15.9.15

El espantapájaros

Hacía rato que la noche había llegado pero a Don Vicente Tarsotti le costaba dormirse. Después de haber asistido a esa velada de cine en el Progreso, para él, nada fue igual. Vicente tomaba bastante vino de la costa y no apagaba la radio, esperando que el sueño lo sorprenda. La noche en el monte de Los Talas estaba bastante calma. El viento otoñal de la tarde había disminuido, y a lo lejos, más allá de la alameda, se escuchaban los ladridos de un perro.

Algunos días atrás, más precisamente una semana, su amigo el ruso Kruk, lo había llamado para reencontrase. Ellos se conocían desde cuando habían compartido la misma sección de trabajo en el frigorífico. La idea había sido juntarse para conversar, comer pizza y tomar cerveza, pero eligieron primero ir al cine, acorde a la tradición de los años sesenta. Ellos no eran grandes amantes del séptimo arte, e inclusive por ser inmigrantes, les costaba bastante leer los subtítulos en español, aunque ya llevaran algunas décadas en la Argentina. No eligieron qué película irían a ver. La que les tocó en suerte fue nada menos que Los Pájaros de Hitchcock, que por ese entonces fue bastante popular. Hacía ya algunos años que no se veían, pero coincidió en que ambos no hacía tanto habían quedado viudos. Había mucho por hablar entre el viejo quintero italiano, y su amigo, el zapatero ruso. De regreso por la noche a su casa de Los Talas, tras llegar habiendo cenado, se acostó y el sueño le llegó rápidamente. Cuando despertó por la madrugada, ya no pudiendo dormir, se levantó para retornar a sus labores diarias.

Ese era el tiempo del trasplante de las plántulas de tomate, desde el semillero a la tierra trabajada. Vicente había traído desde la parte más cercana al río, una cantidad importante de cañas para sujetar las tomateras. Mientras trasladaba los plantines, una bandada de patos salvajes volaba en dirección del cañaveral.  Ahí recordó que tenía que hacer de nuevo un espantapájaros, ya que el viento y la lluvia habían desarmado al anterior. Encima los perros cuando lo vieron caído sobre la tierra se encargaron de destrozarlo aún más, de lo que ya estaba. Un viejo saco príncipe de Gales, y el sombrero de paja deshilachado se acoplarían perfectamente a la cruz de madera de eucaliptus. 

 Cuando Vicente miró el sol, ya era el mediodía. Sentía algo de hambre y retornó a la casa para comer algo. Los porotos que había dejado en remojo desde casi un día atrás, un pedazo de tocino y la salsa de cebollas con morrones, con bastante pimienta y orégano; fue su plato del almuerzo. Un poco de grapa fuerte para bajar los bocados, y la modorra que le vino, hicieron que se vaya a dormir una pequeña siesta.  Al despertar se dio cuenta que un fragmento de la película de la tarde anterior se le había infiltrado en el sueño. Miró hacia la parte superior del oquedal, pero al no ver más que una pequeña nube se tranquilizó, y en el camino hacia los plantines de tomates, recordó a su difunta mujer, y unas lágrimas se le escurrieron de sus ojos. También recordó que hacía tiempo que no tenía noticias de su único hijo, que habiéndose recibido de ingeniero, partió hacia el sur.

-Maledizione-  exclamó Vicente. Todos los brotes trasplantados, estaban destruidos. Las hojas parecían picadas por hormigas gigantes. Una bandada de gorriones se acercó volando desde el cañaveral, y semejando a las aves de carroña rodearon en vuelo al sembradío arruinado. Vicente bastante enfadado, tiró la pala en el suelo con cierta violencia, y tomando cascotes del piso comenzó a arrojárselos a los pájaros.  La bronca no le dejó prever que podía trastabillar y cayó sentado en los pastos. Ahí fue cuando se dio cuenta que debía adoptar otra política, agradeciendo no haberse quebrado en la caída. Solo en el monte poco hubiera podido hacer, ante un eventual accidente.   El viejo espantapájaros estaba más destrozado aún, por lo que pensó que lo primero que debía hacer es  construir el nuevo, tal como había pensado por la mañana.  

