28.5.12

Una escena que aún no cierra


Aquella noche, todo estaba muy tranquilo en el hogar. El calor de la estufa, el suave sonido de la música sonando por los parlantes ubicados contra la mampara, y el deleite que otorga una buena obra literaria, cuando de golpe, Osiris que dormía profundamente se despertó furioso. Cuando lo vi de esa forma me sorprendió bastante, porque no era su costumbre, ni tampoco lo era emitir esos maullidos altisonantes. Atacado por cierta hiperquinesia, comenzó a dar vueltas por el cuarto, como si buscara algo bien preciso, o hubiese detectado alguna amenaza posible. Enseguida pensé que podía haberse percatado de la existencia de roedores en el techado, y fue entonces cuando le abrí la puerta para que saliera, pero no lo hizo, desmintiendo de esa forma mi suposición.  

El gato seguía inquieto, y pensé en darle algo de comer, en una de esas: era hambre. El hígado guardado en la heladera, le iba a alcanzar, pero cuando abrí la puerta que da al pasillo para ir hacia la cocina, Osiris salió disparado hacia la pieza, donde Marianela dormía, y dirigiéndose hacía ella intentó atacarla ferozmente. Mis gritos detrás de su empecinada carrera lo detuvieron un poco, y Marianela se despertó alcanzando a tomar un zapato con el cual pudo defenderse, a pesar de recibir algunos rasguños. Ante mi requisitoria Osiris volvió sobre sus pasos, y se retiró mansamente hacia el lugar donde hacía unos minutos dormía placidamente. Marianela muy asustada me abrazó fuertemente, poniéndose a llorar. Desde que el felino habitaba en nuestro hogar hacía casi dos años, nunca había tenido una reacción similar, todo lo contrario, siempre fue extremadamente mimoso y compañero de los dos, y creo que por igual para ambos. A ella, le acerqué un desinfectante para que se pasase sobre la piel cortajeada por los rasguños, y me dirigí hacia donde Osiris había retornado. Cuando me vio llegar comenzó a pasarme insistentemente su lomo sobre mis piernas, como si fuese un acto de arrepentimiento, y la sensación que me dio era que seguía siendo el mismo gato, el que yo conocía desde su llegada a la casa.
Al otro día tuve que levantarme muy temprano para ir hasta la ciudad a realizar varios trámites, y mientras transitaba las calles aún me perduraban en los pensamientos las escenas de la noche anterior. Al regresar a casa, entré por la puerta del fondo y vi a Osiris tirado en el suelo, ensangrentado y agonizante. Entonces llamé a Marianela, y ella no me respondió, alce la voz, corrí hasta la pieza y no la encontré. Hoy hace ya un año desde el momento en que no la vi nunca más.

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