Era bastante temprano, cuando tomé el transporte hacia el centro de la ciudad, y aún me repicaban los chuchos de frío, que por la noche, habían sido parte de la fiebre. Los cambios climáticos han sido muy marcados en el último tiempo, y esto no dejó de afectarme.
Al transporte, veía que iba subiendo mucha gente, que obviamente se dirigían a trabajar, y entre todos ellos, pude reconocer a dos, que los miré para saludar. Cuando uno de ellos ni siquiera hiciera la mínima mueca para devolver el saludo, mucho más me sorprendió que la segunda tampoco lo hiciera, y fue ahí donde me pregunté, si algo habría cambiado en mi rostro, como para que no me reconocieran, tal vez la fiebre pensé, o tal vez por ser temprano, aún seguían ellos, algo dormidos, pero la verdad que no me convenció ninguna de las dos respuestas.
Cuando llegué a destino, inmediatamente me dirigí hacia aquel sitio, Al entrar me sorprendió ver, que por una pequeña ventana, había alguien que me estaba mirando, y cuanto más yo me pusiera a ver a esa persona, ella me observaba de la misma forma, en que yo lo hacía con ella. A pesar de que nunca había visto ese semblante, me miraba como si me conociera de toda la vida. Me quedé bastante perplejo en relación a esto que me estaba sucediendo, cuando de pronto, irrumpió un fuerte temblor.
La ventana y quien me observaba, se convirtieron inmediatamente en un puñado irregular, de fragmentos de un espejo roto.
16.11.09
1.6.09
Altura
Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo ya había ascendido unos ciento cincuenta metros por la escalerilla de aquella imponente antena. Había subido y subido sin percatarme demasiado de la acción que estaba desarrollando.
Cuando miré hacia abajo me invadió el pánico y tomé conciencia que tenía que comenzar a descender, aunque las piernas y las manos comenzaban a temblarme y mis certezas empezaban a flaquear. Bajar de aquella altura no iba a ser fácil ni tampoco inmediato. Si me apresuraba corría el riesgo de trastabillar y caer, pero conociendo mi ansiedad esto se transformaba en una verdadera encrucijada.
Fue en ese preciso instante que desperté de esa cruel pesadilla y volver a dormir no se hizo para nada fácil, me quedé pensando bastante en aquella altura, hasta que el sueño me volvió a doblegar.
Aquella mañana cuando me levanté, estuve tratando de dilucidar en vano que había sucedido cuando volví a dormirme. ¿Habré bajado de aquella antena o aún sigo ahí?
Cuando miré hacia abajo me invadió el pánico y tomé conciencia que tenía que comenzar a descender, aunque las piernas y las manos comenzaban a temblarme y mis certezas empezaban a flaquear. Bajar de aquella altura no iba a ser fácil ni tampoco inmediato. Si me apresuraba corría el riesgo de trastabillar y caer, pero conociendo mi ansiedad esto se transformaba en una verdadera encrucijada.
Fue en ese preciso instante que desperté de esa cruel pesadilla y volver a dormir no se hizo para nada fácil, me quedé pensando bastante en aquella altura, hasta que el sueño me volvió a doblegar.
Aquella mañana cuando me levanté, estuve tratando de dilucidar en vano que había sucedido cuando volví a dormirme. ¿Habré bajado de aquella antena o aún sigo ahí?
2.7.07
Asalto a mano armada
El Centro Comercial había quedado en penumbra, cuando el pequeño al ver abierta la puerta de la tienda se dirigió hacia adentro dispuesto a asaltar el lugar. Sacando un revolver le apuntó a la mujer que atendía el negocio, bajo la luz de un improvisado farol, pidiéndole que le de todo el dinero que había allí. Sorprendida ella por la actitud de ese niño de apenas unos diez años, le contestó que no quedaba nada en la caja, y él, enfurecido por la respuesta, le pegó un puntapié apartándola del camino con un fuerte empujón, para buscar el botín en los cajones del mostrador. Se puso a revisar, mientras ella lloraba tirada en el suelo, pidiéndole que se vaya, y él impacientándose cada vez más por no encontrar nada, terminó disparándole un proyectil en el pecho dejándola sin vida.
