15.9.15

El espantapájaros

Hacía rato que la noche había llegado pero a Don Vicente Tarsotti le costaba dormirse. Después de haber asistido a esa velada de cine en el Progreso, para él, nada fue igual. Vicente tomaba bastante vino de la costa y no apagaba la radio, esperando que el sueño lo sorprenda. La noche en el monte de Los Talas estaba bastante calma. El viento otoñal de la tarde había disminuido, y a lo lejos, más allá de la alameda, se escuchaban los ladridos de un perro.

Algunos días atrás, más precisamente una semana, su amigo el ruso Kruk, lo había llamado para reencontrase. Ellos se conocían desde cuando habían compartido la misma sección de trabajo en el frigorífico. La idea había sido juntarse para conversar, comer pizza y tomar cerveza, pero eligieron primero ir al cine, acorde a la tradición de los años sesenta. Ellos no eran grandes amantes del séptimo arte, e inclusive por ser inmigrantes, les costaba bastante leer los subtítulos en español, aunque ya llevaran algunas décadas en la Argentina. No eligieron qué película irían a ver. La que les tocó en suerte fue nada menos que Los Pájaros de Hitchcock, que por ese entonces fue bastante popular. Hacía ya algunos años que no se veían, pero coincidió en que ambos no hacía tanto habían quedado viudos. Había mucho por hablar entre el viejo quintero italiano, y su amigo, el zapatero ruso. De regreso por la noche a su casa de Los Talas, tras llegar habiendo cenado, se acostó y el sueño le llegó rápidamente. Cuando despertó por la madrugada, ya no pudiendo dormir, se levantó para retornar a sus labores diarias.

Ese era el tiempo del trasplante de las plántulas de tomate, desde el semillero a la tierra trabajada. Vicente había traído desde la parte más cercana al río, una cantidad importante de cañas para sujetar las tomateras. Mientras trasladaba los plantines, una bandada de patos salvajes volaba en dirección del cañaveral.  Ahí recordó que tenía que hacer de nuevo un espantapájaros, ya que el viento y la lluvia habían desarmado al anterior. Encima los perros cuando lo vieron caído sobre la tierra se encargaron de destrozarlo aún más, de lo que ya estaba. Un viejo saco príncipe de Gales, y el sombrero de paja deshilachado se acoplarían perfectamente a la cruz de madera de eucaliptus. 

 Cuando Vicente miró el sol, ya era el mediodía. Sentía algo de hambre y retornó a la casa para comer algo. Los porotos que había dejado en remojo desde casi un día atrás, un pedazo de tocino y la salsa de cebollas con morrones, con bastante pimienta y orégano; fue su plato del almuerzo. Un poco de grapa fuerte para bajar los bocados, y la modorra que le vino, hicieron que se vaya a dormir una pequeña siesta.  Al despertar se dio cuenta que un fragmento de la película de la tarde anterior se le había infiltrado en el sueño. Miró hacia la parte superior del oquedal, pero al no ver más que una pequeña nube se tranquilizó, y en el camino hacia los plantines de tomates, recordó a su difunta mujer, y unas lágrimas se le escurrieron de sus ojos. También recordó que hacía tiempo que no tenía noticias de su único hijo, que habiéndose recibido de ingeniero, partió hacia el sur.

-Maledizione-  exclamó Vicente. Todos los brotes trasplantados, estaban destruidos. Las hojas parecían picadas por hormigas gigantes. Una bandada de gorriones se acercó volando desde el cañaveral, y semejando a las aves de carroña rodearon en vuelo al sembradío arruinado. Vicente bastante enfadado, tiró la pala en el suelo con cierta violencia, y tomando cascotes del piso comenzó a arrojárselos a los pájaros.  La bronca no le dejó prever que podía trastabillar y cayó sentado en los pastos. Ahí fue cuando se dio cuenta que debía adoptar otra política, agradeciendo no haberse quebrado en la caída. Solo en el monte poco hubiera podido hacer, ante un eventual accidente.   El viejo espantapájaros estaba más destrozado aún, por lo que pensó que lo primero que debía hacer es  construir el nuevo, tal como había pensado por la mañana.  

Sobre el banco que tenía en un pequeño galpón cortó dos tablas de saligna. A una de ellas le dejó un largo de un metro y medio, la otra de apenas 80 centímetros. Las juntó formando una cruz y les martilló varios clavos en la intersección, como para que no se pierda el ángulo deseado. Cuando desde el ropero llevó al lugar, el viejo saco gris príncipe de Gales, ya bastante apolillado, éste le hizo recordar el casamiento de su hermana Florentina, sucedido hacía más de 30 años atrás. Lo había comprado en la sastrería El Siglo de La Plata. El pantalón que conformaba el traje hacía bastante tiempo que ya lo había gastado, pero su mujer con los cortes que le hacía lustraba los muebles. Incluso el piso del dormitorio confeccionado con machimbres de pinotea. El sombrero de paja no era tan viejo, pero ya estaba bastante deshilachado, ya que él lo usaba con frecuencia y siempre tenía nuevos de repuesto. Los compraba en la tienda La Central ubicada en la esquina de Montevideo y Nápoles, casi enfrente de la hilandería.  Pero lo que más le concentró la atención a Vicente fue cómo hacerle una cara al muñeco. Tomó una calabaza desecada, le pasó un poco de barniz y con la cuchilla bien afilada comenzó a darle forma. Primero le hizo los ojos, luego los orificios nasales y cuando iba a hacerle la boca dudó, pero al final decidió hacerla sonriente, con las comisuras inclinadas hacia arriba. Antes de que anochezca el espantapájaros debía estar colocado en el centro del sembradío, aunque las plántulas estuviesen destruidas. Volver a trasplantar desde el semillero sería la tarea para el próximo día.

Vicente se despertó por la noche, serían las 3, y por la ventana de su pieza miró hacía donde se encontraba el muñeco y los plantines. La luz de la luna llena iluminaba la calabaza, y los orificios que le había hecho parecían brillar. Agarró la botella de vino, del pico tomó unos largos sorbos, y volvió a la cama. Le costó despertarse por la mañana. Los gallos ya habían cantado bastante, y eso él lo sabía, hacía rato que los venía escuchando. Incluso le dio la sensación de que lo hubieran hecho con mucha mayor intensidad. Tomó la bolsa de maíz y les llevó el alimento a las aves de corral. Las notaba algo nerviosas.  Había en el gallinero más movimiento que el común. Vicente entonces dudó si el día anterior les había dado alimento, y sacó la conclusión de que lo más probable es que no lo hubiera hecho. Las casi 50 gallinas batarazas comieron ansiosas, pero parecían seguir inquietas. Vicente pensó que tal vez por la noche algún gato montés haya estado rondando por ese lugar, y que eso podría ser la causa del nerviosismo.  Volviendo desde el gallinero fue a buscar las herramientas para proseguir con el trasplante de los tomates. Los cargó en la carretilla y se dirigió al sembradío. Desde unos 50 metros veía al espantapájaros, y se admiraba por la forma que le había dado. Los molestos gorriones y otros pájaros del monte seguramente no se irían a acercar a las plantas –pensó- mientras se aproximaba al lugar en donde debían desarrollarse las plantaciones.  Cuando se dirigió al muñeco con sombrero de paja deshilachado y saco príncipe de Gales, al mirarle la cara, no pudo salir del estupor. La cara de calabaza estaba desfigurada. 

2 comentarios:

Monica dijo...

Me atrapò !!

Osvaldo Drozd dijo...

Gracias Monica. Un abrazo