Aquella fría
mañana de un invierno recién llegado, fue cuando me dirigí hacia esa parte de
la ciudad en la que debía hacer varios trámites. Todas las oficinas y
dependencias tanto públicas como privadas estaban situadas en un radio que no
excedía los 400 metros. Ya en el primero de los lugares a los que fui, la
situación produjo que sintiera un cierto
grado de indignación. La empleada, una mujer que rondaba los 50 años, no sólo que tardó demasiado en atenderme,
mostrando así esos vicios característicos, de esos empleados que creen que los
que hacen trámites tienen todo el tiempo para perderlo en esos sitios. También
es posible que ellos piensen que ocupar ese lugar les dé cierto margen de
poder, y a ello lo usufructúan con esas actitudes. Le presenté los diferentes
papeles necesarios para que pueda hacer convalidar mi solicitud, y tras verlos
me dijo que faltaba una planilla, y que sin ella era imposible comenzar el
trámite.
-En el kiosco de
acá al lado, venden la planilla- me dijo, pidiéndome que vaya a comprarla.
–Bien, ya vuelvo- le respondí dirigiéndome hacia el local comercial.
-No señor, hace
rato que no nos envían esa clase de formularios. Y eso que -a pesar de traernos
siempre una gran cantidad-, se vendían bastante rápido. La verdad no le sabría
decir por qué no los envían más. Tal vez en la oficina en la que se lo piden
debieran saberlo- me expresó la chica que despachaba en el kiosco. Mientras pensaba que tal vez en otro comercio
pudieran tener esa planilla, le pedí que me vendiera un paquete de cigarrillos
negros y uno de pastillas de mentol. Aunque el lugar más propicio para vender
esos formularios era ése. Tenía que hacer -como anteriormente había señalado-,
varios trámites, pero por cierta obsesión quería sacarme de encima éste, con el
que había comenzado la ronda.
Caminé por las
calles aledañas para encontrar un lugar en donde vendieran el formulario, pero
la búsqueda comenzó a ser infructuosa. A nadie ya le traían esa clase de planillas
para poder venderlas. Por qué en la oficina indicada carecían de ese insumo- me
preguntaba incesantemente- sin poder contestarme otra cosa, que no fuera la
existencia maldita de la burocracia. Tal vez si en el primer kiosco hubiese
podido comprar lo que necesitaba, no hubiera llegado a esa conclusión, pero las
cosas así presentadas, no dejaban otra alternativa. Algo ansioso prendí un
cigarrillo, el primero del atado. A las pastillas de mentol ya las había
devorado. No estaba fumando demasiado, quería dejar de hacerlo, pero no podía
no llevar conmigo un paquete, por las dudas, o vaya a saber por qué. Era el
primero que encendía en casi dos días. Me di cuenta cuando fumé la primera
bocanada, mientras proseguía la caminata.
Cuando a través
de la vidriera pude ver diferentes estatuas y obras de escultura, y más allá en
la vereda, la venta de trabajos de alfarería, pero por sobre todo gente
caminando con aspectos poco rutinarios, fue cuando me di cuenta que había
excedido el radio de la zona administrativa. A pesar de ello ya no quise
volver, y me decidí a transitar por esa otra parte de la ciudad. Fue allí que
me topé con el ya entrado en edad Michelangelo Buonanotti. Él había sido hacía
ya tiempo, uno de mis profesores de estética en el colegio secundario. Siempre
lo recordé como alguien que sabía bastante sobre el arte pictórico, y que
además era un excelente pintor. Algunas décadas atrás el había confeccionado
varias obras enroladas tal vez en una extraña mezcla de pop art y surrealismo.
A pesar del paso del tiempo lo reconocí por la voz, cuando él le explicaba a un
visitante de su puesto, las maravillas del futurismo italiano. No podía ser
otro que Michelangelo. Me quedé mirando las obras que vendía y pude constatar
que se trataba nada más que de muy buenas réplicas de trabajos de pintores
clásicos. Era muy probable que él ni se acordara de quién era yo, ya que
solamente había sido un alumno más entre varias centenas de ellos. Se me acerca
cuando el otro visitante había partido, y me dice: -Fíjese que hay muy buenos
Van Gogh y Gauguin, y que tienen muy buen precio. Lo miro y le respondo: -¿Acaso
no tiene un Buonanotti? Eso es lo que me gustaría adquirir…. Pude observar
inmediatamente que sus ojos parecían haberse entristecido, y que a él lo
hubiera invadido cierta sorpresa.
-A mí también me
gustaría conseguir alguna de esas obras, pero ni siquiera yo sabría cómo encontrar
aunque sea alguna de ellas- me respondió con un tono de cierta nostalgia. Le
conté que él había sido mi profesor, hacía ya muchos años, y que recordaba
haber visto alguna de sus obras en una exposición. Me miró, y dejando entrever
que se acordaba de mí, aunque pensé que eso no fuera más que un cumplido, dijo
que todas sus obras las había perdido. No me dijo cómo, pero sí que luego
abandonó la invención para dedicarse a la réplica. –Apenas recuerdo la técnica
que utilizaba en ese tiempo- me dijo señalando que, sería un muy buen
experimento contrastar la técnica actual con la de aquel tiempo, pero que hoy
realizar eso sería imposible. Mientras yo recordaba algunos manuscritos hechos
hacía bastante tiempo y que vaya a saber en dónde quedaron, creía entender algo
de lo que señalaba Michelangelo. A sabiendas de que a la zona administrativa ese día no iba a volver, caminé hasta la parada del colectivo para regresar a
casa.
En el camino recordé que la tarjeta magnética para el transporte ya no tenía crédito, y
viendo un kiosco bastante grande entré para cargarla. Pensé a su vez que tal
vez pudieran tener ahí la ya conocida planilla. Había mucha gente en el negocio
y la cosa se extendía demasiado. Tenía ganas de salir del lugar aunque volviera a casa caminando,
pero un rapto de timidez no me permitía salir, cada vez que la puerta se abría. Cuando
desperté de ese sueño, me di cuenta que ésa era la única forma de salir de
aquel lugar sin combatir la cortedad.

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