En ese mismo instante regresaba la luz, que estaba cortada, y tres policías bajaban del patrullero que simultáneamente estacionaba en la puerta, corriendo hacia adentro desenfundando sus armas. Uno de ellos cayó baleado, mientras los otros algo sorprendidos le gritaron al niño, para que se entregue, mientras él, muy dispuesto sostenía el revolver entre sus manos.
La mujer muerta había sido robada dos veces. En la primera se habían llevado el dinero, y mientras esperaba a la policía, entró el pequeño que viéndose ahora apuntado desde dos lugares y con poca escapatoria, se decidió a usar su arma para volarse la sien.
En los bolsillos le encontraron Viagra. El médico de la morgue afirmó que esa tenencia no era algo raro, ya que los prepúberes la estaban utilizando más que los ancianos.
En ese mismo instante regresaba la luz, que estaba cortada, y tres policías bajaban del patrullero que simultáneamente estacionaba en la puerta, corriendo hacia adentro desenfundando sus armas. Uno de ellos cayó baleado, mientras los otros algo sorprendidos le gritaron al niño, para que se entregue, mientras él, muy dispuesto sostenía el revolver entre sus manos.
La mujer muerta había sido robada dos veces. En la primera se habían llevado el dinero, y mientras esperaba a la policía, entró el pequeño que viéndose ahora apuntado desde dos lugares y con poca escapatoria, se decidió a usar su arma para volarse la sien.
En los bolsillos le encontraron Viagra. El médico de la morgue afirmó que esa tenencia no era algo raro, ya que los prepúberes la estaban utilizando más que los ancianos.
Tras una noche de funk
“Y si acaso no brillara el sol/ y quedara yo atrapado aquí/ no vería la razón/ de seguir viviendo.......”
Luis Alberto Spinetta
Había sido una noche, donde aún me retumbaban en los oídos, los acordes del contrabajo electrónico de un buen émulo de Jaco Pastorius, al menos fue eso lo que pensé, al escuchar al bajista de aquella banda que desplegaba un ritmo de funk casi endemoniado. Habíamos caído con ella en ese sitio donde parecía que la cerveza sabía mucho mejor que en cualquier otro lugar, aunque más tarde pude darme cuenta que en realidad era la presencia de Mayra, quien lograba producir dicho efecto. Hablamos de muchas cosas, pero logré percibir que cuando, como es obvio, cada uno comienza a contar sobre sus problemas, esto a uno lo atrinchera bastante. Es tal vez en esos lugares áridos de nuestra intimidad donde se almacena más que en ningún otro lado, el más extremo egoísmo. Tras acompañarla hasta su casa, ya muy tarde, faltaba poco para el amanecer, me di cuenta que no había encontrado el instante justo para hablar con ella, de cual había sido el motivo central de aquella invitación, y aunque no descartaba que ello en algún momento se diera, no dejaba de quedarme un cierto sabor amargo, que se incrementaba suponiendo que cuando pudiera hacerlo, esto se encontrase totalmente fuera de tiempo.
Regresé a casa caminando por las sinuosas veredas, esperando a que en cualquier momento me sorprendiera el amanecer, pero el brillo del sol, tardaba en aparecer, cuando me percaté que aquel era el día más corto del año. No se porque había olvidado que justo en esa fecha comenzaba el invierno, cuando de golpe me sorprendió el tremendo ruido proveniente de la vieja usina abandonada, hacía ya más de una década. El sonido que provenía de aquel lugar era casi igual, al que se escuchaba cuando yo con apenas dieciocho años, había trabajado en aquel sitio. Ya eran las siete de la mañana, el día no daba comienzo, y esto no dejaba de asombrarme un poco. Por ser el inicio del invierno la noche había sido bastante cálida.
