La barriada de Villa Clara
comenzó a ser asolada por cantidades industriales de ratas. La presencia de
grandes basurales y las dificultades infraestructurales del barrio, sumada la
pobreza generalizada, hicieron que la invasión de roedores se vuelva
incontrolable. El temor a alguna epidemia se puso al orden del día, y esto hizo
que los vecinos se agruparan para intentar erradicar este mal.
Dicen que cuando una rata se
intoxica, orina sobre el recipiente en el que comió, para dar alerta a sus
pares, y es por esta razón que luego el veneno deja de tener eficacia, ya que
ninguna más come de aquel. Es así, como se lo debe ir cambiando con frecuencia para
que funcione el cebo. Pero como la cantidad invasora era inmensa, el canje no
daba abasto. El agua del arroyo que circundaba la villa se encontraba
totalmente contaminada y el olor nauseabundo se había vuelto parte de la
cotidianeidad.
A pesar de que los vecinos
se juntaran en son de protesta, y les hicieran una nota para la TV local, las autoridades
municipales mostraban una severa distracción al respecto. Nunca se había visto
de modo tan transparente, por parte de ellas, el gran desinterés por los
problemas sociales. Ya no les importaba siquiera, que los niños contrajeran
alguna enfermedad a causa de la invasión.
En una de las asambleas de
vecinos, el Cholo dijo:
-Si al menos apareciera
alguien como el flautista de Hamelin, seguramente se llevaría muy lejos a las
ratas.
Todos quedaron sorprendidos
por esa afirmación, casi como deslumbrados. Uno de ellos, el Papo, exclamó:
-En el otro barrio, tengo un
amigo que forma parte de una banda de sikuris. Si les parece, les comento
nuestro problema y que vean si nos pueden dar una mano. En una de esas resulta.
Otra no nos queda...
Los vecinos le pidieron al
Papo que se ponga en contacto con su amigo. Fue así que luego de tres días
apareció en el barrio el grupo musical. Todos con ropas de coya, con sikus,
quenas y otros instrumentos del altiplano. Uno de ellos exclamó:
-No garantizamos que la
melodía las atraiga y las lleve tras de ella, pero lo vamos a intentar...
Comenzaron a ejecutarse los
vientos y ante los sonidos de un huayno, los roedores comenzaron a reunirse a
la vera del arroyo. No fueron detrás de los sikuris sino que la música las
llevó a ese lugar. Cuando se produjo la concentración, eran millones, mientras
sonaba un salaque desde la tarca. Las ratas comenzaron a andar y uno de los
sikuris, pidió a los vecinos que todos juntos marchen tras de ellas, que por lo
demás, parecían un ejercito que marchaba al combate.
Los roedores avanzaron sobre
el casco urbano y esto hizo que la retaguardia comenzara a preocuparse, ya que
tampoco querían que la peste incomode a los otros vecinos que habitaban esa
zona. Los coloridos ponchos de la banda se agitaban al ritmo de un intenso
carnavalito que no cesaba de tener un efecto inaudito. Las ratas siguieron
encolumnadas hasta toparse con el palacio municipal. Los vecinos de Villa
Clara, los sikuris y el resto de gente, que en ese camino se fueron agregando a
la marcha, se quedaron estrepitosamente mudos cuando vieron que los roedores
cercaron al intendente y a gran cantidad de funcionarios y se los devoraron sin
dejar ningún rastro de ellos. Todas las ratas comieron eso y al poco rato
perecieron infaliblemente. El veneno fue extremadamente mortal.

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