Sobre el banco que tenía en un pequeño galpón cortó dos tablas de saligna. A una de ellas le dejó un largo de un metro y medio, la otra de apenas 80 centímetros. Las juntó formando una cruz y les martilló varios clavos en la intersección, como para que no se pierda el ángulo deseado. Cuando desde el ropero llevó al lugar, el viejo saco gris príncipe de Gales, ya bastante apolillado, éste le hizo recordar el casamiento de su hermana Florentina, sucedido hacía más de 30 años atrás. Lo había comprado en la sastrería El Siglo de La Plata. El pantalón que conformaba el traje hacía bastante tiempo que ya lo había gastado, pero su mujer con los cortes que le hacía lustraba los muebles. Incluso el piso del dormitorio confeccionado con machimbres de pinotea. El sombrero de paja no era tan viejo, pero ya estaba bastante deshilachado, ya que él lo usaba con frecuencia y siempre tenía nuevos de repuesto. Los compraba en la tienda La Central ubicada en la esquina de Montevideo y Nápoles, casi enfrente de la hilandería.  Pero lo que más le concentró la atención a Vicente fue cómo hacerle una cara al muñeco. Tomó una calabaza desecada, le pasó un poco de barniz y con la cuchilla bien afilada comenzó a darle forma. Primero le hizo los ojos, luego los orificios nasales y cuando iba a hacerle la boca dudó, pero al final decidió hacerla sonriente, con las comisuras inclinadas hacia arriba. Antes de que anochezca el espantapájaros debía estar colocado en el centro del sembradío, aunque las plántulas estuviesen destruidas. Volver a trasplantar desde el semillero sería la tarea para el próximo día.

Vicente se despertó por la noche, serían las 3, y por la ventana de su pieza miró hacía donde se encontraba el muñeco y los plantines. La luz de la luna llena iluminaba la calabaza, y los orificios que le había hecho parecían brillar. Agarró la botella de vino, del pico tomó unos largos sorbos, y volvió a la cama. Le costó despertarse por la mañana. Los gallos ya habían cantado bastante, y eso él lo sabía, hacía rato que los venía escuchando. Incluso le dio la sensación de que lo hubieran hecho con mucha mayor intensidad. Tomó la bolsa de maíz y les llevó el alimento a las aves de corral. Las notaba algo nerviosas.  Había en el gallinero más movimiento que el común. Vicente entonces dudó si el día anterior les había dado alimento, y sacó la conclusión de que lo más probable es que no lo hubiera hecho. Las casi 50 gallinas batarazas comieron ansiosas, pero parecían seguir inquietas. Vicente pensó que tal vez por la noche algún gato montés haya estado rondando por ese lugar, y que eso podría ser la causa del nerviosismo.  Volviendo desde el gallinero fue a buscar las herramientas para proseguir con el trasplante de los tomates. Los cargó en la carretilla y se dirigió al sembradío. Desde unos 50 metros veía al espantapájaros, y se admiraba por la forma que le había dado. Los molestos gorriones y otros pájaros del monte seguramente no se irían a acercar a las plantas –pensó- mientras se aproximaba al lugar en donde debían desarrollarse las plantaciones.  Cuando se dirigió al muñeco con sombrero de paja deshilachado y saco príncipe de Gales, al mirarle la cara, no pudo salir del estupor. La cara de calabaza estaba desfigurada. 

28.8.15

Sorpresa en la cabaña

El camino al cerro era bastante tedioso, pero su cabaña estaba en ese sendero. Johan la había construido en ese lugar para prevenirse de sus miedos. Allí nadie más que él se atrevía a llegar. Igualmente esas obsesiones que lo perseguían desde hacía varios años no dejaban de hacerse presentes. Aquella tarde de fines de agosto, luego de haber realizado algo de lo que él tenía en su agenda, partió hacia su habitáculo. Cierta satisfacción llevaba consigo. Tal vez eso hizo que sus miedos se aflojaran, y muchas de sus habituales precauciones dejaran de estar presentes. Algo eufórico Johan llegaba a su casa, ubicada a medio camino, en el sendero que conduce a la cumbre del cerro. El graznido de las urracas se intensificaba cada vez más, y los perros salvajes no dejaban de aullar. El vuelo intenso de los murciélagos ya no era para Johan ningún signo de alerta. Se había acostumbrado a ello, pero el intenso gruñido de las aves mencionadas era algo que no alcanzaba a integrar. Le faltaban aproximadamente unos 70 metros ascendentes para llegar a su cabaña, y ya el atardecer se había vuelto noche. Acomodó lo que cargaba en la mochila, y esquivando un arbusto, se aproximó a la puerta, a la que abrió tras utilizar la sofisticada llave de cuproníquel.