Cuando llegué a casa me acosté de inmediato, pero a pesar de la hora que era, no pude dormirme tan fácilmente. Me daban vuelta por la cabeza infinidad de ideas que no podía ordenar, y a gran parte de ellas las consideré totalmente absurdas, mientras en el silencio de la aún noche, ya no me retumbaba el funk, sino los inconfundibles sonidos de la vieja usina. Miré el reloj fosforescente ubicado sobre mi mesa de luz, y para mi sorpresa ya eran las nueve de la mañana. El asombro era que por las hendijas de la ventana, todavía no entraba el más mínimo rayo de luz, cuando de golpe parece que me quedé dormido, ya que cuando volví a mirar la hora, eran las dos de la tarde. El ruido ensordecedor de lo que alguna vez fueran generadores de energía eléctrica proseguía, y entonces pensé el porqué, de no haberme enterado de la reapertura de aquella unidad industrial. Esto me dio la certeza plena de que mi cabeza estaba ocupada en tantas otras cosas, que ni siquiera prestaba atención a algunos hechos ineludibles. Me puse de pie, abrí la ventana, y no lo podía creer, estaba absolutamente oscuro, era de noche.
No podía entender si esto era una locura mía o era de verdad. No podía aseverar que esto me ocurriera solamente a mí. Encendí la televisión, y en ella pude ver a un grupo de científicos que discurrían sobre la noche más larga del invierno. Entre las cosas que decían, uno afirmaba que seguramente se habría corrido abruptamente el eje del planeta, y que las coordenadas que actualmente estábamos ocupando eran similares a las que antes del desplazamiento les correspondían a zonas polares, y que por lo tanto la noche iba a durar tanto como lo hacía en la Antártida. Otro decía que esto era totalmente absurdo ya que si fuera así, la temperatura sería otra, y que por el contrario, era bastante elevada en comparación a otros inviernos donde las noches duraban el tiempo normal. Uno de ellos arriesgó que evidentemente se trataba de un peculiar eclipse solar, nunca visto anteriormente, y que seguramente debía irrumpir una vez cada muchísimos milenios, y que seguramente la anterior a esta, fue cuando la humanidad aún no existía sobre la Tierra, y que a la vez, este era el momento más oportuno para observar constelaciones, que nunca más volverían a hacerse perceptibles. Entonces fue cuando pensé que estos señores solamente estaban realizando puras conjeturas, sin preocuparles demasiado el problema en sí. Cambié de canal, y encontré algo que sí me pareció mucho más coherente. Un ingeniero electromecánico, de edad ya bastante avanzada, estaba comentando que cuando él fue parte del montaje de la usina de mi ciudad, al hacer los cálculos y la programación de la misma, estableció que aunque esa unidad, en algún momento dejase de funcionar, ante la presencia de una seria crisis energética, ella se pusiera automáticamente en marcha, para volver a producir electricidad.
Entonces fue cuando apagué el televisor, y puse música funk, pretendiendo que ella ensordezca un poco al ruido de los generadores de alta tensión, y ahí me di cuenta que no era yo, el único en el mundo al que le faltaba cordura.
Luis Alberto Spinetta
Había sido una noche, donde aún me retumbaban en los oídos, los acordes del contrabajo electrónico de un buen émulo de Jaco Pastorius, al menos fue eso lo que pensé, al escuchar al bajista de aquella banda que desplegaba un ritmo de funk casi endemoniado. Habíamos caído con ella en ese sitio donde parecía que la cerveza sabía mucho mejor que en cualquier otro lugar, aunque más tarde pude darme cuenta que en realidad era la presencia de Mayra, quien lograba producir dicho efecto. Hablamos de muchas cosas, pero logré percibir que cuando, como es obvio, cada uno comienza a contar sobre sus problemas, esto a uno lo atrinchera bastante. Es tal vez en esos lugares áridos de nuestra intimidad donde se almacena más que en ningún otro lado, el más extremo egoísmo. Tras acompañarla hasta su casa, ya muy tarde, faltaba poco para el amanecer, me di cuenta que no había encontrado el instante justo para hablar con ella, de cual había sido el motivo central de aquella invitación, y aunque no descartaba que ello en algún momento se diera, no dejaba de quedarme un cierto sabor amargo, que se incrementaba suponiendo que cuando pudiera hacerlo, esto se encontrase totalmente fuera de tiempo.
