
Ya había caído la noche en Transilvania, y la torre del castillo era iluminada por una gran luna llena, redonda y blanquecina. Un rayo que emanaba de ella, se infiltraba por las hendijas de un alto ventanal, y así descendiendo, tomaba una dirección que lo llevaba hasta la bóveda, ubicada en el gran sótano de la capilla. Allí se abría la tapa de un féretro, y Drácula emergía de él, como hecho rutinario e invariable, cada vez que se ponía el sol.
Aquella noche, ya no fue como todas las anteriores, más bien, implicó un quiebre con la incesante inercia noctámbula y centenaria, de ese extraño Conde no muerto, convertido en vampiro, necesitado del plasma sanguíneo de los vivos, para extender su eterna agonía, o más precisamente, un estado ubicado en la justa intersección, entre la vida y la muerte.
Mientras la plenitud de la luna, se escondía por detrás de los Cárpatos, el viejo Drácula caminaba por el patio hacia los almenares, en actitud pensativa y meditabunda. Había algo que desde la noche anterior, le preocupaba de manera desmedida, sin poder encontrarle ninguna solución aparente ni inmediata, transformándose el desasosiego en inexpugnable dilema.
Días atrás el Conde había recibido un telegrama de un tal Mihail Popescu, mercader de Bistritz, que lo invitaba a pasar por su domicilio, para cerrar un trato comercial. Según el mensaje, el emisor valoraba de gran forma, hacerlo con un noble descendiente de miembros de
En sus andanadas nocturnas, Drácula contaba con algunas limitaciones, para cumplir satisfactoriamente con sus cometidos. Como buen boyardo, no entraba a una casa si no era invitado para hacerlo, y esta misiva de Popescu le venía de mil maravillas, para extraer de esta convocatoria, otros réditos que no fueran los simplemente mercantiles. Fue de esta forma, que para la noche siguiente, el Conde se predispuso a asistir a la residencia del mercader, en el horario de la cena.
Habiendo llegado el crepúsculo, y prisionero de cierta impaciencia, Drácula levantó la cubierta de su ataúd, saliendo de él, para acudir a la cita. Convertido en fina niebla, atravesó primero el bosque y luego el desfiladero de Borgo, para llegarse hasta Bistritz.
Una vez en la ciudad, y habiendo recobrado la fisonomía humana, el Conde se presentó en lo de Mihail Popescu, quien muy amigablemente lo invitó a pasar y compartir la cena con su familia. Excusándose de padecer una ligera indigestión, aceptó sentarse a la mesa, pero absteniéndose de probar bocado alguno. El mercader, le explicó entonces la razón de su invitación.
-Gracias a una importante gestión que hicimos en Turquía, estamos trayendo en barco por el Mar Negro desde Eregli, habiéndolos llevado primeramente por tierra desde Ankara, algunos elementos que pertenecieron a vuestra familia… Más precisamente a Vlad Dracul y a Vlad el Empalador, en sus luchas contra el Imperio otomano. Este cargamento, está llegando en estos días al puerto de Varna. Por una suma módica, me ofrezco a trasladar a vuestro castillo, estas pertenencias, obviamente suyas, en tanto descendiente de aquellos grandes patriotas.
-Será un grato honor para mi –replicó el Conde- recibir estos elementos. Por el precio no se preocupe, ya que su importancia, está mucho más allá del vil dinero. Al menos, así lo considero.
Mientras finiquitaban todos los detalles al respecto, daba la impresión que mucho más, que este trato en particular, el interés prioritario de Drácula se hubiera desplazado hacia la joven y hermosa hija del mercader, a la cual no le quitaba de encima, esa mirada de rojizos ojos. Habiendo terminado de pactar, todo lo concerniente al envío de aquellas pertenencias familiares, el Conde saludó muy ceremoniosamente a todos y partió del lugar.
