
Aquella mañana fue diferente, al menos hubo algo que hizo que García, poco tiempo después de levantarse, sintiera la necesidad, o tal vez la inquietante curiosidad de saber, por dónde ella podía andar. Hacía tiempo que no la recordaba, y mientras caminaba por el corto pasillo rumbo a la cocina, considerando la proliferación de sueños difusos que venía teniendo las últimas noches, le resultaba seguro que ella lo había visitado en alguno de ellos, y sin poder fijarlo con indubitable certeza, sabía bien que si esto hubiera ocurrido, había sido precisamente la noche de la cual despertaba.
Después del desayuno, levantó el portón del garaje, y salió con su automóvil en dirección hacia su trabajo. En el trayecto paró para comprar el diario. Cuando bajó del vehículo y se dirigió al kiosco, esperó unos minutos mientras el canillita terminaba de despachar a otros clientes. Mientras leía los titulares, fue en un instante, cuando su mirada quedó prisionera en la tapa de una revista que por el nombre, supuso importada de algún país de habla inglesa. En realidad lo del nombre fue estrictamente secundario, pues lo impactante para él, fue la imagen de la portada. El rostro de la mujer que allí vio le resultó tremendamente familiar, como cuando se recibe el saludo de alguien de quien uno no duda conocer, pero en el preciso instante, no resulta posible descifrar quién es. Todo fue en un lapso de pocos segundos, ya que al quedar solo ante el vendedor, la situación lo obligó a solicitar el matutino que compraba todos los días.
Tras dejar el auto en la playa de estacionamiento cercana a su lugar de trabajo, caminó como de costumbre las dos cuadras que separaban a ambos lugares. Esta vez lo que venía sucediéndole hace tiempo, pero de manera casi imperceptible, cobró la forma de una certeza inapelable, tras percatarse de forma muy patente de una situación muy difícil de explicar. Todo lo anterior podría haber sido una simple sensación, o el resultado de alguna idea que le anduviera dando vueltas por la cabeza, pero la repetición del hecho fue como un despertar a una muy extraña impresión de la cual no podía inferir que se tratara de algo estrictamente subjetivo, o simplemente producido por su imaginación. García dedujo, que al pasar, inequívocamente por ese sitio, se había convertido en blanco de vaya a saber qué.
Miró detenidamente como nunca antes, aquella construcción con forma de paralelepípedo rectangular emplazada tras una verja de alambrado negro, una rara combinación de cinco perfectos cubos alistados uno arriba del otro, pintados de un color naranja tenue con ventanales de cristal espejado. García recordó entonces, el hecho de nunca haber visto a nadie traspasar el portón de entrada. Las sofisticadas antenas, erguidas sobre la terraza, hacían presuponer que en un sitio así, podía funcionar alguna estación de retransmisión, un laboratorio informático, o algo de esa índole. Se quedó un rato contemplando la construcción no sin cierto estupor, pero sin dejar de maravillarse, por cuanto aquello le sugería en sus recuerdos, al centro de operaciones que de niño soñaba tener, con el objetivo de controlar el universo.
Como aquel que descubre una silueta en la oscuridad, o un razonamiento en un sueño, García pudo percatarse que la extraña sensación había sido algo así como escindirse de su cuerpo por escasas milésimas de segundo y a la vez ver proyectado su semblante en innumerables puntos y en una casi infinita reproducción. Pensó entonces si todo eso no sería una rémora de aquella medicación que le habían suministrado ya hacía algunos meses, debido a algunos trastornos neurológicos producidos por el alto stress, pues lo que podría haber supuesto espontáneamente en relación al edifico de los cinco cubos le pareció descabellado, y mucho más digno de ser parte de una película de ficción. Cuando decidió continuar en dirección hacia su oficina, pudo ver una llamada perdida en su teléfono celular, pero sin poder constatar quién podría haberla hecho.
Durante la mañana mientras inspeccionaba frente a su ordenador la información económica que había sido divulgada en el matutino, y la contrastaba con otras publicadas en Internet, por diferentes medios nacionales e internacionales, fue cuando una publicidad emergente de un portal, le mostró aquella playa de la ribera brasileña, sugiriéndole vacacionar en ese paraje, en el cual García había estado hacía unos cuatro años, y en donde creyó haberla visto a ella, una noche cuando caminaba por la arena. En un instante había estado en una proximidad de unos cincuenta metros pero cuando intentó acercarse, la silueta femenina se perdió entre los médanos, y ya no la pudo alcanzar. A pesar de haberse quedado en aquel balneario por casi una semana más, manteniendo una firme atención por si la veía de nuevo, esto no volvió a ocurrir.
Por la tarde cuando regresaba hacia el predio de estacionamiento volvió a fijar sus ojos en los cinco cubos y las sofisticadas antenas, pero también en las diferentes construcciones que se emplazaban en las inmediaciones, mientras unos trescientos metros más allá descollaban unas muy altas torres de cemento. El playón que albergaba a los automóviles estaba ubicado varios metros por debajo del nivel de la calle, encontrándose cubierto en lo alto, por un techado transparente de fibra vinílica. García subió a su vehículo y tomando la elevada rampa salió a la avenida, andando por ella algunas cuadras, antes de subir a la autopista que une ese tramo con las proximidades de su domicilio.
Antes de dormir mientras tomaba el poco de borgoña que le había quedado de la cena, y mirando un concierto de King Crimson en el reproductor de DVD, recordó el llamado perdido en su celular, un instante después de la extraña sensación, en proximidades de la edificación de los cinco cubos, mientras el recuerdo de ella, volvió a cruzarse por sus pensamientos, hasta quedarse totalmente dormido.
Algunos días después tras algunas sospechas que le fueron apareciendo en sus pensamientos, extrajo de una caja el último celular que había utilizado antes del aparato que lo acompañaba en el presente, y lo llevó consigo junto al actual, sabiendo que la línea del primero aún no estaba dada de baja y podía usarlo normalmente. Cuando García pasó por el lugar señalado como virtual causante de la extraña sensación, ésta fue aún más intensa, y en ambos teléfonos pudo encontrar llamadas perdidas. No precisamente por las dos actuales sino fundamentalmente por la de algunos días atrás, pudo deducir que ella no fue quien la hubiera hecho. En ese instante, puso en acto el inicio del plan que había pergeñado con anterioridad, y colocó entonces al viejo celular debajo de la corteza de un árbol ubicado sobre la vereda, agregándole un poco de pegamento para que no cayera del sitio escogido, y luego prosiguió sin perder tiempo, hacia su oficina en el piso 71 de la torre azul. Al llegar encendió el ordenador y lejos de cotejar las informaciones económicas como era la rutina, abrió un software que había instalado el día anterior, y que por estricta casualidad había encontrado en un foro psicocibernético, tras navegar en la red de igual forma que un televidente zombie, al hacer zapping.
El programa que había incluido en el sistema operativo de la computadora, alcanzaba a captar la señal del celular incrustado en el árbol, y reproducía en la pantalla la supuesta sensación del bioplasma adherido a él, y fue en ese instante cuando García pudo ver la copa, el tronco y la raíz del vegetal reproducida infinitas veces en un espacio que excedía las tres dimensiones. Este último dato lo proporcionaban ciertos indicadores presentes en el software. Ante tal asombro tomó el ascensor y bajó los 71 pisos, dirigiéndose hacia el sitio donde estaba el árbol, llevando su teléfono móvil y dejando el ordenador prendido, agregándole al programa utilizado, otro que grababa la escena que podía verse en la pantalla. Al llegar al sitio sintió la misma sensación que el primer día de este relato, y antes de acercarse al árbol, e intentar extraer el otro celular, fue cuando creyó descubrir que existían muchos más sentidos que los cinco conocidos, que se reproducían a partir de ciertos circuitos electrónicos, mientras los cinco cubos mantenían el misterio de lo que pudiera haber detrás de sus ventanales espejados, como la razón de sus sofisticadas antenas.
Al regresar a la torre, García retrotrajo el software de captura hasta el punto cero, y observó el video donde podía presenciar la sensación que lo había aprisionado antes de acercarse a la corteza del árbol, y ahí fue cuando pudo verse junto a ella, reproducidos ambos en una escena infinita que no dejaba de fascinarlo.
Pasados algunos días, García consideró lo sucedido con respecto al teléfono móvil, y despertó en él la curiosidad por saber desde donde podría llegar aquella interferencia, que modificaba sensorialmente a cualquier tejido vivo que hiciera contacto con el celular. Repitió entonces la última prueba dejando al aparato adherido al árbol, y desde su ordenador llegando hasta el tejido clorofílico del vegetal, y a la señal del móvil, buscó diferentes opciones en el software que le permitieran rastrear no solamente el recorrido desde donde él estaba, hasta el señuelo construido, sino intentar desde él, llegar hacia el punto de emisión de lo que en la corteza del árbol, constituía un verdadero efecto.
Al encontrar en el programa una opción de rastreo, pudo constatar que el efecto era producido desde innumerables puntos, y no solamente desde uno como él había supuesto, pero al intentar llegar hacia ellos, el software le indicaba que todas las rutas de acceso se encontraban bloqueadas. Para su sorpresa, cuando presenció nuevamente la reproducción al infinito de la estructura del árbol, algo le señaló en la pantalla que la intensidad que producía ese efecto era muy superior al resto, y que llegaba desde un colapsado y único punto, de los innumerables constatados. García comenzaba a descubrir distintas funciones del programa instalado, y pudo concluir que aquel efecto era casi como un corto circuito, en la red de las innumerables emisiones a las cuales no podía encontrarles acceso.
Aunque pasaran de modo imperceptible; el mundo, la sociedad estaban expuestos al mismo efecto, pero debido a una precisa sintonía de baja y modulada intensidad nadie podía saber acerca de ello. El descubrimiento de García fue un verdadero accidente.
Berisso, febrero de 2012
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