Acostado en la camilla, Antonio esperaba la llegada del anestesista, sin apartarse en ningún momento de un marcado estado de indignación. Sabía que la operación quirúrgica que le iban a realizar no era precisamente para extirparle ningún mal que llevase por dentro. Por el contrario, el cirujano, lo iba a abrir para sacarle ese hígado, que desde hacía ocho años le venía funcionando bastante bien, a partir de aquel transplante que le devolvió la vida cuando estuvo atacado por una fuerte cirrosis. El donante, un tal Milcíades Ibáñez Contreras, celoso defensor de la propiedad privada, propuso en el momento de poner sus órganos, a disposición de quien los necesitase, que el que reciba cualquiera de ellos, debía registrarlo como bien propio, al igual que cualquier bien inmueble. Esta actitud de Ibáñez Contreras parecía un simple capricho de magnate, pero para él, esto contenía un alto grado de significación.
Hacía apenas dos semanas que había fallado el juez, en el litigio entre Antonio y su ex esposa, siendo la sentencia: divorcio culposo en su contra. De esta forma, él perdía todas sus propiedades, incluido el hígado.
Ahora todo quedaba supeditado a recibir un órgano similar, de parte de un mendigo que había fallecido dos días atrás.
1 comentario:
felicidades por el blog. gente que escribe, que de seguro lee. un abrazo. no me gustan los narradores que saben todo, pero bueno...
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