Aquella noche Sonja Popescu, no podía dormirse; sus ansiosos veinte años y algunos malestares diurnos, que traía de lastre, la obligaban a pensarse y repensarse, en una incesante actividad mental, sumamente agotadora, y a su vez tensionante. A pesar de esto, el insomnio no le devolvía ninguna idea acabada, ni apropiada, y ni siquiera aproximada, en cuanto a como desenredar esa insensata pena, que la venía acosando, desde algunos meses atrás.
Bistritz, ya se encontraba casi a oscuras, salvo algunos faroles ubicados en las calles, que irradiaban una tenue luminosidad, contrastada con la lucífera luna. Sus habitantes, es probable que ya se hallasen sobre el final de su primer sueño, o tal vez en el preludio del segundo, cuando para Sonja, pegar sus ojos, resultaba una empresa harto difícil y complicada. Por un momento, atravesó por la deriva de sus pensamientos, el recuerdo de esa extraña e incisiva ojeada de retinas rojas, que tuvo que padecer durante la cena, por parte de ese estrafalario caballero, vestido de negro; aunque esto fuera solamente, un flash de algunos segundos nada más, ya que un nuevo torrente de ideas devino en nuevo problema, para su fatigado cerebro; cuando en un determinado instante, comenzó a acariciarse con sus finos dedos, esa intimidad ubicada entre sus piernas. Empezó haciéndolo de manera sumamente suave, pero a medida que crecía la excitación, se aceleraba el ritmo de sus delicadas manos, y se iba descontrolando en sus gemidos. En una escena extremadamente sensual y caliente, de un inusitado autoerotismo, se le fue humedeciendo la vagina, hasta estallar en un anhelado orgasmo. Una vez caída la tensión acumulada, y cuando uno supondría un relajamiento general de su cuerpo, y el advenimiento de una pasmosa tranquilidad, Sonja se precipitó en un llanto desconsolado y tremendamente angustiante, en contraposición a lo esperado.
El Conde que había regresado a esa casa, tras no mucho rato de haber cerrado su trato con el mercader, fue testigo presencial de la puesta en acto completa, protagonizada por la joven. Habiendo tomado forma de murciélago, se aproximó sigilosamente a la ventana, y observó de manera muy cauta a través del vidrio, todo lo acontecido en el interior de la habitación. Contra la costumbre y la rutina de sus actos, Drácula ni siquiera hizo oír el ruido de sus aleteos, intentando pasar lo más inadvertido posible, y tras escuchar por un lapso mediano de tiempo, el penoso lloriqueo de Sonja, se alejó del lugar, sin cumplir con el propósito por el cual había regresado.
Entonces se metamorfoseó en lobo y atacó a una manada de bueyes cuajados, para saciar su apetito, propinándoles una cruenta sangría. Así y todo, poseído de gran insatisfacción, y retomando el paso de Borgo, regresó a su castillo antes que irrumpiese el amanecer, y lo sorprendiera por fuera de su aposento diurno. El nuevo crepúsculo iba a encontrar al Conde, en esa actitud detallada al inicio de nuestro relato, a saber, acercándose por el elevado patio de su palacio, hacia el almenaje, imbuido de una inusual pesadumbre anímica, transformada en suntuoso dilema, que exacerbaba sus pensamientos hasta el límite mismo de su comprensión.
Entonces Drácula, atravesó el puente levadizo, y descendió por la rampa almenada, hasta una pequeña barbacana. Allí, desde la buhardilla, observó el poco movimiento de los árboles del bosque, escuchando un hondo silencio, que se rompió en un instante, debido al estrepitoso y refunfuñante chirrido de un búho. Algo inquieto se desplazó hasta el otro extremo del alcázar, haciendo que desde ahí, su rojiza mirada hiciera blanco en el precipicio, ubicado por debajo del peñón, donde se asentaban los cimientos de las murallas. Su visión se extraviaba en ese sitio, de la misma forma en la que estaban sus pensamientos, desde la noche anterior.
-¡Oh, yo Vlad Tepes, Conde de Transilvania, que perdido estoy! Esa mujer, su belleza, sus actos, su atracción y hasta su llanto, me han desequilibrado totalmente. No es posible que un boyardo como yo, trastabille de la forma, como lo estoy haciendo.
