Cuando Ariadna abrió sus
ojos, tras despertar de un extremadamente denso y plúmbeo sueño, el entorno que
la rodeaba no le resultó obvio.
Totalmente prisionera de una
inexpugnable extrañeza, que parecía ubicarla por fuera de los dominios de su
percepción, ella se puso de pie, apoyando suavemente sus plantas sobre el tibio
piso de parqué. Entonces caminó hacia la ventana, y apoyando sus manos sobre el
alféizar, se le impuso un paisaje que nunca antes había visto.
En la lejanía una imponente
bandada de aves, sobrevolaba sobre lo que parecía una vieja e inmensa
construcción derruida, ubicada sobre una lomada situada más allá de una leve
depresión del terreno. En ésta última, sólo podían verse arbustos de poca
altura, de un color donde el amarillento predominaba sobre el verde. Desde lo
alto de la ventana, ella no alcanzaba a divisar ningún sendero transitable, ni ningún
indicio de otras presencias.
Cuando percibió un reflejo de
luz que emanaba de un enorme espejo, ubicado por encima de un chiffonier de
cedro, se acercó a él parándose a un metro de distancia, y comenzó a mirarse
detenidamente. Hizo repetidos gestos y muecas, intercalados con instantes de
inmovilidad. También recorrió con sus dedos la fisonomía de su rostro como
quien intenta captar las formas, para luego reproducirlas en un dibujo. En el
preciso instante en el que por detrás de su imagen especular, la sorprendió una
sombra, vio sobre el cristal como su silueta comenzó a desintegrarse
lentamente.

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