
Todas las tardes, cuando el tren pasaba por aquel lugar, Américo al mirar por la ventanilla, siempre lo veía al niño de la bicicleta, esperando en una esquina. Era la hora cuando los obreros regresaban a sus casas, luego de la extenuante jornada laboral.
Ni bien el ferrocarril arrancaba de
Resultaba llamativo, no solamente para Américo, sino también para la mayoría de los habituales pasajeros; esa mirada entre nostálgica y ansiosa, que intentaba capturar por dentro del transporte algo tal vez determinado, tal vez escondido, pero siempre indescifrable; más su posterior y obstinada carrera tratando de alcanzar ese móvil, que diariamente se le volvía esquivo.
Ese niño no tenía mucho más de ocho años, infería Américo, y a partir de cuando cerraron la fábrica, nunca más lo volvió a ver.
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