Los internos del hospicio se colocaron en una fila. Se miraron entre ellos, levantaron las manos y juntaron las piernas. Tras varios minutos de hacer lo mismo, los dos ubicados en los extremos tomaron de la mano a quienes estaban a su lado y les pidieron lo mismo con sus vecinos; así hasta convertir la fila primero en una curva y luego en una circunferencia, rodeando una pequeña fuente de la que brotaba agua bastante fría. Eso es lo que constataron los que se mojaron al acercarse. El círculo humano comenzó a girar en el mismo sentido que las agujas del reloj, cuando desde la puerta de uno de los pabellones se escuchó una voz ronca e imprecisa que produjo el fin de los movimientos.
La tarde había caído. Todo ahí se detenía. Era el cese de las actividades diarias, salvo el ritual de la cena que sería servida en poco menos de media hora. Sopa de fideos cabello de ángel con lentejas partidas y un hueso de caracú. Segundo plato: un bife de hígado a la sartén y una botella de agua de la canilla para hacer la digestión. Cómo se extrañaba el vino que, con tanta medicación siquiátrica, hubiera provocado un serio revoltijo estomacal.
Las luces se habían apagado y sólo quedaban penumbras. Los enfermeros sentados en la guardia parpadeaban, mostrando un sueño prominente. Los internos ya dormían mientras por los pasillos la sombra de un ser vivo caminaba sobre dos patas en forma amenazante. Sus brazos se estiraban como intentando alcanzar las paredes aunque el motivo de ese movimiento no fuera otra cosa que sostener el equilibrio.
La noche estaba iluminada por una inmensa luna llena. Desde el oquedal cercano el sonido que el viento provocaba con los árboles se infiltraba junto a la luminosidad por las hendijas de las ventanas cerradas. Natalio debería ser el único habitante del hospicio que se mantenía en vigilia. Todas las noches simulaba tomar la medicación pero se deshacía de ella. Desde hacía más de año y medio que se había acostumbrado a evadir las benzodiacepinas y hasta cerca del amanecer mantenía el insomnio. Caminaba siempre por los pasillos oscuros casi de memoria, bajaba las escaleras y se dirigía al patio. Allí se sentaba en algún banco azulejado y miraba las estrellas. Natalio estaba empecinado en descifrar su pasado, el que lo había recluido en ese lugar.
Esa noche, cuando se acercó a la puerta de la sala, escuchó un grito. Había sido uno de los internos que habiendo despertado seguía gimiendo. Natalio se aproximó hasta el sobresaltado, quien se asustó al principio, pero cuando lo descubrió se tranquilizó. Gualberto se levantó y los dos bajaron las escaleras en dirección al patio. En el camino le comentó a Natalio que alguien lo había intentado estrangular. Que le había puesto las manos en el cuello pero que al sentir el grito lo soltó y escapó. Quien oía la historia creyó que el relato debía haber sido una terrible pesadilla. Por esa razón intentaba calmarlo. Le pidió que no baje y dándole algunas de esas pastillas que él evadía, lo acompañó hasta el baño para que las tome con el agua de una canilla. Luego lo llevó hasta la cama y lo ayudó a acostarse. Tampoco quería compañía en sus derivas nocturnas. Cuando Gualberto se durmió, Natalio prefirió inspeccionar el lugar antes de bajar al patio. Se dio unas vueltas por la cuadra y revisó los pasillos. No encontró absolutamente nada diferente a lo que ya conocía. A poco rato, antes del amanecer, se sentó a elucubrar en la penumbra del jardín, antes de ir a dormir.
Si bien Natalio dormía muy pocas horas al día, esa vez se despertó por el incesante murmullo de la cuadra que en algunos casos se transformaba en griterío. Los enfermeros y la policía rodeaban al cadáver de Gualberto ante la vista atónita y asombrada de los internos.
El hecho no cambió la rutina del insomnio, le agregó un tema más para ser incorporado al menú del pensamiento. También la tarea de revisar la cuadra y los pasillos antes de bajar al lugar privilegiado para pensar. A pesar de ello, las siguientes noches trajeron nuevas víctimas. Todas las mañanas encontraban un nuevo muerto. Natalio no podía entenderlo, ya que mientras él se mantenía insomne, en el lugar no ocurría nada. Los sucesos fueron desviándole el nudo de sus pensamientos, alejándolo del desciframiento de sus enigmas. Eso fue quitándole lucidez y también ganas de pensar. Habían transcurrido sólo dos horas desde que había bajado al jardín y volvió a la cuadra. Antes, pasó por el baño, puso la mano bajo el chorro de la canilla, y se tomó una pastilla para dormir. Se acostó inquieto hasta que empezó a sentir que el medicamente le comenzaba a hacer efecto. Ahí fue cuando vio que alguien se acercaba a su cama. Una figura que nunca había visto. Por la mañana encontraron el cuerpo inmóvil de Natalio con señales de haber sido estrangulado.
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