Regresé a casa caminando por las sinuosas veredas, esperando a que en cualquier momento me sorprendiera el amanecer, pero el brillo del sol, tardaba en aparecer, cuando me percaté que aquel era el día más corto del año. No se porque había olvidado que justo en esa fecha comenzaba el invierno, cuando de golpe me sorprendió el tremendo ruido proveniente de la vieja usina abandonada, hacía ya más de una década. El sonido que provenía de aquel lugar era casi igual, al que se escuchaba cuando yo con apenas dieciocho años, había trabajado en aquel sitio. Ya eran las siete de la mañana, el día no daba comienzo, y esto no dejaba de asombrarme un poco. Por ser el inicio del invierno la noche había sido bastante cálida.
Cuando llegué a casa me acosté de inmediato, pero a pesar de la hora que era, no pude dormirme tan fácilmente. Me daban vuelta por la cabeza infinidad de ideas que no podía ordenar, y a gran parte de ellas las consideré totalmente absurdas, mientras en el silencio de la aún noche, ya no me retumbaba el funk, sino los inconfundibles sonidos de la vieja usina. Miré el reloj fosforescente ubicado sobre mi mesa de luz, y para mi sorpresa ya eran las nueve de la mañana. El asombro era que por las hendijas de la ventana, todavía no entraba el más mínimo rayo de luz, cuando de golpe parece que me quedé dormido, ya que cuando volví a mirar la hora, eran las dos de la tarde. El ruido ensordecedor de lo que alguna vez fueran generadores de energía eléctrica proseguía, y entonces pensé el porqué, de no haberme enterado de la reapertura de aquella unidad industrial. Esto me dio la certeza plena de que mi cabeza estaba ocupada en tantas otras cosas, que ni siquiera prestaba atención a algunos hechos ineludibles. Me puse de pie, abrí la ventana, y no lo podía creer, estaba absolutamente oscuro, era de noche.
No podía entender si esto era una locura mía o era de verdad. No podía aseverar que esto me ocurriera solamente a mí. Encendí la televisión, y en ella pude ver a un grupo de científicos que discurrían sobre la noche más larga del invierno. Entre las cosas que decían, uno afirmaba que seguramente se habría corrido abruptamente el eje del planeta, y que las coordenadas que actualmente estábamos ocupando eran similares a las que antes del desplazamiento les correspondían a zonas polares, y que por lo tanto la noche iba a durar tanto como lo hacía en la Antártida. Otro decía que esto era totalmente absurdo ya que si fuera así, la temperatura sería otra, y que por el contrario, era bastante elevada en comparación a otros inviernos donde las noches duraban el tiempo normal. Uno de ellos arriesgó que evidentemente se trataba de un peculiar eclipse solar, nunca visto anteriormente, y que seguramente debía irrumpir una vez cada muchísimos milenios, y que seguramente la anterior a esta, fue cuando la humanidad aún no existía sobre la Tierra, y que a la vez, este era el momento más oportuno para observar constelaciones, que nunca más volverían a hacerse perceptibles. Entonces fue cuando pensé que estos señores solamente estaban realizando puras conjeturas, sin preocuparles demasiado el problema en sí. Cambié de canal, y encontré algo que sí me pareció mucho más coherente. Un ingeniero electromecánico, de edad ya bastante avanzada, estaba comentando que cuando él fue parte del montaje de la usina de mi ciudad, al hacer los cálculos y la programación de la misma, estableció que aunque esa unidad, en algún momento dejase de funcionar, ante la presencia de una seria crisis energética, ella se pusiera automáticamente en marcha, para volver a producir electricidad.
Entonces fue cuando apagué el televisor, y puse música funk, pretendiendo que ella ensordezca un poco al ruido de los generadores de alta tensión, y ahí me di cuenta que no era yo, el único en el mundo al que le faltaba cordura.
9.5.07
Operación quirúrgica
Acostado en la camilla, Antonio esperaba la llegada del anestesista, sin apartarse en ningún momento de un marcado estado de indignación. Sabía que la operación quirúrgica que le iban a realizar no era precisamente para extirparle ningún mal que llevase por dentro. Por el contrario, el cirujano, lo iba a abrir para sacarle ese hígado, que desde hacía ocho años le venía funcionando bastante bien, a partir de aquel transplante que le devolvió la vida cuando estuvo atacado por una fuerte cirrosis. El donante, un tal Milcíades Ibáñez Contreras, celoso defensor de la propiedad privada, propuso en el momento de poner sus órganos, a disposición de quien los necesitase, que el que reciba cualquiera de ellos, debía registrarlo como bien propio, al igual que cualquier bien inmueble. Esta actitud de Ibáñez Contreras parecía un simple capricho de magnate, pero para él, esto contenía un alto grado de significación.
Hacía apenas dos semanas que había fallado el juez, en el litigio entre Antonio y su ex esposa, siendo la sentencia: divorcio culposo en su contra. De esta forma, él perdía todas sus propiedades, incluido el hígado.
Ahora todo quedaba supeditado a recibir un órgano similar, de parte de un mendigo que había fallecido dos días atrás.
Hacía apenas dos semanas que había fallado el juez, en el litigio entre Antonio y su ex esposa, siendo la sentencia: divorcio culposo en su contra. De esta forma, él perdía todas sus propiedades, incluido el hígado.
Ahora todo quedaba supeditado a recibir un órgano similar, de parte de un mendigo que había fallecido dos días atrás.
17.3.07
Sentada en el alféizar
Si bien la mañana había lucido excesivamente soleada, pasado el mediodía, el cielo comenzó a cubrirse de oscuros cúmulos nimbos, y ya resultaba tremendamente obvio, que para la media tarde se precipitaría la lluvia.
Luego del almuerzo, Matilde se dirigió hacia la ventana, y apoyó sus caderas en el alféizar, haciendo que sus piernas cuelguen hacia fuera, y que su mirada se extravíe en la pasmosa tranquilidad de aquel oquedal de altas plantas, que emergía cuarenta metros más allá, separado por una pequeña pradera de gramillas, entre verde y amarillentas.
Ella, todas las tardes, se sentaba allí, casi inmóvil, y no verla alguna vez en ese sitio, hubiera sorprendido la costumbre de algún neutral, pero no menos detallista observador, casi como si se tratase ya de un decorado más de aquella lúgubre edificación.
Hacía ya cinco años, más precisamente desde sus diecisiete, Matilde estaba internada en ese hospicio psiquiátrico, enclavado en un campo, bastante alejado de la ciudad.
Sus sentidos se posaban en los colores y los formatos de las hojas, en las siluetas y los movimientos de las ramas, en los sonidos de la brisa y el canto de las aves, en el aroma de los eucaliptos y las flores silvestres, sintiendo vaya a saber que vibraciones en su piel, y que sabor en la saliva que humedecía su tenso paladar. Seguramente, combinando todas esas sensaciones en su imaginación, ella debía lograr las más apasionadas imágenes, y los sonidos más estridentes, como para poder hacer plausible esa inclaudicable y devota actitud que se prolongaba por tantas horas, manteniéndose apoyada en el derrame de aquella abertura.
En lo impreciso de lo observado, tal vez, iba descubriendo extrañas figuras, que en un juego incesante de permutaciones, delineaban una muy intrincada puesta en acto, solamente comparable con la mejor cinematografía surrealista; y en la sucesión de sonidos iba construyendo una muy hermosa melodía, solamente audible en los grandes conciertos de rock sinfónico.
Hacía ya más de un año, que Matilde había aprendido aquel hábito de algunos internos, que consistía en evadir la medicación, haciéndola desaparecer como por arte de magia, y no precisamente en el estómago, burlando la severa vigilancia de los enfermeros. Sin Halopidol, y sin Artane, fue cuando mucho más se concentró en esta rigurosa y meticulosa contemplación de la flora aledaña, y parecía que cada vez más, se aproximaba a algún destino, que ella presentificaba en la arboleda. Este proceso iba acompañado de un suave y paulatino incremento de euforia.
Al final, como ya era previsible, se desató nomás la tormenta, pero no fue, más que pasajera. Apenas pasada media hora, volvió a irrumpir el sol, mientras ella a pesar de la mojadura de algunas partes de su cuerpo, no se movió del alféizar, y de esa forma le dio continuidad a la tarde, mientras se secaba lentamente su calzado.
Llegada la noche, y cuando todas las pacientes se encontraban en la mesa del comedor, Matilde ahí, ya no estaba. Entre ellas conversaban y se maravillaban de esa escena de inusual belleza, que fue cuando una bandada de pájaros se arrimó a la ventana, y partieron volando junto a Matilde, perdiéndose todos, en la imponencia del oquedal.
