28.6.15

La Odisea de Hipnos

Aquella fría mañana de un invierno recién llegado, fue cuando me dirigí hacia esa parte de la ciudad en la que debía hacer varios trámites. Todas las oficinas y dependencias tanto públicas como privadas estaban situadas en un radio que no excedía los 400 metros. Ya en el primero de los lugares a los que fui, la situación produjo que sintiera  un cierto grado de indignación. La empleada, una mujer que rondaba los 50 años, no  sólo que tardó demasiado en atenderme, mostrando así esos vicios característicos, de esos empleados que creen que los que hacen trámites tienen todo el tiempo para perderlo en esos sitios. También es posible que ellos piensen que ocupar ese lugar les dé cierto margen de poder, y a ello lo usufructúan con esas actitudes. Le presenté los diferentes papeles necesarios para que pueda hacer convalidar mi solicitud, y tras verlos me dijo que faltaba una planilla, y que sin ella era imposible comenzar el trámite.

-En el kiosco de acá al lado, venden la planilla- me dijo, pidiéndome que vaya a comprarla. –Bien, ya vuelvo- le respondí dirigiéndome hacia el local comercial.

-No señor, hace rato que no nos envían esa clase de formularios. Y eso que -a pesar de traernos siempre una gran cantidad-, se vendían bastante rápido. La verdad no le sabría decir por qué no los envían más. Tal vez en la oficina en la que se lo piden debieran saberlo- me expresó la chica que despachaba en el kiosco.  Mientras pensaba que tal vez en otro comercio pudieran tener esa planilla, le pedí que me vendiera un paquete de cigarrillos negros y uno de pastillas de mentol. Aunque el lugar más propicio para vender esos formularios era ése. Tenía que hacer -como anteriormente había señalado-, varios trámites, pero por cierta obsesión quería sacarme de encima éste, con el que había comenzado la ronda.

Caminé por las calles aledañas para encontrar un lugar en donde vendieran el formulario, pero la búsqueda comenzó a ser infructuosa. A nadie ya le traían esa clase de planillas para poder venderlas. Por qué en la oficina indicada carecían de ese insumo- me preguntaba incesantemente- sin poder contestarme otra cosa, que no fuera la existencia maldita de la burocracia. Tal vez si en el primer kiosco hubiese podido comprar lo que necesitaba, no hubiera llegado a esa conclusión, pero las cosas así presentadas, no dejaban otra alternativa. Algo ansioso prendí un cigarrillo, el primero del atado. A las pastillas de mentol ya las había devorado. No estaba fumando demasiado, quería dejar de hacerlo, pero no podía no llevar conmigo un paquete, por las dudas, o vaya a saber por qué. Era el primero que encendía en casi dos días. Me di cuenta cuando fumé la primera bocanada, mientras proseguía la caminata.

Cuando a través de la vidriera pude ver diferentes estatuas y obras de escultura, y más allá en la vereda, la venta de trabajos de alfarería, pero por sobre todo gente caminando con aspectos poco rutinarios, fue cuando me di cuenta que había excedido el radio de la zona administrativa. A pesar de ello ya no quise volver, y me decidí a transitar por esa otra parte de la ciudad. Fue allí que me topé con el ya entrado en edad Michelangelo Buonanotti. Él había sido hacía ya tiempo, uno de mis profesores de estética en el colegio secundario. Siempre lo recordé como alguien que sabía bastante sobre el arte pictórico, y que además era un excelente pintor. Algunas décadas atrás el había confeccionado varias obras enroladas tal vez en una extraña mezcla de pop art y surrealismo. A pesar del paso del tiempo lo reconocí por la voz, cuando él le explicaba a un visitante de su puesto, las maravillas del futurismo italiano. No podía ser otro que Michelangelo. Me quedé mirando las obras que vendía y pude constatar que se trataba nada más que de muy buenas réplicas de trabajos de pintores clásicos. Era muy probable que él ni se acordara de quién era yo, ya que solamente había sido un alumno más entre varias centenas de ellos. Se me acerca cuando el otro visitante había partido, y me dice: -Fíjese que hay muy buenos Van Gogh y Gauguin, y que tienen muy buen precio. Lo miro y le respondo: -¿Acaso no tiene un Buonanotti? Eso es lo que me gustaría adquirir…. Pude observar inmediatamente que sus ojos parecían haberse entristecido, y que a él lo hubiera invadido cierta sorpresa.

-A mí también me gustaría conseguir alguna de esas obras, pero ni siquiera yo sabría cómo encontrar aunque sea alguna de ellas- me respondió con un tono de cierta nostalgia. Le conté que él había sido mi profesor, hacía ya muchos años, y que recordaba haber visto alguna de sus obras en una exposición. Me miró, y dejando entrever que se acordaba de mí, aunque pensé que eso no fuera más que un cumplido, dijo que todas sus obras las había perdido. No me dijo cómo, pero sí que luego abandonó la invención para dedicarse a la réplica. –Apenas recuerdo la técnica que utilizaba en ese tiempo- me dijo señalando que, sería un muy buen experimento contrastar la técnica actual con la de aquel tiempo, pero que hoy realizar eso sería imposible. Mientras yo recordaba algunos manuscritos hechos hacía bastante tiempo y que vaya a saber en dónde quedaron, creía entender algo de lo que señalaba Michelangelo. A sabiendas de que a la zona administrativa ese día no iba a volver, caminé hasta la parada del colectivo para regresar a casa.

En el camino recordé que la tarjeta magnética para el transporte ya no tenía crédito, y viendo un kiosco bastante grande entré para cargarla. Pensé a su vez que tal vez pudieran tener ahí la ya conocida planilla. Había mucha gente en el negocio y la cosa se extendía demasiado. Tenía ganas de salir del lugar aunque volviera a casa caminando, pero un rapto de timidez no me permitía salir, cada vez que la puerta se abría. Cuando desperté de ese sueño, me di cuenta que ésa era la única forma de salir de aquel lugar sin combatir la cortedad.

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