Lo que el gato sabe
I
Hace diez años que Malena no está.
Lo digo así, en presente, porque para mí el tiempo ya
no avanza. Se enreda en los mismos muebles, maúlla con la misma voz ronca de
Félix pidiendo comida a las cuatro de la mañana, se estanca en la vigilia como
el agua en una olla olvidada sobre el fuego. Diez años. Y sin embargo, cuando
cierro los ojos, la veo agachada en el monte, arrancando un hongo del suelo,
diciéndome “las hormigas lo están royendo, eso quiere decir que no es
venenoso”. Lo dice con esa seguridad tranquila que tenía para todo. Félix
era un cachorro entonces, un ovillo de pelos que se enredaba entre nuestros
pies. La seguía a todos lados. A veces pienso que él también la extraña, pero
los gatos no extrañan. Simplemente esperan.
II
Aquella mañana volví del monte solo. Malena no había
regresado. Probamos los hongos. Ella se internó entre los árboles con los ojos
dilatados por algo que yo no supe ver, y no volvió. Durante días rastreamos con
amigos, con perros, con la policía. Nunca encontramos nada. Durante meses,
Félix se sentaba junto a la puerta y maullaba, como si ella fuera a volver con
un puñado de hierbas en la mano.
Yo tampoco supe volver del todo. Algo en mí se quedó
en ese sendero de grava dorada que ella después describiría, años más tarde, en
un sueño que tuve.
III
Antes de que desapareciera, hubo una tarde en que
quise decirle algo y no pude.
Estábamos tomando un café, ella con su sonrisa de
siempre, yo dando vueltas a una cuchara. Tenía que decírselo, pero las palabras
no me salían. No sabía cómo empezar, ni en qué momento, ni qué gesto usar para
que ella entendiera que lo que iba a decir no era una confesión cualquiera.
Sabía que ella lo esperaba. No me preguntaba nada, pero su silencio era una
pregunta.
En un instante, se me cruzó algo por la cabeza.
Fulguró y se apagó. Después no pude recordar qué era. Y Félix, desde el suelo,
me miraba con esos ojos amarillos que tienen los gatos cuando parecen saber
algo que uno no sabe.
IV
Un año después de la desaparición, empecé a
despertarme siempre a la misma hora. La hora del lobo. Esa madrugada en que
todo está suspendido y la realidad se vuelve un vidrio fino a punto de rajarse.
Miraba el reloj: faltaban horas para el amanecer. Me quedaba quieto, en la
oscuridad, esperando que el sueño volviera.
Una noche prendí la luz y vi una rata cruzar la
habitación.
Corría pegada al zócalo, hacia la pared del fondo. Me
levanté, tomé un zapato, intenté pegarle. No pude. La rata se escurrió entre
los muebles, tan rápida como se había ido Malena de mi vida. Y Félix, el mismo
gato que ella había adoptado, dormía plácidamente en una esquina de la cama.
Pero yo no lo veía como si fuera Félix. Lo veía como a una gata prestada, una
tal Florinda que me habían dado para cazar la alimaña y que fracasaba. Pasé
varios minutos odiándola, hasta que el sueño me venció.
Al otro día, Félix se me acercó refregándose contra
las piernas. Era mi gato. Había sido siempre mi gato. La rata no estaba por
ninguna parte.
V
Pasaron los años. Félix envejeció. Sus saltos se
volvieron torpes, su maullido más ronco, sus ojos legañosos. Yo también
envejecí, pero lo mío era por dentro. El insomnio nunca se fue. Ni la sensación
de que me había quedado algo sin decir, atascado en la garganta como una espina
de pescado. Por las noches, acariciaba a Félix y pensaba en Malena. En cómo era
su voz. En ese pequeño gesto que hacía con la nariz al esbozar una sonrisa. Algo
que nunca había visto hacer a nadie más.
Hace un año, soñé con ella por enésima vez. Pero esta
vez fue de esos sueños que se recuerdan por su nitidez.
No fue un sueño reparador. Fue una pesadilla.
Estábamos en esta misma casa. Todo estaba tranquilo: la estufa encendida, la
música sonando bajito, un libro en el regazo. De golpe, Félix se despertó
furioso. Rebufaba, maullaba como yo nunca le había oído. Corría en círculos
como si algo lo acechara. Abrí la puerta del pasillo, él salió disparado hacia
la pieza, donde Malena dormía. Y yo corrí detrás, gritando.
Cuando llegué, Malena ya estaba despierta. Sostenía un
zapato en la mano y Félix sangraba en el suelo. Ella me miró con unos ojos que
no eran los suyos, y huyó. La vi salir por la puerta del fondo, sin voltearse.
Yo me quedé con el gato herido en brazos. Desperté llorando, con Félix
ronroneando junto a mi almohada, vivo, entero.
Tardé varias horas en convencerme de que no era real.
Pero lo fue. Lo es.
VI
Esta noche, diez años después, desperté a la misma
hora de siempre. Miré el reloj. Me levanté, fui al baño, me lavé la cara. Todo
parecía estar igual que siempre. Félix maullaba. Era un indicio de que tenía
hambre.
Cuando me dirigí hacia la cocina, había una mujer
sentada apoyando sus brazos sobre la mesa.
—Estaba esperando que te levantes —dijo, mirándome a
los ojos—. Y parece que el gato también.
Era Malena. Idéntica a la mañana en que se fue, como
si los diez años no le hubieran rozado el rostro. Llevaba el mismo vestido
claro, la misma forma de inclinar la cabeza. Yo no podía hablar. Había olvidado
todas las palabras, como en el café, como siempre.
Félix se refregaba contra mis piernas, insistiendo.
Ella sonrió.
—Dale de comer. No me voy a ir. Además tengo tiempo.
Sobre la hornalla había una olla con arroz hervido y
menudos de pollo. Tomé un plato, lo llené, lo bajé al piso. Mientras Félix
comía, Malena empezó a hablar. Volvimos diez años atrás. Al bosque y los
hongos. Me contó del sendero de grava dorada, del río de aguas pálidas, de una
barca y un viento huracanado. Me dijo que había pensado en morir, pero que no
estaban dadas las condiciones. Que había cosas que no podían dejarse sin
cerrar.
—No todo estaba en orden para partir —dijo.
Escuché su voz con la atención con que se escucha un
disco encontrado en el fondo de un cajón. Y entonces entendí, sin que ella lo
dijera, que Félix era parte de ese orden. Que ella había esperado que yo
pudiera decírselo. Y que mi silencio había viajado a través del gato, año tras
año, hasta volverse pesadilla. Hasta volverse esta mañana.
—Cuando por un tiempo debes partir de tu casa —agregó
Malena—, hay cosas que nunca puedes dejar de hacer. Cerrar las ventanas, los
grifos, las puertas. Acariciar al gato por última vez.
Félix terminó su plato y se sentó junto a sus pies.
Ella se agachó a acariciarlo. Él cerró los ojos.
VII
Desperté.
El sillón, la luz de la mañana entrando por la
ventana. Félix dormía ovillado en el otro extremo. La olla en la cocina estaba
limpia, seca. Nadie la había usado.
Siempre tuve la certeza de que no era un sueño. Una
certeza que se derrumbó al despertar.
Pero Félix ronroneaba, y en sus ojos legañosos de gato
viejo había algo apacible, algo que antes no estaba. Como si él también la
hubiera visto. Como si él también hubiera podido, al fin, despedirse.
Él sabe que ella nunca va a volver. También sabe que
nunca se fue.



