El camino al
cerro era bastante tedioso, pero su cabaña estaba en ese sendero. Johan la
había construido en ese lugar para prevenirse de sus miedos. Allí nadie más que
él se atrevía a llegar. Igualmente esas obsesiones que lo perseguían desde
hacía varios años no dejaban de hacerse presentes. Aquella tarde de fines de
agosto, luego de haber realizado algo de lo que él tenía en su agenda, partió
hacia su habitáculo. Cierta satisfacción llevaba consigo. Tal vez eso hizo que
sus miedos se aflojaran, y muchas de sus habituales precauciones dejaran de
estar presentes. Algo eufórico Johan llegaba a su casa, ubicada a medio camino,
en el sendero que conduce a la cumbre del cerro. El graznido de las urracas se
intensificaba cada vez más, y los perros salvajes no dejaban de aullar. El
vuelo intenso de los murciélagos ya no era para Johan ningún signo de alerta.
Se había acostumbrado a ello, pero el intenso gruñido de las aves mencionadas era
algo que no alcanzaba a integrar. Le faltaban aproximadamente unos 70 metros
ascendentes para llegar a su cabaña, y ya el atardecer se había vuelto noche. Acomodó
lo que cargaba en la mochila, y esquivando un arbusto, se aproximó a la puerta,
a la que abrió tras utilizar la sofisticada llave de cuproníquel.
Prendió la luz, y
se dirigió hacia la cocina. El horno de leños conservaba algunas brasas de la
mañana, pero era necesario agregarle un poco más de combustible para que no se apague y poder cocinar la carne de cordero que traía del poblado. Las noches
aún eran frescas por lo que mantener encendido el caldero, resultaba importante
para dormir abrigado. La botella de vino que había comprado en el poblado del
valle, parecía ser de buena calidad, y junto al cordero al horno se
convertirían en los placeres que Johan planeaba para antes de dormir. Arrojó
algunos trozos de madera en el caldero, mientras que a la carne la había
condimentado con pimientos, nuez moscada y comino molido. Puso la comida en una bandeja
y la metió en el horno. En poco más de veinte minutos iría a estar para
comerla. Entonces tomó lo que le quedaba en la mochila y lo llevó hasta la
pieza. Al entrar en ella hubo algo que lo sorprendió. Desde la cama ella lo
miraba, y él no salía de un asombro que colindaba con el terror. Belinda había
fallecido hacía mucho más de una década, pero en ese momento lo miraba alborozada.
Johan sintió una mezcla de horror con deseo sexual, pero lo preponderante era
el desconcierto. Esa mujer lo miraba pero no le hablaba…

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