El personaje menor
Ignacio Prado integró durante un año el jurado encargado de otorgar el premio anual de novela de la ciudad. La tarea no tenía nada de extraordinario: leer, comparar, tomar notas, discutir con otros. Una docena de obras, estilos diversos, tramas dispares, ambiciones desiguales. Nada que no hubiera hecho antes. Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura, algo empezó a producir una leve pero persistente incomodidad, una de esas molestias que no se dejan nombrar de inmediato y por eso mismo se vuelven difíciles de ignorar.
En nueve de las novelas aparecía el mismo personaje.
No se trataba de un protagonista ni de una figura decisiva para el desarrollo de la acción. No articulaba la trama ni portaba un sentido secreto. Era un personaje secundario, a veces apenas mencionado, que ocupaba un lugar marginal y prescindible. Lo inquietante recordaría Ignacio más tarde— no era solo su reiteración, sino el hecho de que reaparecía sin variaciones significativas, incluso conservando el nombre.
Al principio, Ignacio pensó en una coincidencia improbable pero posible. Luego ensayó hipótesis más sofisticadas. Tal vez un mismo autor había presentado varias obras bajo distintos seudónimos. Tal vez un pequeño grupo de escritores se había puesto de acuerdo para introducir ese personaje como un guiño privado, una broma interna, una marca de reconocimiento. Pero ninguna de esas conjeturas resistía un examen detenido. Las novelas no compartían procedimientos, ni obsesiones, ni mundos narrativos. No había rastros de complicidad ni de estilo común. Y, sobre todo, no había finalidad.
El personaje no hacía nada que justificara su presencia reiterada.
Ignacio llegó entonces a una conclusión más inquietante: no se trataba de un autor ni de un grupo. No había una voluntad detrás de la repetición. O, mejor dicho, si la había, no era identificable. Aquello que se repetía no parecía responder a una intención narrativa, simbólica o estética. Era una insistencia sin mensaje.
Ese fue el punto en que el problema dejó de ser literario en un sentido clásico.
Porque una novela, se supone, se construye a partir de elecciones. Presenta personajes que, además de ocupar un lugar social, están predispuestos a ingresar en una aventura, a salir de la rutina, a exponerse a un movimiento que los saque del equilibrio ordinario de la vida. La novela no registra lo que ocurre, sino lo que merece ser contado. No todo lo que pasa es narrable. La mayor parte de la vida transcurre fuera del relato.
En una ciudad de dos o tres millones de habitantes, en cualquier momento dado, miles de acontecimientos similares están teniendo lugar en simultáneo. Historias de amor que comienzan o se extinguen, fracasos mínimos, decisiones irreversibles, gestos apenas perceptibles que alteran una existencia. Uno podría preguntarse cuántas novelas hay en curso en este preciso instante. No novelas escritas, sino novelas posibles, vidas que contienen todos los elementos necesarios para un relato y, sin embargo, no serán contadas.
La literatura opera entonces como un dispositivo de selección. Recorta, aísla, intensifica. Autoriza a ciertos personajes a existir narrativamente y deja a otros en la penumbra. Lo que Ignacio había encontrado, sin buscarlo, parecía poner en cuestión ese mecanismo.
Porque ese personaje menor no protagonizaba ninguna aventura. No activaba ningún conflicto. No justificaba su presencia desde el punto de vista de la economía narrativa. Y, sin embargo, insistía.
Tal vez —pensó Ignacio— no se trataba de un personaje que circulaba entre novelas, sino de algo que se filtraba en ellas. No una figura imaginada por los autores, sino un resto: el residuo de todas esas historias que están ocurriendo al mismo tiempo y que la novela, por definición, no puede absorber.
Como si, en el exceso de novelas posibles, algo se hubiera deslizado sin ser convocado.
El personaje no pedía ser contado. No reclamaba atención. Aparecía de costado, como aparecen en la vida real las personas que no forman parte de nuestra historia pero la rozan lo suficiente como para dejar una huella. Tal vez no era un personaje literario en sentido estricto, sino la marca de que el mundo siempre produce más narraciones de las que pueden ser escritas.
Ignacio cerró el expediente sin resolver el enigma. El premio se otorgó. Los libros siguieron su camino. Nadie más pareció advertir la repetición. Pero desde entonces, cada vez que comienza una novela, Ignacio no puede evitar preguntarse si entre los personajes cuidadosamente construidos, entre las aventuras legítimas y los conflictos reconocibles, no se habrá colado otra vez ese resto anónimo: alguien que no debería estar ahí, pero está.
Como si la ciudad misma, saturada de historias, encontrara de vez en cuando la forma de hacerse leer.



