sorprendieron gratamente.

El valor de las clases era algo alto y además necesitaba comprar el instrumento. De todas formas esos no eran impedimentos. Podía acceder a ello. El problema principal resultaba que si comenzaba a estudiar guitarra, y pretendía llegar a ser un músico de la envergadura de Oviedo tenía que poner todo el esfuerzo en ello y dejar de lado muchas otras cosas que también me despertaban interés. No estando seguro, decidí no embarcarme. Si lo hacía no iba a ser como un simple pasatiempo.

Siempre tuve en mi memoria la visita que hice a ese domicilio y eso conllevaba mantener la imagen de ese tiempo. Ver el cambio de fachada me trajo de nuevo al presente. Por una extraña casualidad al pasar caminando por el lugar, hace poco, una persona joven justo estaba por entrar. Vacilé un poco pero le dirigí unas palabras.

-¡Hola! Hace mucho tiempo acá vivía un gran guitarrista con quien hablé alguna vez…

-Debe haber sido Radamel- me interrumpió el muchacho- Es mi bisabuelo. Si necesita hablar con él yo se lo puedo llamar. Aguárdeme un instante. 

Algo sorprendido, no dudé y le respondí afirmativamente. Entró a la casa y saliendo a los pocos minutos me hizo pasar. Por dentro la construcción era la misma que yo tenía en mis recuerdos. En la amplia galería había un hombre sentado con su guitarra. Era muy anciano, tanto que me hizo recordar a los espectros de la película Vargtimen de Ingmar Bergman que se floreaban en un viejo castillo.

-Siéntese cómodo. Antes de hablar escuche lo que hago con la guitarra-me señaló y volví  a escuchar el Vals del Minuto. Habiendo pasado mucho más de medio siglo, no podía creer que eso fuera cierto. En un instante dudé si todo esto no era sólo un sueño.

Al terminar el vals, me dirigió de nuevo la palabra.

-Hace muchos años que estaba esperando que alguien viniera a preguntar por mí. Esperé por décadas y nadie se acercó. Qué sentido tendría mi vida si fuera alguien completamente olvidado. Ahora me puedo ir tranquilo. Ya soy inmortal…

Cuando quise responderle algo a lo que había dicho, su imagen se esfumó de mi vista.

13.12.25

La vendedora

Cuando Etelvina comenzó a vender esos jabones, en principio creyó fervientemente en las cualidades extremadamente ventajosas del producto. Si se utilizaba regularmente esa marca en poco tiempo, desparecían las arrugas de la cara o en su defecto se atenuaban considerablemente, considerando obviamente la edad. No se puede pretender a los 80 años no tener ninguna arruga.

Etelvina tuvo que hacer un curso previo de unos dos meses en el que a los futuros vendedores les explicaban minuciosamente las atribuciones de este súper jabón casi mágico. Se sentía ella, casi una agradecida por haber sido elegida para vender un producto de calidad extrema. No cualquiera puede lograrlo, pensaba. Tendría que soportar envidias.

Habiendo pasado un par de años, Etelvina se fue dando cuenta de que ese producto no era tan maravilloso como se lo pintaba, que no era muy distinto de las otras marcas consideradas como buenas. Por lo demás, su trabajo no le daba los beneficios que ella supuso en un inicio. No pudo aún cambiar de auto por decir algo. Cada vez que ofrecía su producto, ya no tenía el entusiasmo de antes y casi siempre al hacerlo recordaba algo sucedido hace ya unos quince años.

Al regresar a su casa del colegio secundario, Etelvina se percató de una discusión entre los vecinos de la casa de al lado. El hombre y la mujer se habían separado tras unos treinta años de convivencia. Posteriormente, ella se enteró de que el hombre se había ido a otra casa, pero le reclamaba algunas cosas a su ex mujer, por ejemplo, algunos muebles o electrodomésticos. La mujer le ofrecía algunas cosas que ella no tendría en cuenta y negociaban.

Lo asombroso fue cuando ella le ofreció llevarse a Piñón, el viejo perro de razas cruzadas para no decir común que ambos criaron por casi una década. El no quiso saber nada. No podría hacerse cargo. Ella le insistía. Tal vez alguno de sus hijos lo quisiera, pero dudaban. A quién le meterían el perro, debatían.

Hoy existe una cruzada bastante grande de personas ocupadas en animales, fundamentalmente perros y gatos extraviados, para que vuelvan con sus dueños o conseguirles nuevos. Es una preocupación muy saludable y que ayuda a sensibilizar. Tal vez a mucha de esa gente el relato anterior los pueda indignar, pero eso sucede y no hay que obviarlo.

De algún lugar debe de haber salido eso de “Meter el perro”.