Publicado en la Selección "El Arca de los Cuentos" Editorial Dunken- Buenos Aires, marzo de 2007
Luego del almuerzo, Matilde se dirigió hacia la ventana, y apoyó sus caderas en el alféizar, haciendo que sus piernas cuelguen hacia fuera, y que su mirada se extravíe en la pasmosa tranquilidad de aquel oquedal de altas plantas, que emergía cuarenta metros más allá, separado por una pequeña pradera de gramillas, entre verde y amarillentas.
Ella, todas las tardes, se sentaba allí, casi inmóvil, y no verla alguna vez en ese sitio, hubiera sorprendido la costumbre de algún neutral, pero no menos detallista observador, casi como si se tratase ya de un decorado más de aquella lúgubre edificación.
Hacía ya cinco años, más precisamente desde sus diecisiete, Matilde estaba internada en ese hospicio psiquiátrico, enclavado en un campo, bastante alejado de la ciudad.
Sus sentidos se posaban en los colores y los formatos de las hojas, en las siluetas y los movimientos de las ramas, en los sonidos de la brisa y el canto de las aves, en el aroma de los eucaliptos y las flores silvestres, sintiendo vaya a saber que vibraciones en su piel, y que sabor en la saliva que humedecía su tenso paladar. Seguramente, combinando todas esas sensaciones en su imaginación, ella debía lograr las más apasionadas imágenes, y los sonidos más estridentes, como para poder hacer plausible esa inclaudicable y devota actitud que se prolongaba por tantas horas, manteniéndose apoyada en el derrame de aquella abertura.
En lo impreciso de lo observado, tal vez, iba descubriendo extrañas figuras, que en un juego incesante de permutaciones, delineaban una muy intrincada puesta en acto, solamente comparable con la mejor cinematografía surrealista; y en la sucesión de sonidos iba construyendo una muy hermosa melodía, solamente audible en los grandes conciertos de rock sinfónico.
Hacía ya más de un año, que Matilde había aprendido aquel hábito de algunos internos, que consistía en evadir la medicación, haciéndola desaparecer como por arte de magia, y no precisamente en el estómago, burlando la severa vigilancia de los enfermeros. Sin Halopidol, y sin Artane, fue cuando mucho más se concentró en esta rigurosa y meticulosa contemplación de la flora aledaña, y parecía que cada vez más, se aproximaba a algún destino, que ella presentificaba en la arboleda. Este proceso iba acompañado de un suave y paulatino incremento de euforia.
Al final, como ya era previsible, se desató nomás la tormenta, pero no fue, más que pasajera. Apenas pasada media hora, volvió a irrumpir el sol, mientras ella a pesar de la mojadura de algunas partes de su cuerpo, no se movió del alféizar, y de esa forma le dio continuidad a la tarde, mientras se secaba lentamente su calzado.
Llegada la noche, y cuando todas las pacientes se encontraban en la mesa del comedor, Matilde ahí, ya no estaba. Entre ellas conversaban y se maravillaban de esa escena de inusual belleza, que fue cuando una bandada de pájaros se arrimó a la ventana, y partieron volando junto a Matilde, perdiéndose todos, en la imponencia del oquedal.
Publicado en la Selección "El Arca de los Cuentos" Editorial Dunken- Buenos Aires, marzo de 2007
31.1.07
Reloj de mano
A partir de aquel año del nuevo siglo, los bebés comenzaron a nacer con esa distintiva mutación, que a la mayoría no dejaba de resultarle bastante agradable.
En la palma de la mano izquierda aparecieron unos pequeños números, que marcaban el paso del tiempo de la misma forma que un reloj, y esto ya indicaba que las antiguas máquinas pasarían a convertirse en deshechos, o simplemente ocupar algún sitio en los museos. Un solo movimiento, el de poner la palma frente a la visión nos señalaría la hora, incluso de una forma más cómoda que las pulseras.
Algunas de las cosas que preocupaban a los científicos de entonces, era la causa de aquel emergente, ya que por lo que se sabía hasta entonces, nadie se había propuesto realizar tamaña transformación. Algunos sostenían que esto era producto de la simple evolución, y que no había que dar tantas vueltas al respecto, mientras que para una minoría esto comenzó a resultar un gran problema, que iba a traer aparejado otros tantos nuevos.
