Hacía ya varios días que se despertaba por la madrugada. Siempre
algunas horas antes de que salga el sol. Cuando miraba el reloj y el resultado
no lo convencía para dejar la cama y levantarse, se quedaba pensando en la
oscuridad, esperando que le llegue otra vez el sueño.
Alguna vez cuando prendió
la luz vio una sombra que se escabullía entre medio de los muebles, y fue justo
ahí que llegó a suponer que tal vez ese mismo movimiento -o parte de él-, haya
sido la causa de ese ruido inusual que siempre lo despertaba. Al menos eso él pensaba,
sin prever que podían ser otras cosas también las que lo hicieran. El ruido
hasta ahí había sido tal vez lo más perceptible. Una noche cuando prendió la
luz, vio que una rata corría muy cerca de su cama en dirección hacia la pared
que daba al fondo de la casa. Se levantó y tomando un zapato, intentó pegarle.
No pudo, el roedor huyó rápidamente perdiéndose entre los muebles. Desde ese
momento quedó algo espantado. No sabía cómo resolver esa situación. Por las
noches pudo saber con certeza, que la rata era la causante de sus despertares.
Y eso lo impacientaba cada vez más.
Recordó entonces que la gata de su amiga, podría ser una
buena solución. Florinda siempre había sido muy mimosa con él, y decidió pedirla
prestada por una noche. Con ella durmiendo en su cama, nadie más podría
despertarlo.
Esa noche se fue a dormir más tranquilo. Llamó a Florinda para
que se suba al lecho, y ella lo hizo con mucho agrado. Tal vez la compañía de
la gata era algo que también necesitara, ya que se durmió acariciándola.
Por la madrugada el ruido de siempre lo despertó. Prendió la
luz y la rata estaba arriba de su cama. También Florinda, durmiendo plácidamente
a su lado.

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