17.2.19

Black night

Los internos del hospicio se colocaron en una fila. Se miraron entre ellos, levantaron las manos y juntaron las piernas. Tras varios minutos de hacer lo mismo, los dos ubicados en los extremos tomaron de la mano a quienes estaban a su lado y les pidieron lo mismo con sus vecinos; así hasta convertir la fila primero en una curva y luego en una circunferencia, rodeando una pequeña fuente de la que brotaba agua bastante fría. Eso es lo que constataron los que se mojaron al acercarse. El círculo humano comenzó a girar en el mismo sentido que las agujas del reloj, cuando desde la puerta de uno de los pabellones se escuchó una voz ronca e imprecisa que produjo el fin de los movimientos.
La tarde había caído. Todo ahí se detenía. Era el cese de las actividades diarias, salvo el ritual de la cena que sería servida en poco menos de media hora. Sopa de fideos cabello de ángel con lentejas partidas y un hueso de caracú. Segundo plato: un bife de hígado a la sartén y una botella de agua de la canilla para hacer la digestión. Cómo se extrañaba el vino que, con tanta medicación siquiátrica, hubiera provocado un serio revoltijo estomacal.
Las luces se habían apagado y sólo quedaban penumbras. Los enfermeros sentados en la guardia parpadeaban, mostrando un sueño prominente. Los internos ya dormían mientras por los pasillos la sombra de un ser vivo caminaba sobre dos patas en forma amenazante. Sus brazos se estiraban como intentando alcanzar las paredes aunque el motivo de ese movimiento no fuera otra cosa que sostener el equilibrio.
La noche estaba iluminada por una inmensa luna llena. Desde el oquedal cercano el sonido que el viento provocaba con los árboles se infiltraba junto a la luminosidad por las hendijas de las ventanas cerradas. Natalio debería ser el único habitante del hospicio que se mantenía en vigilia. Todas las noches simulaba tomar la medicación pero se deshacía de ella. Desde hacía más de año y medio que se había acostumbrado a evadir las benzodiacepinas y hasta cerca del amanecer mantenía el insomnio. Caminaba siempre por los pasillos oscuros casi de memoria, bajaba las escaleras y se dirigía al patio. Allí se sentaba en algún banco azulejado y miraba las estrellas. Natalio estaba empecinado en descifrar su pasado, el que lo había recluido en ese lugar.
Esa noche, cuando se acercó a la puerta de la sala, escuchó un grito. Había sido uno de los internos que habiendo despertado seguía gimiendo. Natalio se aproximó hasta el sobresaltado, quien se asustó al principio, pero cuando lo descubrió se tranquilizó. Gualberto se levantó y los dos bajaron las escaleras en dirección al patio. En el camino le comentó a Natalio que alguien lo había intentado estrangular. Que le había puesto las manos en el cuello pero que al sentir el grito lo soltó y escapó. Quien oía la historia creyó que el relato debía haber sido una terrible pesadilla. Por esa razón intentaba calmarlo. Le pidió que no baje y dándole algunas de esas pastillas que él evadía, lo acompañó hasta el baño para que las tome con el agua de una canilla. Luego lo llevó hasta la cama y lo ayudó a acostarse. Tampoco quería compañía en sus derivas nocturnas. Cuando Gualberto se durmió, Natalio prefirió inspeccionar el lugar antes de bajar al patio. Se dio unas vueltas por la cuadra y revisó los pasillos. No encontró absolutamente nada diferente a lo que ya conocía. A poco rato, antes del amanecer, se sentó a elucubrar en la penumbra del jardín, antes de ir a dormir.
Si bien Natalio dormía muy pocas horas al día, esa vez se despertó por el incesante murmullo de la cuadra que en algunos casos se transformaba en griterío. Los enfermeros y la policía rodeaban al cadáver de Gualberto ante la vista atónita y asombrada de los internos.
El hecho no cambió la rutina del insomnio, le agregó un tema más para ser incorporado al menú del pensamiento. También la tarea de revisar la cuadra y los pasillos antes de bajar al lugar privilegiado para pensar. A pesar de ello, las siguientes noches trajeron nuevas víctimas. Todas las mañanas encontraban un nuevo muerto. Natalio no podía entenderlo, ya que mientras él se mantenía insomne, en el lugar no ocurría nada. Los sucesos fueron desviándole el nudo de sus pensamientos, alejándolo del desciframiento de sus enigmas. Eso fue quitándole lucidez y también ganas de pensar. Habían transcurrido sólo dos horas desde que había bajado al jardín y volvió a la cuadra. Antes, pasó por el baño, puso la mano bajo el chorro de la canilla, y se tomó una pastilla para dormir. Se acostó inquieto hasta que empezó a sentir que el medicamente le comenzaba a hacer efecto. Ahí fue cuando vio que alguien se acercaba a su cama. Una figura que nunca había visto. Por la mañana encontraron el cuerpo inmóvil de Natalio con señales de haber sido estrangulado.