Prendió la luz, y se dirigió hacia la cocina. El horno de leños conservaba algunas brasas de la mañana, pero era necesario agregarle un poco más de combustible para que no se apague y poder cocinar la carne de cordero que traía del poblado. Las noches aún eran frescas por lo que mantener encendido el caldero, resultaba importante para dormir abrigado. La botella de vino que había comprado en el poblado del valle, parecía ser de buena calidad, y junto al cordero al horno se convertirían en los placeres que Johan planeaba para antes de dormir. Arrojó algunos trozos de madera en el caldero, mientras que a la carne la había condimentado con pimientos, nuez moscada  y comino molido. Puso la comida en una bandeja y la metió en el horno. En poco más de veinte minutos iría a estar para comerla. Entonces tomó lo que le quedaba en la mochila y lo llevó hasta la pieza. Al entrar en ella hubo algo que lo sorprendió. Desde la cama ella lo miraba, y él no salía de un asombro que colindaba con el terror. Belinda había fallecido hacía mucho más de una década, pero en ese momento lo miraba alborozada. Johan sintió una mezcla de horror con deseo sexual, pero lo preponderante era el desconcierto. Esa mujer lo miraba pero no le hablaba…

27.8.15

Sabor a pimienta negra

Cada vez que saboreo el gusto a la pimienta negra, recuerdo cuando mi abuela me llevaba de chico a la casa de Oltuszek. Esa familia vivía como cuatro cuadras desde la calle asfaltada hacia el campo. Por la vereda caminábamos esa distancia, pero enfrente era todo descampado. De este lado estaban las casas, y recorriendo la distancia mencionada llegábamos al lugar. Ellos habían llegado de Europa al igual que mis abuelos, y se habían asentado en estas tierras a las que no tardaron mucho en hacerlas propias. Hasta aprendieron a tomar mate, pero lo matizaban con esas comidas que habían traído en sus costumbres y que por poder conseguir los ingredientes necesarios, acá también las podían cocinar. Pasadas las 4 de la tarde de las primaveras mi abuela Josefa me decía: -Nene vayamos a lo de Oltuszek-, y salíamos caminando hacia allá.

La casa era como casi todas las del lugar, de chapa de zinc y madera. Un pequeño cerco de pasto antecedía la entrada, y luego un pasillo para llegar al patio en el que la enredadera servía de protección contra el sol. Doña Verónica había trabajado con mi abuela en el Armour. De ahí se conocían, aunque antes de venir a la Argentina tal vez no hayan vivido tan lejos. Muy lejos se reconocieron, tenían costumbres y hábitos similares. Ellas conversaban en una lengua que me resultaba familiar, aunque no supiera de qué hablaban. Yo miraba el gallinero que estaba detrás de la quinta, y comía pan con manteca con pimienta y sal, y tomaba café con leche. Ellas tomaban mate y conversaban en polaco. Aunque quisiera saber sobre qué hablaban no podría saberlo jamás. Suponer qué, me hace imaginar.

8.8.15

Office girl

Al llegar a la oficina, Germán Prince pulsó el botón de la pantalla para que ésta se encendiera. La mujer que aparecía en la superficie le contaba todas las novedades. 

-La bolsa hoy cotizo en alza- le dijo- Es muy probable que esta tendencia se extienda por un largo período.

-¿No se observaron las dificultades de ayer? –preguntó Germán.

-No señor Prince. Los principales analistas creen que lo de ayer fue una muy rara excepción.

Germán entonces se sentó y prendió la cafetera, mientras que la muchacha de la pantalla había salido de ella y juntándose con otros espectros, ponían en funcionamiento los tableros de cálculo.

