23.1.15

Imprevisto en el oquedal

Esa tarde había sido extremadamente calurosa, y el gran porcentaje de humedad la volvía mucho menos tolerable. Fermín sabía que tenía que ir a correr al parque como todos los días. No se podía dar el permiso de no hacerlo. De eso estaba convencido. Temía que por no hacerlo alguna vez, podría llegar a perder el entusiasmo que lo había llevado hace más de tres meses a preocuparse obsesivamente por su cuerpo y su salud. Se vistió acorde a la situación y partió caminando hacia el lugar previsto.

Mientras se dirigía hacia aquel sitio, pensó que la gran cantidad de imponentes árboles, principalmente eucaliptus, presentes en el parque, deberían amortiguar perfectamente esa sensación de escasez de oxígeno, característica de días con un clima como el descrito. Otra cosa que le daba vueltas en su pensamiento era una idea que se le había ocurrido habiendo releído recientemente El Inmortal de Borges. En qué momento de una supuesta larga vida a alguien como Joseph Cartaphilus se le ocurre que ya es inútil seguir viviendo y que debe morir. El interrogante por ese punto temporal a lo largo de una vida lo obsesionaba a Fermín.

El accidente llegó habiendo transcurrido poco más de media hora de estar corriendo alrededor de aquel imponente oquedal, y si no hubiera sido visto por esa pareja que descansaban debajo de un árbol, la emergencia no hubiera podido llegar a tiempo para salvar la vida de Fermín. Como que ese acontecimiento hubiera precipitado en lo real, lo que en su pensamiento un poco antes del hecho, no había sido desarrollado definitivamente. Cuando Fermín retornó a la razón, se dio cuenta que podría haber muerto. De lo que no estaba completamente seguro es si aún le quedaban tareas importantes por hacer en su vida.

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