Esa tarde había
sido extremadamente calurosa, y el gran porcentaje de humedad la volvía mucho
menos tolerable. Fermín sabía que tenía que ir a correr al parque como todos
los días. No se podía dar el permiso de no hacerlo. De eso estaba convencido. Temía
que por no hacerlo alguna vez, podría llegar a perder el entusiasmo que lo
había llevado hace más de tres meses a preocuparse obsesivamente por su cuerpo
y su salud. Se vistió acorde a la situación y partió caminando hacia el lugar
previsto.
Mientras se dirigía
hacia aquel sitio, pensó que la gran cantidad de imponentes árboles, principalmente
eucaliptus, presentes en el parque, deberían amortiguar perfectamente esa
sensación de escasez de oxígeno, característica de días con un clima como el
descrito. Otra cosa que le daba vueltas en su pensamiento era una idea que se
le había ocurrido habiendo releído recientemente El Inmortal de Borges. En qué momento de una supuesta larga vida a
alguien como Joseph Cartaphilus se le ocurre que ya es inútil seguir
viviendo y que debe morir. El interrogante por ese punto temporal a lo largo de
una vida lo obsesionaba a Fermín.
El accidente
llegó habiendo transcurrido poco más de media hora de estar corriendo alrededor
de aquel imponente oquedal, y si no hubiera sido visto por esa pareja que
descansaban debajo de un árbol, la emergencia no hubiera podido llegar a tiempo
para salvar la vida de Fermín. Como que ese acontecimiento hubiera precipitado
en lo real, lo que en su pensamiento un poco antes del hecho, no había sido
desarrollado definitivamente. Cuando Fermín retornó a la razón, se dio cuenta
que podría haber muerto. De lo que no estaba completamente seguro es si aún le
quedaban tareas importantes por hacer en su vida.

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