Mientras saboreaba el café, Prince recordaba que hacía más de treinta años, cuando era niño, no pocas veces había atendido el teléfono, y que le hablara algún robot. Para recordarle a su padre que debía la factura de algún servicio o que debía votar por tal candidato.

En la oficina hacía ya varios años que no trabajaba ninguna persona, pero todo había sido pensado y diseñado para que eso no se sienta. 

7.7.15

Narciso y el Amor

Narciso dejó clavada su mirada en el estanque. La fascinación que le producía la imagen que el espejo de agua le devolvía, lo anclaba en un espacio y un tiempo peculiares. Dos ojos en el abismo superficial del agua, que mirándolo, no le permitían nunca saber que los otros dos que recibían esa estampa, y se cruzaban en un doble y oblicuo segmento imaginario, eran los mismos. Lo Mismo, siendo a su vez “otro”. Los “mismos” suponiendo la existencia del Otro.

En un sueño quien relata, le explicaba a algunos interlocutores, el hecho de que lo que conocemos como Amor, es una manifestación exclusiva del narcisismo. El observador del estanque había quedado preso de su propia imagen especular, y cualquier otro, al cual pudiera llegar a amar iba a tener la marca exclusiva de la devolución que una superficie reflectora le diera de sí mismo, sin saber de ello.

Habiendo despertado o al menos permanecer en ese estado intermedio, entre el sueño y la vigilia, propio a horas lejanas al atardecer pero tal vez no tanto al amanecer, quien ahora escribe se preguntaba qué hubiera sucedido si en el rostro de Narciso, que devenía del estanque de agua, hubiera aparecido junto al semblante del espejo líquido, el de una bella mujer al lado de quien lo miraba, acercando sus cabellos a su cara. Narciso para no dejar de serlo, nunca hubiera podido dar vuelta su cabeza para mirar a su lado, ya que de esa forma hubiera roto el espejo, el espejismo e incluso el momento mágico en el que estaba imbuido. Narciso y la mujer que estaba a su lado, para amarse sólo podían seguir viéndose en el resplandor del agua del estanque. Nunca dándose vuelta…

28.6.15

La Odisea de Hipnos

Aquella fría mañana de un invierno recién llegado, fue cuando me dirigí hacia esa parte de la ciudad en la que debía hacer varios trámites. Todas las oficinas y dependencias tanto públicas como privadas estaban situadas en un radio que no excedía los 400 metros. Ya en el primero de los lugares a los que fui, la situación produjo que sintiera  un cierto grado de indignación. La empleada, una mujer que rondaba los 50 años, no  sólo que tardó demasiado en atenderme, mostrando así esos vicios característicos, de esos empleados que creen que los que hacen trámites tienen todo el tiempo para perderlo en esos sitios. También es posible que ellos piensen que ocupar ese lugar les dé cierto margen de poder, y a ello lo usufructúan con esas actitudes. Le presenté los diferentes papeles necesarios para que pueda hacer convalidar mi solicitud, y tras verlos me dijo que faltaba una planilla, y que sin ella era imposible comenzar el trámite.

-En el kiosco de acá al lado, venden la planilla- me dijo, pidiéndome que vaya a comprarla. –Bien, ya vuelvo- le respondí dirigiéndome hacia el local comercial.

-No señor, hace rato que no nos envían esa clase de formularios. Y eso que -a pesar de traernos siempre una gran cantidad-, se vendían bastante rápido. La verdad no le sabría decir por qué no los envían más. Tal vez en la oficina en la que se lo piden debieran saberlo- me expresó la chica que despachaba en el kiosco.  Mientras pensaba que tal vez en otro comercio pudieran tener esa planilla, le pedí que me vendiera un paquete de cigarrillos negros y uno de pastillas de mentol. Aunque el lugar más propicio para vender esos formularios era ése. Tenía que hacer -como anteriormente había señalado-, varios trámites, pero por cierta obsesión quería sacarme de encima éste, con el que había comenzado la ronda.

