19.4.13

Una melodía persistente


Saliendo intempestivamente del teatro en llamas, Sixto el violinista caminó por la calle destruida. Las voces que inundaron sus oídos fueron innumerables. La superposición de murmullos y gritos, no le dejaron apreciar ningún mensaje singular. Tampoco quiso hacerlo.

Al llegar a la lomada miró hacia atrás, pudiendo comprobar con inapelable certeza, que él era el único sobreviviente de la catástrofe. Su instrumento había quedado bajo las ruinas, mientras una aguda melodía le silbaba persistente en sus aturdidas neuronas.

El cataclismo se había desatado mucho más rápido que la velocidad del sonido, aunque Sixto cuando quiso gritar: descubrió su mudez.

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