Cuando Etelvina comenzó a vender esos jabones, en principio creyó fervientemente en las cualidades extremadamente ventajosas del producto. Si se utilizaba regularmente esa marca en poco tiempo, desparecían las arrugas de la cara o en su defecto se atenuaban considerablemente, considerando obviamente la edad. No se puede pretender a los 80 años no tener ninguna arruga.
Etelvina tuvo que
hacer un curso previo de unos dos meses en el que a los futuros vendedores les
explicaban minuciosamente las atribuciones de este súper jabón casi mágico. Se
sentía ella, casi una agradecida por haber sido elegida para vender un producto
de calidad extrema. No cualquiera puede lograrlo, pensaba. Tendría que soportar
envidias.
Habiendo pasado un
par de años, Etelvina se fue dando cuenta de que ese producto no era tan
maravilloso como se lo pintaba, que no era muy distinto de las otras marcas
consideradas como buenas. Por lo demás, su trabajo no le daba los beneficios
que ella supuso en un inicio. No pudo aún cambiar de auto por decir algo. Cada
vez que ofrecía su producto, ya no tenía el entusiasmo de antes y casi siempre
al hacerlo recordaba algo sucedido hace ya unos quince años.
Al regresar a su
casa del colegio secundario, Etelvina se percató de una discusión entre los
vecinos de la casa de al lado. El hombre y la mujer se habían separado tras
unos treinta años de convivencia. Posteriormente, ella se enteró de que el
hombre se había ido a otra casa, pero le reclamaba algunas cosas a su ex mujer,
por ejemplo, algunos muebles o electrodomésticos. La mujer le ofrecía algunas
cosas que ella no tendría en cuenta y negociaban.
Lo asombroso fue
cuando ella le ofreció llevarse a Piñón, el viejo perro de razas cruzadas para
no decir común que ambos criaron por casi una década. El no quiso saber nada.
No podría hacerse cargo. Ella le insistía. Tal vez alguno de sus hijos lo
quisiera, pero dudaban. A quién le meterían el perro, debatían.
Hoy existe una
cruzada bastante grande de personas ocupadas en animales, fundamentalmente
perros y gatos extraviados, para que vuelvan con sus dueños o conseguirles
nuevos. Es una preocupación muy saludable y que ayuda a sensibilizar. Tal vez a
mucha de esa gente el relato anterior los pueda indignar, pero eso sucede y no
hay que obviarlo.
De algún lugar
debe de haber salido eso de “Meter el perro”.
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