La noche en la
isla Paulino, era extremadamente cálida. Típica noche de verano húmedo. Si se
miraba hacia el cielo a través de las ramas de los sauces era posible observar
un cielo bien estrellado en donde la Cruz del Sur se imponía al resto de las estrellas,
compitiendo en protagonismo con una pálida luna en cuarto creciente.
El grupo de los
cinco amigos, hacía una semana que estaban en ese lugar y aún no habían
encontrado ninguna pista acertada sobre lo que los había llevado hasta allí.
Durante la tarde
un viejo pescador se acercó a ellos en la playa y les ofreció un sábalo
bastante grande. No dudaron en comprárselo. Al atardecer montaron una parrilla,
prendieron fuego con ramas de álamo, y esperaron a que se hagan las brazas para
cocinar el sabroso pescado de río. Contaban con dos damajuanas de vino patero
para acompañar la cena. Vladimiro y Odín prepararon el condimento para adobar
la presa, y mientras entre todos conversaban sobre lo que harían el próximo
día, ellos dos se concentraban en darle gusto al pescado.
Esa noche de
martes era bastante tranquila a pesar de ser verano. Los fines de semana sí se tornaban
más intensos ya que mucha gente llegaba al lugar mediante las lanchas que
cruzaban por el canal portuario.
-Mañana tenemos
que ir de nuevo hasta la quinta de mi tío abuelo- les decía Cristóbal a sus
cuatro compañeros, mientras tomaba un sorbo del patero isleño. Ese lugar estaba
a unos seiscientos metros del muelle del canal, y a poco menos de 200 en
relación a la playa. Ellos ya habían ido hasta allí los primeros días de
estancia en la isla, pero debieron regresar hasta la zona cercana al muelle, para
aprovisionarse de alimentos.
Don Giovanni Grossi,
tío de Cristóbal había fallecido hacía apenas unos dos meses. Al viejo quintero
italiano lo encontraron muerto entre medio de las plantas de tomates. Lo más
extraño de todo es que al cadáver le faltaba una pierna, una oreja y el dedo
índice de su mano izquierda. Las hormigas rojas rondaban sus restos, y todo
indicaba que se habían comido las partes faltantes. Pero pensar que eso fuera
obra de las hormigas nada más era bastante improbable. Nunca antes, alguien
había visto algún hecho similar.
Giovanni por lo
que se sabe, tenía esa parcela de tierra en la isla pero también su casa en
Berisso. Cuando enviudó hacía ya unos diez años, les dejó la casa a sus hijos,
y se refugió en la isla. Antes se dirigía hasta allí pocas veces al mes, pero
el dolor por la pérdida de su mujer lo llevó ahí, para quedarse. La tranquilidad
del lugar y las posibilidades de desarrollar su potencial agropecuario, hicieron
que Grossi eligiera la isla. Además su quinta estaba ubicada en un lugar no
demasiado accesible a los visitantes de los fines de semana.
-De acuerdo- le
respondió Mario a Cristóbal con una voz que apuntaba no sólo a su destinatario,
sino también al resto de los que estaban juntos para cenar el sabroso sábalo a
la parrilla.
-Che pero qué
bueno que está esto- expresó Carlos. –Hacía muchos años que no comía un pescado
así- les dijo a sus amigos, tomándose un jarro lleno del patero de la isla.
Odín lo miraba con un rostro que expresaba cierta satisfacción, ya que él había
sido el principal mentor de aconsejar la compra del sábalo, además de ponerse
al frente de la tarea de cocinarlo y
confeccionar el condimento para agregarle a la cocción. Vladimiro era un
experto cocinero, pero la receta del sábalo no fue de su autoría.
Los cinco
degustaron del sabroso manjar ribereño y entre charlas y charlas se tomaron damajuana
y media del patero de la Paulino. El cielo seguía mostrándose bien estrellado.
Continúa
Continúa

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