Igor Zankoff había
venido desde Bulgaria, allá por la década del ’30. De raigambre campesina y
religiosa nunca pudo comprender lo que estaba sucediendo en su país, y siempre
le echó las culpas al comunismo y a Georgi Dimitrov. De niño su familia lo
había formado en la religión ortodoxa, pero cuando con poco más de treinta años
llegó a Berisso, se convirtió en un místico ecléctico. La vida en la isla para
él era tranquila, hasta que su joven mujer falleciera antes de cumplir los
nueve meses de embarazo. A partir de ese momento descuido bastante sus
siembras, y se abandonó a la bebida. Cuidaba apenas las parras de uva, ya que
de allí extraía la materia prima para confeccionar un ácido vino patero. Esa
bebida se la canjeaba al ruso Ivan; por grapa, salamines y longanizas. Recogía
algunos morrones de su quinta y esa era su dieta casi rutinaria. Ivan pasaba
todas las semanas a llevarse algunas damajuanas, para venderlas en su almacén
de la calle Nápoles. Llegaba desde Berisso en la lancha y además del vino de
Igor, les compraba algunos otros productos a los quinteros, como miel y dulce
de tomate. Si bien por ese tiempo algo había mejorado la situación, nunca se
descartaba que pudiera cambiar para peor, y por eso Iván era muy cuidadoso de
los gastos para aprovisionar su almacén.
Igor en cambio
había perdido un poco la noción del tiempo. Últimamente estaba bastante
obsesionado con la posibilidad de que algunos demonios anduviesen dando vueltas
por su finca. Cualquier imprevisto mínimo, aunque sin importancia; o acción
casual que de repente puede crear un dolor, como por ejemplo resbalarse en una
baldosa mojada y golpearse la rodilla contra una pared; a eso Igor ya lo
identificaba con seres invisibles que merodeaban el lugar. Ya medio ofuscado
por esos hechos nimios, que para él eran de gran dimensión, desempolvó de la
vieja biblioteca, un libro que llevaba el suntuoso título de Manual de la Alta
Magia. En él descollaban varios escritos del mago árabe Abbud- Azahar que
tenían como objetivo principal realizar ciertos artilugios que le permitían a
un hombre dejar perdidamente enamorada a una mujer. Un beduino del desierto,
siguiendo esas tretas logró encantar a una joven europea, que estaba de paseo
turístico. A partir de decir algunas palabras mágicas, y utilizar anillos brillantes,
el personaje en cuestión logró que la imagen que de él recibía la chica en sus
ojos, resultara completamente transformada. Ella sola podía ver esa
alucinación. Igor leyó más por curiosidad que otra cosa las recomendaciones del
mago árabe, ya que lo que buscaba en el manual era otra cosa. Fue así que se topó con los escritos del africano Abdal-Hakim que se centraban en cómo detectar y eliminar la presencia
de demonios en ciertos lugares, animales o plantas. En uno de sus capítulos, el
mago africano describía que en las palmeras jimaguas habitaban los demonios, se
refugiaban dentro de la savia. Pero esto podía contrarrestarse una noche
tormentosa. Si algún rayo cayera sobre la palmera, y la quemase, el demonio se
encontraría derrotado. Estas jimaguas por su gran altura, funcionan casi como
un pararrayos, pero al ser muchas, sólo una puede caerse devorada por el fuego,
tal vez alguna vecina también. Lo que sí sucede es que en lugar del demonio,
aparecen en ese lugar tres personas de mediana edad. Casi siempre son dos
hombres y una mujer con gran atractivo. También pueden ser dos mujeres y un
hombre, pero esto no es tan frecuente. El demonio derrotado se hace carne en
tres personas entre las cuales habrá mucha tensión, hasta que no se incorporen
a una comunidad mayor. En esta última esa tensión seguirá siendo la principal
matriz, pero se verá mucho más atenuada. En ese punto se dio cuenta que los
escritos de Abbud- Azahar eran complementarios.
En la isla aunque hubiera palmeras,
no existían esas especies señaladas en los escritos mágicos. Igor de todas formas comenzó a acercarse a las
diferentes palmas del territorio, para intentar encontrar alguna respuesta a
sus dilemas.
A unos 300 metros
de su casa, y sobre la parte que daba al canal, había varias esbeltas palmeras
yatay. Caminó hasta allí por la senda de piedras, circundada por altos arbustos
y al llegar a estar enfrente de las plantas requeridas, se sentó a unos siete u
ocho metros de distancia, apoyando su espalda en el tallo de un sauce. Se armó
un cigarrillo de tabaco suelto, y tirando bocanadas de humo, se detuvo a ver
minuciosamente las palmeras. La leve brisa las movía, eran 5, pero en conjunto
daban una imagen que podía ser interpretada sólo en el conjunto.
-¿Podrá haber en
ellas algún demonio?- pensó- imaginando que nadaba en la savia. De los
movimientos desprendía cómo podrían ser los humanos que podían emerger tras la
caída de una de las palmas. Una vieja melodía búlgara le ronroneaba en su
cabeza, los acordes del acordeón se le volvían intensos. Recordaba cuando sus hermanas
adolescentes danzaban en el patio y el siendo niño, las miraba de a ratos, ya
que la mayor cantidad del tiempo la empleaba para observar el vuelo de las aves
que se dirigían hacia las montañas. En ambas escenas el fondo sonoro eran los
fraseos del acordeón.
El paso de la
lancha que se dirigía hacia el muelle de la isla, lo distrajo; y repentinamente
recordó cuando llegaron con Mariya al lugar por primera vez. Habían contratado los servicios de un viejo
isleño italiano, que los fue a buscar en su embarcación hasta Berisso. En la
pequeña dársena situada cerca del frigorífico, siendo todavía de noche Igor y
su mujer ya lo esperaban con todo lo que tenían para llevar hasta la parcela de
tierra, que unos días antes él había adquirido. Don Mario los ayudó con el
cargamento, y emprendieron camino hacia el lugar. La turbina de la lancha
además de ruido generaba pequeñas ondulaciones de agua, que eran resaltadas por
la luz de una luna bastante luminosa.
De ese entonces
ya habían pasado más de 15 años. Mariya había fallecido con apenas 24 años, a
los cinco de haberse afincado en la isla. Una terrible fiebre la afectó cuando
estaba en los 4 meses de embarazo, y no pudo sobrevivir. Igor siempre pensó al
respecto que ésa era una maldición que lo perseguía desde niño.
En los
movimientos de las palmeras, no sólo pudo ver la danza de sus hermanas, el
vuelo de los pájaros y las ondulaciones del agua que producía la lancha. Eso no
lo afectaba, más bien le traía vivencias agradables, pero cuando vio las
convulsiones de Mariya antes de morir, le surtió un profundo escalofrío. Arrojó
el cigarrillo y se paró de golpe, con mezcla de rabia y de angustia. Mirando a
las yatay, no dudó de que allí se alojaba el demonio.
Continúa

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