Caminé por las calles aledañas para encontrar un lugar en donde vendieran el formulario, pero la búsqueda comenzó a ser infructuosa. A nadie ya le traían esa clase de planillas para poder venderlas. Por qué en la oficina indicada carecían de ese insumo- me preguntaba incesantemente- sin poder contestarme otra cosa, que no fuera la existencia maldita de la burocracia. Tal vez si en el primer kiosco hubiese podido comprar lo que necesitaba, no hubiera llegado a esa conclusión, pero las cosas así presentadas, no dejaban otra alternativa. Algo ansioso prendí un cigarrillo, el primero del atado. A las pastillas de mentol ya las había devorado. No estaba fumando demasiado, quería dejar de hacerlo, pero no podía no llevar conmigo un paquete, por las dudas, o vaya a saber por qué. Era el primero que encendía en casi dos días. Me di cuenta cuando fumé la primera bocanada, mientras proseguía la caminata.

Cuando a través de la vidriera pude ver diferentes estatuas y obras de escultura, y más allá en la vereda, la venta de trabajos de alfarería, pero por sobre todo gente caminando con aspectos poco rutinarios, fue cuando me di cuenta que había excedido el radio de la zona administrativa. A pesar de ello ya no quise volver, y me decidí a transitar por esa otra parte de la ciudad. Fue allí que me topé con el ya entrado en edad Michelangelo Buonanotti. Él había sido hacía ya tiempo, uno de mis profesores de estética en el colegio secundario. Siempre lo recordé como alguien que sabía bastante sobre el arte pictórico, y que además era un excelente pintor. Algunas décadas atrás el había confeccionado varias obras enroladas tal vez en una extraña mezcla de pop art y surrealismo. A pesar del paso del tiempo lo reconocí por la voz, cuando él le explicaba a un visitante de su puesto, las maravillas del futurismo italiano. No podía ser otro que Michelangelo. Me quedé mirando las obras que vendía y pude constatar que se trataba nada más que de muy buenas réplicas de trabajos de pintores clásicos. Era muy probable que él ni se acordara de quién era yo, ya que solamente había sido un alumno más entre varias centenas de ellos. Se me acerca cuando el otro visitante había partido, y me dice: -Fíjese que hay muy buenos Van Gogh y Gauguin, y que tienen muy buen precio. Lo miro y le respondo: -¿Acaso no tiene un Buonanotti? Eso es lo que me gustaría adquirir…. Pude observar inmediatamente que sus ojos parecían haberse entristecido, y que a él lo hubiera invadido cierta sorpresa.

-A mí también me gustaría conseguir alguna de esas obras, pero ni siquiera yo sabría cómo encontrar aunque sea alguna de ellas- me respondió con un tono de cierta nostalgia. Le conté que él había sido mi profesor, hacía ya muchos años, y que recordaba haber visto alguna de sus obras en una exposición. Me miró, y dejando entrever que se acordaba de mí, aunque pensé que eso no fuera más que un cumplido, dijo que todas sus obras las había perdido. No me dijo cómo, pero sí que luego abandonó la invención para dedicarse a la réplica. –Apenas recuerdo la técnica que utilizaba en ese tiempo- me dijo señalando que, sería un muy buen experimento contrastar la técnica actual con la de aquel tiempo, pero que hoy realizar eso sería imposible. Mientras yo recordaba algunos manuscritos hechos hacía bastante tiempo y que vaya a saber en dónde quedaron, creía entender algo de lo que señalaba Michelangelo. A sabiendas de que a la zona administrativa ese día no iba a volver, caminé hasta la parada del colectivo para regresar a casa.

En el camino recordé que la tarjeta magnética para el transporte ya no tenía crédito, y viendo un kiosco bastante grande entré para cargarla. Pensé a su vez que tal vez pudieran tener ahí la ya conocida planilla. Había mucha gente en el negocio y la cosa se extendía demasiado. Tenía ganas de salir del lugar aunque volviera a casa caminando, pero un rapto de timidez no me permitía salir, cada vez que la puerta se abría. Cuando desperté de ese sueño, me di cuenta que ésa era la única forma de salir de aquel lugar sin combatir la cortedad.

18.3.15

La certeza de Vogel

De las innumerables, extensas y hasta tediosas conjeturas que propiciaran la inapelable certeza con la cual Vogel pudo cerrar el dilema, ninguna de ellas fue comparable a cuando descubrió por un dato que le ofreciera un testigo casual, que gran parte de la investigación sobre el crimen de Zacarías, había sido falsificada. Se habían fraguado hechos inexistentes, contactos falaces y toda clase de artimañas para que nunca se sepa cómo habían sido los sucesos. Ernst Vogel pudo dilucidar así que aunque la investigación se encarrilara en buen sentido, cualquier resultado iba a resultar carente de legitimidad. La causa había quedado signada así como un intrincado laberinto judicial.