Solamente buscaba su sangre, ese maldito líquido que preserva esta inmunda existencia, y en lugar de ello sentí ganas de otras cosas.
Me estaba creyendo poderoso, porqué me obedecen los lobos y los cuervos, la tormenta y la niebla, por mis capacidades hipnóticas y por mi fuerza descomunal, todo eso sumado a la estirpe propia de ser un miembro de
Nunca creí en Dios, siempre renegué de él, y es por esta razón que aunque existiera, nunca se apiadaría de este pobre cadáver, condenado a deambular por las noches, signado a tener un cuerpo que no muere, pero que tampoco puede vivir.
¡Oh, si existiera alguien más poderoso que yo, sabría como resolver esta situación, que me embota y me encadena!
Cuando irrumpían algunas nubes en el cielo estrellado, el Conde comenzó a sentir un poderoso aroma sulfúrico, y contra lo verosímil del hecho, un rayo se estrelló a pocos metros de él, iluminando a una extraña silueta con formato humano.
-¡Tu empalador Drácula, me has llamado! Aquí estoy…
El Conde extremadamente sorprendido e inmóvil, se quedó mirando la misma presencia del Príncipe de las tinieblas, Satanás, delante suyo, prisionero de cierto pavor.
¡Quítate de encima ese asombro! –Exclamó el demonio- Tú que siempre has renegado de alguien superior a ti, me has convocado, ya que tu existencia está en crisis absoluta.
No tienes nada que decirme… Ya lo sé todo…
Así como tu has presenciado a esa joven, yo me detuve en ti, y se perfectamente cual es tu dilema…
Nunca te subordinaste a nadie, pero huyes de esos miserables crucifijos, como un niño asustado, en busca de la protección de su madre.
De hecho, solamente el horripilante y soberbio Dios sería el único capaz de vencerte, pero te diré: En este instante quien te ha vulnerado no ha sido el Bien Supremo, sino que has sido atrapado por la carne y sus excreciones líquidas, y no precisamente la sangre, sino, que estás poseso por el flujo vaginal, por la saliva que no hay en tu boca, y también por las lágrimas, estás poseído por el placer y la vibración de las vísceras vivientes, cuando tu cuerpo ya no está para eso, pues tu solamente eres un cadáver que se desplaza por las noches en búsqueda del rojizo plasma, para evitar tu desintegración.
Cuando viste a esa mujer excitada, quisiste acoplarte a su goce, se apoderaron de ti, todas esas reminiscencias de cuando aún, en sentido estricto, eras un ser viviente, y ante esto, te sentiste un pobre canalla, que buscaba simplemente clavar tus colmillos en su cuello para extraerle el fluido que extiende tu agonía.
En ese momento, pensaste que mucho mejor hubiera sido saborear su carne, y que ella saboree la tuya, como cuando en vida lo hacías con tus mujeres. Calmar su llanto, también hubiera sido tu objetivo.
Vlad Tepes, Conde Drácula, si te has conservado tú, por varios siglos, como un no vivo, es antes que nada por mi voluntad, porqué es una forma más de construir la hegemonía del Mal, sobre
Pero
Tu, Drácula: has caído en esa tentación humana, que no es un producto de mi autoría, como se empecinan en decir, aquellos epígonos, sino que es la más primaria y efímera atracción entre mortales.
Con tu actitud, boyardo Vlad, me estás demostrando que ya no soportabas la inmortalidad… Que solamente es de tu interés la extremada labilidad y levedad del placer, y es por esta razón que voy a devolverte tu humanidad.
Esto significa que irremediablemente debes morir, y que ese cuerpo que llevas puesto, sea devorado íntegramente por los gusanos, ya que no es posible que vivas dos veces, ningún humano lo hace…
La noche transilvana continuaba con su oscuro pasaje diario, y a lo lejos aullaba una manada de lobos cebados, mientras la luminosidad de la luna, resaltaba y subrayaba las escarpadas cimas de los Cárpatos.
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