12.1.13

En el desierto urbano


Al salir de su casa, notó que la puerta estaba en falsa escuadra, pero no reparó demasiado en ello. Más le preocupaba no conocer las noticias de la mañana, ya que el diario no había llegado y el corte de luz no le permitió encender la TV.

Habiendo tomado el bolso con la ropa de trabajo, salió en dirección de la fábrica sin siquiera desayunar, ya que a la cafetera y la tostadora tampoco podía utilizarlas. Su teléfono celular no tenía señal.

Caminó las cuatro cuadras que separaban su casa de la estación ferroviaria, mientras el sol comenzaba a despuntar por encima de los techados del barrio. En el trayecto no vio a nadie, ni siquiera a esos perros que siempre ladraban en aquella esquina baldía, o rompiendo las bolsas de basura que los vecinos dejan en los cestos o colgadas de algún árbol.

En el trayecto vio columnas caídas, objetos destruidos depositados sobre la calle, y entonces supuso que el temporal debió haber sido bastante considerable.

La estación estaba desierta, no había nadie de toda esa gente con la cual todas las mañanas se cruzaba. Las vías desde el andén le causaron un determinado asombro, pero no supo explicarse por qué. No sabiendo la hora precisa le pareció que el tren estaría por llegar, y se ubico entonces fijando la vista, hacia el lugar por donde éste debía venir.

Mientras el sol, se hacía más presente en el firmamento, la soledad parecía cada vez mayor, y entonces vio como se acercaba a unos trescientos metros la locomotora. Levantó el bolso del piso y se lo colgó en el hombro, pero cuando creyó que el tren ya había llegado a la estación, sus ojos no podían creer lo que veían. El último vagón ya estaba a trescientos metros en la dirección contraria de donde lo había visto venir.

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