Uno de ellos suponía fervientemente que esto estaba íntimamente ligado al software medico que se venía utilizando hacía ya más de una década. Mediante un ordenador y una conexión a escritorio remoto, era posible incidir directamente sobre la configuración físico química del cuerpo humano. Sentado frente a una pantalla era posible disminuir los altos niveles de colesterol, o producir ciertas reacciones que faciliten la osificación de huesos fracturados, o combatir las enfermedades infecciosas. También se había inventado un contador que instalado en la sangre, hacía una lectura muy precisa de las cantidades de glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Obviamente que la entrada a dicho programa y mucho más a la configuración de los individuos estaba absolutamente mediatizada a través de una gran cantidad de atajos que hacían que no puedan entrar allí, más que determinados técnicos especializados, con ordenes muy precisas de los cuerpos médicos.
La suposición de este científico, que emparentaba la emergencia de los relojes en las manos, con la utilización del software, no resultaba para nada descabellada, ya que mediante este programa se podían ajustar los números del reloj humano a los husos horarios correspondientes, aunque de todas formas esto no implicaba que por ello, esto se convirtiera en principio de causalidad. Un obstáculo grande que encontraba él, para esta suposición, era principalmente, que si bien se podía acceder al cuerpo humano mediante esta técnica, esto era simplemente un hecho individual, mientras que los relojes habían aparecido en toda la especie. Incluso un etnólogo que había vuelto de hacer un trabajo de investigación en una comunidad tribal del África, afirmaba que allí también se había producido la mutación. Para haberse producido por causa del software, este tendría que haber actuado modificando al código genético universal.
Para el Doctor Pedro Woodward, todo esto resultaba una suposición que no podía fundamentar de ninguna forma posible, y todo ello aparentaba ser solamente una especie de certeza aseverada más en ciertas intuiciones que en pruebas científicas.
Cuento todo esto porque desde que nací llevo esos números que me indican el paso del tiempo, y me costó mucho imaginar como habría sido la humanidad antes de ello, y es posible que ni siquiera me haga una idea aproximada sobre como habría sido. El otro día cuando los números se detuvieron pude percatarme que me vida había terminado, aunque alguien siga escribiendo esto desde algún ordenador empleando una conexión a escritorio remoto.
En la palma de la mano izquierda aparecieron unos pequeños números, que marcaban el paso del tiempo de la misma forma que un reloj, y esto ya indicaba que las antiguas máquinas pasarían a convertirse en deshechos, o simplemente ocupar algún sitio en los museos. Un solo movimiento, el de poner la palma frente a la visión nos señalaría la hora, incluso de una forma más cómoda que las pulseras.
Algunas de las cosas que preocupaban a los científicos de entonces, era la causa de aquel emergente, ya que por lo que se sabía hasta entonces, nadie se había propuesto realizar tamaña transformación. Algunos sostenían que esto era producto de la simple evolución, y que no había que dar tantas vueltas al respecto, mientras que para una minoría esto comenzó a resultar un gran problema, que iba a traer aparejado otros tantos nuevos.
Uno de ellos suponía fervientemente que esto estaba íntimamente ligado al software medico que se venía utilizando hacía ya más de una década. Mediante un ordenador y una conexión a escritorio remoto, era posible incidir directamente sobre la configuración físico química del cuerpo humano. Sentado frente a una pantalla era posible disminuir los altos niveles de colesterol, o producir ciertas reacciones que faciliten la osificación de huesos fracturados, o combatir las enfermedades infecciosas. También se había inventado un contador que instalado en la sangre, hacía una lectura muy precisa de las cantidades de glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Obviamente que la entrada a dicho programa y mucho más a la configuración de los individuos estaba absolutamente mediatizada a través de una gran cantidad de atajos que hacían que no puedan entrar allí, más que determinados técnicos especializados, con ordenes muy precisas de los cuerpos médicos.
