9.1.13

Muchacha abstracta


Cuando Ariadna abrió sus ojos, tras despertar de un extremadamente denso y plúmbeo sueño, el entorno que la rodeaba no le resultó obvio.

Totalmente prisionera de una inexpugnable extrañeza, que parecía ubicarla por fuera de los dominios de su percepción, ella se puso de pie, apoyando suavemente sus plantas sobre el tibio piso de parqué. Entonces caminó hacia la ventana, y apoyando sus manos sobre el alféizar, se le impuso un paisaje que nunca antes había visto.

En la lejanía una imponente bandada de aves, sobrevolaba sobre lo que parecía una vieja e inmensa construcción derruida, ubicada sobre una lomada situada más allá de una leve depresión del terreno. En ésta última, sólo podían verse arbustos de poca altura, de un color donde el amarillento predominaba sobre el verde. Desde lo alto de la ventana, ella no alcanzaba a divisar ningún sendero transitable, ni ningún indicio de otras presencias.

Cuando percibió un reflejo de luz que emanaba de un enorme espejo, ubicado por encima de un chiffonier de cedro, se acercó a él parándose a un metro de distancia, y comenzó a mirarse detenidamente. Hizo repetidos gestos y muecas, intercalados con instantes de inmovilidad. También recorrió con sus dedos la fisonomía de su rostro como quien intenta captar las formas, para luego reproducirlas en un dibujo. En el preciso instante en el que por detrás de su imagen especular, la sorprendió una sombra, vio sobre el cristal como su silueta comenzó a desintegrarse lentamente.

No hay comentarios.: