Zenón despertó
bruscamente de la siesta del domingo. Los ladridos del perro de su vecino ya
eran demasiado intensos. Se acercó entonces a la ventana de la cocina para
mirar hacia afuera, y la cantidad de moscas que se posaban sobre el vidrio
además de asco y molestia le despertaron cierta curiosidad. De dónde habían
salido, se preguntó. En el tacho de la basura, no había nada que justifique esa
presencia, tampoco encima de la mesada. Zenón tomó el aerosol de insecticida y
comenzó a rociar el sitio. Las moscas seguían revoloteando, algunas parecían
adormecerse, otras comenzaban a caer, aunque la cantidad del insecticida
esparcido ya era demasiado. Las moscas comenzaron a retirarse, algunas
murieron, otras huyeron hacia el patio. Zenón abrió la canilla y llenó la pava
de agua para preparase unos mates. Esa era la idea que tenía cuando despertó de
la siesta. Las moscas la postergaron.
Cuando se sentó a
la mesa para tomarse unos mates, su olfato seguía impregnado con el olor del
insecticida. Mientras pensaba en las tareas que tenía por delante en la
cooperativa que había armado junto a otros compañeros de trabajo que habían
sido despedidos de la fábrica, recordó cuando
su abuela hacía muchos años atrás, utilizaba el por ese entonces muy conocido
papel matamoscas. El lunes iba a ser movidito ya que debían terminar con el
encargo que les habían hecho desde una escuela. En la cooperativa hacían
diversos trabajos, entre ellos el de carpintería, aunque como la mayoría eran
ex obreros especializados, conocían unos cuantos oficios. Además se daban maña
para hacer trabajos por fuera de sus propias especialidades. En gente que tiene
la facultad del trabajo manual, eso resulta bastante común.
Zenón se sentó
frente a su computadora y escribió “papel matamoscas” en el buscador. Para su
sorpresa eso no era algo que sólo había quedado en su precaria memoria. Estaban
los que explicaban en determinados foros cómo se podían hacer esos caza moscas.
También se encontró con que en algunas ferreterías aún se vendía ese producto.
La mañana del lunes antes de ir al trabajo, Zenón tuvo que ir hasta el banco
para actualizar la cuenta de la cooperativa, y al salir viendo que enfrente
estaba esa vieja ferretería (la más conocida de la ciudad) decidió ir a
preguntar. Mientras esperaba ser atendido le llamó la atención que por arriba
del mostrador estaba colocada una publicidad sobre unas trampas para roedores.
Especificaba el anuncio que si las ratas pasan corriendo por ese cartón, quedan
pegadas y ya no pueden salir de ahí. El atractivo es el aroma a unas hormonas
que se mezclan con el pegamento. Zenón enseguida asoció esa trampa con el papel
matamoscas. Aromas dulces que atraen y dejan pegados a los insectos en el
papel. En las indicaciones de cómo hacerlos Zenón había leído el día anterior
que con un poco de miel las moscas se sentirían atraídas y quedarían inmóviles
en la trampa.
-Señor, sí ¿Qué
necesitaba?- le preguntó el empleado de la ferretería.
-Ah sí sí. Le
hago una pregunta. ¿Venden aquí papeles matamoscas?- Le respondió Zenón a quien no pasaba los 35
años de edad.
-Mmm no, nunca
tuvimos acá un producto de ese estilo…
-Me imaginaba que
eso fuera así, pero habiendo leído sobre el papel en internet, y luego viendo esa
publicidad de los caza ratones, pensé que en una de esas tal vez…
-Sabía que alguna
vez existieron esos papeles matamoscas, pero desde que trabajo acá la verdad
que nunca tuvimos esa clase de productos- le dijo el empleado.
Zenón que
indudablemente había intuido que no iba a encontrar lo que buscaba se retiró
del comercio. Caminando para el trabajo, pensaba el porqué de la desaparición de
un producto de ese estilo. Si era mucho más efectivo, económico, y también
menos molesto para los humanos. Después de tirar insecticida en aerosol hay que
salir del lugar, cuidar que no caiga en las plantas ni en los alimentos, y que
tampoco moleste a los animales. Además para el medio ambiente no es
contaminante. El insecticida y el aerosol son perjudiciales ambos, se decía así
mismo Zenón, y por poco se indignaba. Tal vez lo que más le molestaba era la
cantidad que había utilizado para sólo ahuyentar las moscas, y que el resultado
no dejaba de ser mínimo.
La cooperativa
estaba situada en una vieja y pequeña fábrica que había sido abandonada por sus
dueños, y que la media docena de trabajadores despedidos del astillero,
ocuparon para poner en marcha el emprendimiento, con el cual podían palear su
subsistencia. Ese día terminaron el encargo de la escuela, y ya pensaban en qué
otro trabajo conseguir para que la endeble cadena productiva no se corte. Al
menos iban a tener dinero para dos meses.
Por la noche
Zenón buscó en internet la mayor cantidad posible de datos sobre la confección
de papeles matamoscas, y con lo que le quedaba de tinta logró imprimir como 45
hojas, hasta que la sequía en los cartuchos de la impresora le dijera basta. Al
otro día llevó las impresiones encarpetadas a la fábrica, para mostrárselas a
sus compañeros. Convencido de que el próximo trabajo debía ser hacer papeles
matamoscas -aprovechando parte del dinero que cobrarían de la escuela- Zenón se
los planteó seriamente al resto. Cuando los demás escucharon los fundamentos, y
vieron cómo se hacía el papel matamoscas no tardaron en pronunciarse por la
afirmativa.
Tres días después
ya estaban fabricando el nuevo producto. Decidieron a su vez hacer pequeñas
publicidades del papel matamoscas en los medios locales, e incluso Zenón y otro
compañero se acercaron a una radio de frecuencia modulada para contar los
privilegios de utilizarlo en contraste con el insecticida en aerosol. Parecía
que iba a ser un verdadero éxito tanto la producción como la venta del papel, mucho más
porque en ese verano las moscas se habían vuelto bastante molestas.
Una mañana cuando
llegaron a la fábrica, ésta había sido incendiada. La policía científica dijo
que además de explosivos, en el siniestro habían utilizado tambores llenos de
brea y aerosoles vacíos.

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