La suposición de este científico, que emparentaba la emergencia de los relojes en las manos, con la utilización del software, no resultaba para nada descabellada, ya que mediante este programa se podían ajustar los números del reloj humano a los husos horarios correspondientes, aunque de todas formas esto no implicaba que por ello, esto se convirtiera en principio de causalidad. Un obstáculo grande que encontraba él, para esta suposición, era principalmente, que si bien se podía acceder al cuerpo humano mediante esta técnica, esto era simplemente un hecho individual, mientras que los relojes habían aparecido en toda la especie. Incluso un etnólogo que había vuelto de hacer un trabajo de investigación en una comunidad tribal del África, afirmaba que allí también se había producido la mutación. Para haberse producido por causa del software, este tendría que haber actuado modificando al código genético universal.
Para el Doctor Pedro Woodward, todo esto resultaba una suposición que no podía fundamentar de ninguna forma posible, y todo ello aparentaba ser solamente una especie de certeza aseverada más en ciertas intuiciones que en pruebas científicas.
Cuento todo esto porque desde que nací llevo esos números que me indican el paso del tiempo, y me costó mucho imaginar como habría sido la humanidad antes de ello, y es posible que ni siquiera me haga una idea aproximada sobre como habría sido. El otro día cuando los números se detuvieron pude percatarme que me vida había terminado, aunque alguien siga escribiendo esto desde algún ordenador empleando una conexión a escritorio remoto.
13.12.06
La página 213
Luego de la cena Esteban se dirigió hacia su sillón para proseguir con la lectura de La montaña mágica de Thomas Mann. Eran casi las 23. Todas las noches tenía la costumbre de leer antes de dormir, al menos por tres horas. Parecía que de esta forma había domesticado ese insomnio que dos años atrás, lo había tenido a mal traer. Así mismo su salud había mejorado considerablemente, aunque extrañaba mucho en esas ocasiones, el whisky y el tabaco, que los tenía terminantemente prohibidos, por orden de su médico de cabecera. Mientras se paseaba por las letras del libro y escuchaba como fondo la Novena Sinfonía de Beethoven, su mujer procedía a acostarse.
Como era su costumbre se fijó en el número de la página por la que iba, sorprendiéndose que siempre fuera la 213. En ese momento le dio la sensación de que su lectura estuviera suspendida, resultándole bastante difícil seguir avanzando, como que su atención hubiese sido alterada por algo, cuando desde la calle se escuchaba el persistente sonido de una ambulancia. Esteban se levantó de su asiento y se dirigió hacia la ventana para presenciar que ese móvil de emergencias médicas , se había detenido frente a su casa. Pensó entonces que seguramente habrían venido por la anciana vecina del domicilio de enfrente, cuando sintió que tocaban en su puerta, interrumpiendo la melodía de Beethoven. Cuando se disponía a bajar para atenderlos, escuchó que su mujer ya lo estaba haciendo.
-Por favor –dijo ella, señalándoles el lugar - atiendan rápidamente a mi marido. Pasados unos minutos Esteban escuchaba decir:
-Lo lamentamos mucho señora, su esposo ya ha fallecido, aparentemente de un pico de presión arterial.
Mientras tanto, uno de los médicos recogía del suelo, un libro abierto en la página 213.
Como era su costumbre se fijó en el número de la página por la que iba, sorprendiéndose que siempre fuera la 213. En ese momento le dio la sensación de que su lectura estuviera suspendida, resultándole bastante difícil seguir avanzando, como que su atención hubiese sido alterada por algo, cuando desde la calle se escuchaba el persistente sonido de una ambulancia. Esteban se levantó de su asiento y se dirigió hacia la ventana para presenciar que ese móvil de emergencias médicas , se había detenido frente a su casa. Pensó entonces que seguramente habrían venido por la anciana vecina del domicilio de enfrente, cuando sintió que tocaban en su puerta, interrumpiendo la melodía de Beethoven. Cuando se disponía a bajar para atenderlos, escuchó que su mujer ya lo estaba haciendo.
-Por favor –dijo ella, señalándoles el lugar - atiendan rápidamente a mi marido. Pasados unos minutos Esteban escuchaba decir:
-Lo lamentamos mucho señora, su esposo ya ha fallecido, aparentemente de un pico de presión arterial.
Mientras tanto, uno de los médicos recogía del suelo, un libro abierto en la página 213.
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