17.12.12

Inaudito destino


Berisso (2005)

La muerte de Don Romualdo, habiendo pasado ya tres años, yo no diría que me haya sorprendido tanto, sino que más bien, me hizo pensar bastante en las cuestiones del azar y la necesidad, la causalidad y la casualidad, y por qué no también en el destino, ese que los griegos describieran tan poéticamente en la tragedia. Si bien a este vecino yo no lo conocía demasiado, los hechos acaecidos aquella noche de verano, hicieron que su desaparición fuera uno de los temas predilectos de mis pensamientos, por varios días.

Después de la cena, Romualdo calentó la pava y llenó el termo con agua caliente, tomó una silla y se dirigió a la puerta a tomar mate, hasta que le llegara ese sueño tan esquivo en las noches de un verano caluroso, húmedo, y plagado de mosquitos. Mientras la brisa lo sofocaba de a ratos, por la radio portátil escuchaba un programa de tango al que seguía asiduamente. Mientras oía la voz de Edmundo Rivero, pensaba cómo continuar al día siguiente con su labor de herrería. Una banda local de rock le había encargado la construcción de los soportes de un escenario, que estrenarían en un recital solidario, en beneficio de varios comedores comunitarios. También danzaba en su cabeza, el problema que le generaba el hecho de que su hijo mayor haya perdido su trabajo no hacía muchos días, y más, teniendo en cuenta que había niños pequeños de por medio, algunos de sus queridos nietos.

Las cosas en las que el viejo herrero pensaba, no eran muy distintas de las que piensa cualquier buen vecino, y así tomando largos sorbos de mate amargo, y tarareando el dos por cuatro, que en algún instante le hizo recordar aquel baile de carnaval, donde conociera a la madre de sus hijos, y ahora también abuela de sus nietos; iba apagando lentamente sus ansiedades. Ella, mientras tanto estaría viendo por televisión, la telenovela de todas las noches, mientras que por la vereda pasaban gran cantidad de adolescentes camino al parque, y otros en bicicleta encontraban en la suave brisa un reparo al intenso calor. De esa forma agotaban sus vacaciones de la secundaria.

De repente, Don Romualdo vio que un automóvil se acercaba a gran velocidad. En un momento percibió que los faroles delanteros lo iluminaron, y fue ahí donde se detuvo para siempre su entendimiento. Al chofer de aquel taxi, le falló irremediablemente la dirección, y se subió a la vereda estrellándose contra el tapial donde estaba sentado el viejo herrero que falleció inmediatamente sin ninguna oportunidad de huir a este cruento destino. Este hecho es el que me hizo pensar bastante, como lo decía más arriba, en algunas cuestiones que no llamaría filosóficas, sino que más bien hacen a las extrañas contingencias.

De todo esto, ya casi ni me acordaba, hasta que ayer, regresando a casa, pasé por aquella vereda y me detuve a mirar el tapial donde el automóvil hiciera impacto, ya que aún quedaban algunos rastros visibles de ello. Eso sí, no dejaba de preguntarme por qué aquella suerte tan maléfica y azarosa, le tocó de tal forma a Don Romualdo. Fue ahí cuando vi que un coche se acercaba a gran velocidad, y no sé por que causa me pareció verlo con otros ojos, quizás los del difunto viejo herrero. Lo único que atiné a hacer, fue correrme unos metros del sitio, en un acto casi reflejo. Para mi sorpresa, el móvil se estrelló en el mismo sitio, en el cual otro, se había estrellado hacía tres años. La diferencia es que a esto lo puedo estar contando, a pesar del espanto que aún me embarga.

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