Berisso (2005)
La muerte de Don Romualdo, habiendo pasado ya tres años, yo
no diría que me haya sorprendido tanto, sino que más bien, me hizo pensar
bastante en las cuestiones del azar y la necesidad, la causalidad y la casualidad,
y por qué no también en el destino, ese que los griegos describieran tan
poéticamente en la tragedia. Si bien a este vecino yo no lo conocía demasiado,
los hechos acaecidos aquella noche de verano, hicieron que su desaparición
fuera uno de los temas predilectos de mis pensamientos, por varios días.
Después de la cena, Romualdo calentó la pava y llenó el
termo con agua caliente, tomó una silla y se dirigió a la puerta a tomar mate,
hasta que le llegara ese sueño tan esquivo en las noches de un verano caluroso,
húmedo, y plagado de mosquitos. Mientras la brisa lo sofocaba de a ratos, por
la radio portátil escuchaba un programa de tango al que seguía asiduamente. Mientras
oía la voz de Edmundo Rivero, pensaba cómo continuar al día siguiente con su
labor de herrería. Una banda local de rock le había encargado la construcción
de los soportes de un escenario, que estrenarían en un recital solidario, en
beneficio de varios comedores comunitarios. También danzaba en su cabeza, el
problema que le generaba el hecho de que su hijo mayor haya perdido su trabajo
no hacía muchos días, y más, teniendo en cuenta que había niños pequeños de por
medio, algunos de sus queridos nietos.
Las cosas en las que el viejo herrero pensaba, no eran muy
distintas de las que piensa cualquier buen vecino, y así tomando largos sorbos
de mate amargo, y tarareando el dos por cuatro, que en algún instante le hizo
recordar aquel baile de carnaval, donde conociera a la madre de sus hijos, y ahora
también abuela de sus nietos; iba apagando lentamente sus ansiedades. Ella,
mientras tanto estaría viendo por televisión, la telenovela de todas las
noches, mientras que por la vereda pasaban gran cantidad de adolescentes camino
al parque, y otros en bicicleta encontraban en la suave brisa un reparo al
intenso calor. De esa forma agotaban sus vacaciones de la secundaria.
De repente, Don Romualdo vio que un automóvil se acercaba a
gran velocidad. En un momento percibió que los faroles delanteros lo
iluminaron, y fue ahí donde se detuvo para siempre su entendimiento. Al chofer
de aquel taxi, le falló irremediablemente la dirección, y se subió a la vereda
estrellándose contra el tapial donde estaba sentado el viejo herrero que
falleció inmediatamente sin ninguna oportunidad de huir a este cruento destino.
Este hecho es el que me hizo pensar bastante, como lo decía más arriba, en
algunas cuestiones que no llamaría filosóficas, sino que más bien hacen a las
extrañas contingencias.
De todo esto, ya casi ni me acordaba, hasta que ayer,
regresando a casa, pasé por aquella vereda y me detuve a mirar el tapial donde
el automóvil hiciera impacto, ya que aún quedaban algunos rastros visibles de ello.
Eso sí, no dejaba de preguntarme por qué aquella suerte tan maléfica y azarosa,
le tocó de tal forma a Don Romualdo. Fue ahí cuando vi que un coche se acercaba
a gran velocidad, y no sé por que causa me pareció verlo con otros ojos, quizás
los del difunto viejo herrero. Lo único que atiné a hacer, fue correrme unos
metros del sitio, en un acto casi reflejo. Para mi sorpresa, el móvil se
estrelló en el mismo sitio, en el cual otro, se había estrellado hacía tres
años. La diferencia es que a esto lo puedo estar contando, a pesar del espanto
que aún me embarga.

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