Saliendo intempestivamente
del teatro en llamas, Sixto el violinista caminó por la calle destruida. Las
voces que inundaron sus oídos fueron innumerables. La superposición de murmullos
y gritos, no le dejaron apreciar ningún mensaje singular. Tampoco quiso hacerlo.
Al llegar a la lomada miró
hacia atrás, pudiendo comprobar con inapelable certeza, que él era el único
sobreviviente de la catástrofe. Su instrumento había quedado bajo las ruinas,
mientras una aguda melodía le silbaba persistente en sus aturdidas neuronas.
El cataclismo se había
desatado mucho más rápido que la velocidad del sonido, aunque Sixto cuando
quiso gritar: descubrió su mudez.

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