Al llegar a la cabaña, y ver
los invitados al almuerzo, Udolfo no dudó que ésta era la excusa para hablar y
extraer conclusiones acerca de lo que había sucedido el día anterior, cuando
todos ellos habían realizado una excursión por las altas cumbres del macizo
nevado. Además de Fiorella la anfitriona, estaban Regina y Sigfrido, un joven
matrimonio de artistas plásticos.
-Cuando vi que el glaciar se
descongelaba tan rápidamente, pensé que el agua nos iba a arrasar- soltó
Sigfrido. –Sí, me asusté mucho- dijo Fiorella- pero menos mal que fue solamente
una parte del glaciar, y el agua se fue por esa hendidura en la montaña.
-Asombroso fue ver salir del
hielo a ese gigantesco pájaro- expresó Regina haciendo gestos con sus brazos,
imitando el vuelo ascendente.
-Es que justamente no se
trataba de un pájaro- afirmó Udolfo tras beber un sorbo de vino. –Eso que vimos
era un pterodáctilo, una especie de reptil volador desaparecida hace más de 100
millones de años.
La aseveración última
produjo un cierto silencio, que fue aprovechado por los comensales, para
degustar la carne asada que había preparado la anfitriona.
Fiorella interrumpió la
pausa señalando, que el reptil alado se había perdido más allá del macizo, en
el valle al que ellos no lograron llegar, -Si no hubiésemos pegado la vuelta,
nos hubiera atrapado la noche.- aseguró.
El almuerzo prosiguió entre
conjeturas y elucubraciones, lo que hizo que la sobremesa fuera demasiado
extensa.
-¿Podrá sobrevivir el
pterodáctilo en ese valle?- se preguntó Sigfrido, meneando la cabeza. –Tal vez
sí- señaló Udolfo. –No sabemos las características de ese lugar. El problema es
que si ese reptil estuvo congelado millones de años, las condiciones de
hábitat, hoy tendrían que ser muy diferentes.
-Voy a preparar café- dijo
Fiorella- pero me gustaría que tomemos una decisión. -¿Cuál?... ¿Sobre qué?-
preguntó Regina con tono ansioso.
-Quisiera que nos pongamos
de acuerdo y vayamos a ese valle, pero con el tiempo necesario, e incluso
preparados para soportar la noche- sugirió la anfitriona con mucha certeza, y
se retiró a preparar el café prometido, mientras Regina, Sigfrido y Udolfo se
miraron en silencio.
Fiorella los convenció a
todos de algo de lo cual ya parecían convencidos, y tras hacer una lista de los
elementos que tendrían que llevar, se dieron cita para la próxima madrugada.
Viajarían al valle, en la camioneta carrozada de Udolfo, quien esa misma noche
se puso a buscar información sobre el sitio al cual irían.
Ni bien despuntaba la mañana
ellos ya estaban en viaje hacia la retaguardia del macizo nevado. De a poco el
camino se iba convirtiendo en cada vez menos transitable, y al rodado le
costaba mucho proseguir, a pesar de los neumáticos térmicos SUV con los que
contaba. Tras varias horas de ir por el improvisado camino de montaña, el
horizonte que se les impuso a todos fue similar al de un abismo. Como si
hubiesen llegado al fin de la geografía conocida, frenando el móvil, Udolfo
exclamó: -Yo diría que bajemos y veamos si es posible seguir en la camioneta.
Tal vez tengamos que hacerlo a pie.
Los cuatro descendieron y
caminaron por entre medio de un pequeño desfiladero, hasta ver que por detrás
de un borde del macizo, se imponía una muy profunda depresión. Un valle del
cual no se podía apreciar con certeza su parte más baja, ya que entre la visión
se interponía una brumosa niebla, dando la sensación de que la luz solar, no
llegaba completamente hasta lo más profundo del sitio.
-Deberíamos bajar dejando
acá la camioneta- expresó Fiorella, con cierto tono de resignación. –De otra
forma creo… sería imposible proseguir- le respondió Sigfrido, mientras que
menos concentrada en la conversación Regina observaba casi perpleja el lugar
hacia donde todos ellos se dirigirían.
-Tenemos que seleccionar los
elementos que vamos a llevar, ya que con todo nos vamos a poder- señaló Udolfo,
mientras Regina volviendo la atención hacia el grupo, exclamó: -Nunca antes
hubiera imaginado un lugar así. Parece de ficción…
Los cuatro comenzaron a
descender hacia ese extraño valle, por senderos que presentaban una curiosa
flora, consistente en altos arbustos, y enredaderas que se subían a las paredes
rocosas, entrecruzándose con la maleza. Ellos daban la sensación de haberse
convertido en autistas, ya que dejaron de hablar entre si. La fascinación que
les producía lo que estaban viendo, era la causa principal de ese silencio, y
solamente de a ratos se miraban entre ellos, como para constatar que seguían
estando juntos en la travesía. El valle era mucho más profundo de lo que habían
supuesto, fue la sensación que les produjo atravesar la brumosa niebla que se
interponía entre el punto de partida, y lo más bajo de la depresión. La
luminosidad a pesar de ser intensa por momentos parecía cambiar los colores
habituales, y tras acercarse ellos a un punto de su descenso, pudieron
constatar que más allá del valle y sus laderas, se extendía una extensa
pradera, imposible de divisar desde el lugar donde había comenzado a bajar,
dejando la camioneta.
Todavía faltaban algunas
horas para llegar, a lo más bajo del sitio, pero el atardecer se les impuso, y
la noche ya era inminente. Buscaron un reparo en la ladera y tras preparar algo
para comer, también se prepararon para dormir. Al día siguiente continuarían.
Sigue
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