30.12.15

Igor Zankoff

Igor Zankoff había venido desde Bulgaria, allá por la década del ’30. De raigambre campesina y religiosa nunca pudo comprender lo que estaba sucediendo en su país, y siempre le echó las culpas al comunismo y a Georgi Dimitrov. De niño su familia lo había formado en la religión ortodoxa, pero cuando con poco más de treinta años llegó a Berisso, se convirtió en un místico ecléctico. La vida en la isla para él era tranquila, hasta que su joven mujer falleciera antes de cumplir los nueve meses de embarazo. A partir de ese momento descuido bastante sus siembras, y se abandonó a la bebida. Cuidaba apenas las parras de uva, ya que de allí extraía la materia prima para confeccionar un ácido vino patero. Esa bebida se la canjeaba al ruso Ivan; por grapa, salamines y longanizas. Recogía algunos morrones de su quinta y esa era su dieta casi rutinaria. Ivan pasaba todas las semanas a llevarse algunas damajuanas, para venderlas en su almacén de la calle Nápoles. Llegaba desde Berisso en la lancha y además del vino de Igor, les compraba algunos otros productos a los quinteros, como miel y dulce de tomate. Si bien por ese tiempo algo había mejorado la situación, nunca se descartaba que pudiera cambiar para peor, y por eso Iván era muy cuidadoso de los gastos para aprovisionar su almacén.

Igor en cambio había perdido un poco la noción del tiempo. Últimamente estaba bastante obsesionado con la posibilidad de que algunos demonios anduviesen dando vueltas por su finca. Cualquier imprevisto mínimo, aunque sin importancia; o acción casual que de repente puede crear un dolor, como por ejemplo resbalarse en una baldosa mojada y golpearse la rodilla contra una pared; a eso Igor ya lo identificaba con seres invisibles que merodeaban el lugar. Ya medio ofuscado por esos hechos nimios, que para él eran de gran dimensión, desempolvó de la vieja biblioteca, un libro que llevaba el suntuoso título de Manual de la Alta Magia. En él descollaban varios escritos del mago árabe Abbud- Azahar que tenían como objetivo principal realizar ciertos artilugios que le permitían a un hombre dejar perdidamente enamorada a una mujer. Un beduino del desierto, siguiendo esas tretas logró encantar a una joven europea, que estaba de paseo turístico. A partir de decir algunas palabras mágicas, y utilizar anillos brillantes, el personaje en cuestión logró que la imagen que de él recibía la chica en sus ojos, resultara completamente transformada. Ella sola podía ver esa alucinación. Igor leyó más por curiosidad que otra cosa las recomendaciones del mago árabe, ya que lo que buscaba en el manual era otra cosa. Fue así  que se topó con los escritos del africano Abdal-Hakim que se centraban en cómo detectar y eliminar la presencia de demonios en ciertos lugares, animales o plantas. En uno de sus capítulos, el mago africano describía que en las palmeras jimaguas habitaban los demonios, se refugiaban dentro de la savia. Pero esto podía contrarrestarse una noche tormentosa. Si algún rayo cayera sobre la palmera, y la quemase, el demonio se encontraría derrotado. Estas jimaguas por su gran altura, funcionan casi como un pararrayos, pero al ser muchas, sólo una puede caerse devorada por el fuego, tal vez alguna vecina también. Lo que sí sucede es que en lugar del demonio, aparecen en ese lugar tres personas de mediana edad. Casi siempre son dos hombres y una mujer con gran atractivo. También pueden ser dos mujeres y un hombre, pero esto no es tan frecuente. El demonio derrotado se hace carne en tres personas entre las cuales habrá mucha tensión, hasta que no se incorporen a una comunidad mayor. En esta última esa tensión seguirá siendo la principal matriz, pero se verá mucho más atenuada. En ese punto se dio cuenta que los escritos de Abbud- Azahar eran complementarios.

En la isla aunque hubiera palmeras, no existían esas especies señaladas en los escritos mágicos. Igor de todas formas comenzó a acercarse a las diferentes palmas del territorio, para intentar encontrar alguna respuesta a sus dilemas.

A unos 300 metros de su casa, y sobre la parte que daba al canal, había varias esbeltas palmeras yatay. Caminó hasta allí por la senda de piedras, circundada por altos arbustos y al llegar a estar enfrente de las plantas requeridas, se sentó a unos siete u ocho metros de distancia, apoyando su espalda en el tallo de un sauce. Se armó un cigarrillo de tabaco suelto, y tirando bocanadas de humo, se detuvo a ver minuciosamente las palmeras. La leve brisa las movía, eran 5, pero en conjunto daban una imagen que podía ser interpretada sólo en el conjunto.

-¿Podrá haber en ellas algún demonio?- pensó- imaginando que nadaba en la savia. De los movimientos desprendía cómo podrían ser los humanos que podían emerger tras la caída de una de las palmas. Una vieja melodía búlgara le ronroneaba en su cabeza, los acordes del acordeón se le volvían intensos. Recordaba cuando sus hermanas adolescentes danzaban en el patio y el siendo niño, las miraba de a ratos, ya que la mayor cantidad del tiempo la empleaba para observar el vuelo de las aves que se dirigían hacia las montañas. En ambas escenas el fondo sonoro eran los fraseos del acordeón.

El paso de la lancha que se dirigía hacia el muelle de la isla, lo distrajo; y repentinamente recordó cuando llegaron con Mariya al lugar por primera vez.  Habían contratado los servicios de un viejo isleño italiano, que los fue a buscar en su embarcación hasta Berisso. En la pequeña dársena situada cerca del frigorífico, siendo todavía de noche Igor y su mujer ya lo esperaban con todo lo que tenían para llevar hasta la parcela de tierra, que unos días antes él había adquirido. Don Mario los ayudó con el cargamento, y emprendieron camino hacia el lugar. La turbina de la lancha además de ruido generaba pequeñas ondulaciones de agua, que eran resaltadas por la luz de una luna bastante luminosa.

De ese entonces ya habían pasado más de 15 años. Mariya había fallecido con apenas 24 años, a los cinco de haberse afincado en la isla. Una terrible fiebre la afectó cuando estaba en los 4 meses de embarazo, y no pudo sobrevivir. Igor siempre pensó al respecto que ésa era una maldición que lo perseguía desde niño.

En los movimientos de las palmeras, no sólo pudo ver la danza de sus hermanas, el vuelo de los pájaros y las ondulaciones del agua que producía la lancha. Eso no lo afectaba, más bien le traía vivencias agradables, pero cuando vio las convulsiones de Mariya antes de morir, le surtió un profundo escalofrío. Arrojó el cigarrillo y se paró de golpe, con mezcla de rabia y de angustia. Mirando a las yatay, no dudó de que allí se alojaba el demonio.


Continúa

21.11.15

Intransitable

Por esa calle, en ese momento sólo se podía transitar por una mano. En la otra estaban trabajando para colocar debajo de ella unas tuberías de gas. El rengo Julio tomó la bicicleta del diariero, para poder llegar hasta la inmobiliaria. Siempre que tenía que transitar más de 1 kilómetro se la pedía prestada. Se subió a ella en la vereda y esperó que los 35 automóviles que venían por la única mano le permitan bajar hasta la calle. Pasaban además algunos camiones y nadie quería perder su chance de llegar lo más rápido posible, aunque hacerlo ya era una quimera.

Julio cuando pudo colocar la bicicleta a contramano, intentó pegarla al cordón de la vereda para que nadie lo toque en ese movimiento y logre desestabilizarlo. Algunos desniveles y baches en la acera conspiraban contra su integridad física, y el tiempo que le llevaba transitar una cuadra, hubiera sido menos si la renguera no le hubiera impedido ir caminando. Julio también sabía que alguna hora posterior a ese momento se transformaría en un sendero intransitable, ya que la cantidad de móviles se iría a incrementar como sucedía diariamente. Si a esa hora en las esquinas tenía que esperar unos diez minutos para que quede algún espacio vacío entre auto y auto, para poder cruzar, una hora más tarde ese tiempo de espera se podía duplicar, o incluso triplicarse.

Cada dos meses la mayoría de las calles necesitaban que se volviera a asfaltarlas y nivelarlas, porque el incesante tránsito las deterioraba bastante rápido. Julio pedaleaba y rezaba -a vaya saber qué santo-, de que no se le suelte la cadena de la bicicleta. De repente sintió un ruido a sus espaldas, y una moto también en contramano intentó pasarlo, haciendo sonar su caño de escape recortado. Una camioneta se acercaba de frente a gran velocidad, a pesar de lo frágil de esa calle, y el incesante tránsito. La moto se estrelló -en el intento de pasar a Julio- contra la camioneta, y repentinamente el ruido del accidente enmudeció el ruido de los motores. Julio miró a su costado y no titubeó, siguió su marcha, por saber que en pocos minutos la inmobiliaria iría a cerrar sus puertas.  Ya 5 veces antes no había podido llegar a tiempo.