30.12.15

Igor Zankoff

Igor Zankoff había venido desde Bulgaria, allá por la década del ’30. De raigambre campesina y religiosa nunca pudo comprender lo que estaba sucediendo en su país, y siempre le echó las culpas al comunismo y a Georgi Dimitrov. De niño su familia lo había formado en la religión ortodoxa, pero cuando con poco más de treinta años llegó a Berisso, se convirtió en un místico ecléctico. La vida en la isla para él era tranquila, hasta que su joven mujer falleciera antes de cumplir los nueve meses de embarazo. A partir de ese momento descuido bastante sus siembras, y se abandonó a la bebida. Cuidaba apenas las parras de uva, ya que de allí extraía la materia prima para confeccionar un ácido vino patero. Esa bebida se la canjeaba al ruso Ivan; por grapa, salamines y longanizas. Recogía algunos morrones de su quinta y esa era su dieta casi rutinaria. Ivan pasaba todas las semanas a llevarse algunas damajuanas, para venderlas en su almacén de la calle Nápoles. Llegaba desde Berisso en la lancha y además del vino de Igor, les compraba algunos otros productos a los quinteros, como miel y dulce de tomate. Si bien por ese tiempo algo había mejorado la situación, nunca se descartaba que pudiera cambiar para peor, y por eso Iván era muy cuidadoso de los gastos para aprovisionar su almacén.

Igor en cambio había perdido un poco la noción del tiempo. Últimamente estaba bastante obsesionado con la posibilidad de que algunos demonios anduviesen dando vueltas por su finca. Cualquier imprevisto mínimo, aunque sin importancia; o acción casual que de repente puede crear un dolor, como por ejemplo resbalarse en una baldosa mojada y golpearse la rodilla contra una pared; a eso Igor ya lo identificaba con seres invisibles que merodeaban el lugar. Ya medio ofuscado por esos hechos nimios, que para él eran de gran dimensión, desempolvó de la vieja biblioteca, un libro que llevaba el suntuoso título de Manual de la Alta Magia. En él descollaban varios escritos del mago árabe Abbud- Azahar que tenían como objetivo principal realizar ciertos artilugios que le permitían a un hombre dejar perdidamente enamorada a una mujer. Un beduino del desierto, siguiendo esas tretas logró encantar a una joven europea, que estaba de paseo turístico. A partir de decir algunas palabras mágicas, y utilizar anillos brillantes, el personaje en cuestión logró que la imagen que de él recibía la chica en sus ojos, resultara completamente transformada. Ella sola podía ver esa alucinación. Igor leyó más por curiosidad que otra cosa las recomendaciones del mago árabe, ya que lo que buscaba en el manual era otra cosa. Fue así  que se topó con los escritos del africano Abdal-Hakim que se centraban en cómo detectar y eliminar la presencia de demonios en ciertos lugares, animales o plantas. En uno de sus capítulos, el mago africano describía que en las palmeras jimaguas habitaban los demonios, se refugiaban dentro de la savia. Pero esto podía contrarrestarse una noche tormentosa. Si algún rayo cayera sobre la palmera, y la quemase, el demonio se encontraría derrotado. Estas jimaguas por su gran altura, funcionan casi como un pararrayos, pero al ser muchas, sólo una puede caerse devorada por el fuego, tal vez alguna vecina también. Lo que sí sucede es que en lugar del demonio, aparecen en ese lugar tres personas de mediana edad. Casi siempre son dos hombres y una mujer con gran atractivo. También pueden ser dos mujeres y un hombre, pero esto no es tan frecuente. El demonio derrotado se hace carne en tres personas entre las cuales habrá mucha tensión, hasta que no se incorporen a una comunidad mayor. En esta última esa tensión seguirá siendo la principal matriz, pero se verá mucho más atenuada. En ese punto se dio cuenta que los escritos de Abbud- Azahar eran complementarios.

En la isla aunque hubiera palmeras, no existían esas especies señaladas en los escritos mágicos. Igor de todas formas comenzó a acercarse a las diferentes palmas del territorio, para intentar encontrar alguna respuesta a sus dilemas.

A unos 300 metros de su casa, y sobre la parte que daba al canal, había varias esbeltas palmeras yatay. Caminó hasta allí por la senda de piedras, circundada por altos arbustos y al llegar a estar enfrente de las plantas requeridas, se sentó a unos siete u ocho metros de distancia, apoyando su espalda en el tallo de un sauce. Se armó un cigarrillo de tabaco suelto, y tirando bocanadas de humo, se detuvo a ver minuciosamente las palmeras. La leve brisa las movía, eran 5, pero en conjunto daban una imagen que podía ser interpretada sólo en el conjunto.

-¿Podrá haber en ellas algún demonio?- pensó- imaginando que nadaba en la savia. De los movimientos desprendía cómo podrían ser los humanos que podían emerger tras la caída de una de las palmas. Una vieja melodía búlgara le ronroneaba en su cabeza, los acordes del acordeón se le volvían intensos. Recordaba cuando sus hermanas adolescentes danzaban en el patio y el siendo niño, las miraba de a ratos, ya que la mayor cantidad del tiempo la empleaba para observar el vuelo de las aves que se dirigían hacia las montañas. En ambas escenas el fondo sonoro eran los fraseos del acordeón.

El paso de la lancha que se dirigía hacia el muelle de la isla, lo distrajo; y repentinamente recordó cuando llegaron con Mariya al lugar por primera vez.  Habían contratado los servicios de un viejo isleño italiano, que los fue a buscar en su embarcación hasta Berisso. En la pequeña dársena situada cerca del frigorífico, siendo todavía de noche Igor y su mujer ya lo esperaban con todo lo que tenían para llevar hasta la parcela de tierra, que unos días antes él había adquirido. Don Mario los ayudó con el cargamento, y emprendieron camino hacia el lugar. La turbina de la lancha además de ruido generaba pequeñas ondulaciones de agua, que eran resaltadas por la luz de una luna bastante luminosa.

De ese entonces ya habían pasado más de 15 años. Mariya había fallecido con apenas 24 años, a los cinco de haberse afincado en la isla. Una terrible fiebre la afectó cuando estaba en los 4 meses de embarazo, y no pudo sobrevivir. Igor siempre pensó al respecto que ésa era una maldición que lo perseguía desde niño.

En los movimientos de las palmeras, no sólo pudo ver la danza de sus hermanas, el vuelo de los pájaros y las ondulaciones del agua que producía la lancha. Eso no lo afectaba, más bien le traía vivencias agradables, pero cuando vio las convulsiones de Mariya antes de morir, le surtió un profundo escalofrío. Arrojó el cigarrillo y se paró de golpe, con mezcla de rabia y de angustia. Mirando a las yatay, no dudó de que allí se alojaba el demonio.


Continúa

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