Vogel pudo saber cómo había sido el crimen de Zacarías, quién lo había planeado y quiénes habían sido los ejecutantes. La víctima había sido emboscada una noche en la que se dirigía a cobrarles un dinero sucio a sus ex socios. Nuestro detective pudo saber a ciencia cierta que no fueron ellos precisamente los que lo mataron, pero sí que los que estuvieron detrás de esa muerte aprovecharon la coyuntura de dicho encuentro. Los sicarios intentaron inculpar a los ex socios de Zacarías, pero cometieron un grave error que no pudieron subsanar más allá de haber arreglado todo con la policía y los jueces. La declaración testimonial de uno de los testigos casuales quitó la verosimilitud de culpabilidad de los ex socios. Los hechos habían sido planeados a la perfección, pero confiados en el arreglo, no previeron que la declaración del testigo haya dado por tierra con la tesis de que el asesinato hubiera sido realizado por los acosados por Zacarías. Lo tremendamente paradójico es que el testigo era parte de la banda de los asesinos, y que esa noche ni siquiera había estado en el lugar del hecho. En el juzgado cometió el error de confundir la forma en cómo Zacarías había muerto. En lugar de referirse al disparo de un arma con silenciador, dijo que la víctima había sido apuñalada. El juez al escucharlo no podía creerlo. Estando arreglado con los sicarios, no pudo impedir que los acusados fueran liberados, y que se abriera una cadena de incertidumbres en torno al caso. El grosero error del testigo que había sido señalado como verídico por la policía y los verdaderos asesinos, hizo que se pasara a implementar un plan alternativo, consistente en que si bien los que habían sido acusados ya no podían serlo: había que lograr que la marea nunca se dirija hacía los verdaderos asesinos. Estos últimos llegaron a afirmar en un momento en que ni siquiera se conocían entre ellos, y que la primera vez que se habían visto fue en ocasión de la muerte. Esto si alguna sospecha había recaído sobre ellos, lograba multiplicar las opciones.

Ninguna investigación seria se realizó en torno al acontecimiento. Vogel nunca pudo decir nada al respecto, pero en una de sus investigaciones logró las pruebas necesarias para hacer detener a uno de los asesinos, pero por un delito completamente diferente. 

25.2.15

La revuelta de las moscas

Zenón despertó bruscamente de la siesta del domingo. Los ladridos del perro de su vecino ya eran demasiado intensos. Se acercó entonces a la ventana de la cocina para mirar hacia afuera, y la cantidad de moscas que se posaban sobre el vidrio además de asco y molestia le despertaron cierta curiosidad. De dónde habían salido, se preguntó. En el tacho de la basura, no había nada que justifique esa presencia, tampoco encima de la mesada. Zenón tomó el aerosol de insecticida y comenzó a rociar el sitio. Las moscas seguían revoloteando, algunas parecían adormecerse, otras comenzaban a caer, aunque la cantidad del insecticida esparcido ya era demasiado. Las moscas comenzaron a retirarse, algunas murieron, otras huyeron hacia el patio. Zenón abrió la canilla y llenó la pava de agua para preparase unos mates. Esa era la idea que tenía cuando despertó de la siesta. Las moscas la postergaron.

Cuando se sentó a la mesa para tomarse unos mates, su olfato seguía impregnado con el olor del insecticida. Mientras pensaba en las tareas que tenía por delante en la cooperativa que había armado junto a otros compañeros de trabajo que habían sido despedidos de la fábrica, recordó  cuando su abuela hacía muchos años atrás, utilizaba el por ese entonces muy conocido papel matamoscas. El lunes iba a ser movidito ya que debían terminar con el encargo que les habían hecho desde una escuela. En la cooperativa hacían diversos trabajos, entre ellos el de carpintería, aunque como la mayoría eran ex obreros especializados, conocían unos cuantos oficios. Además se daban maña para hacer trabajos por fuera de sus propias especialidades. En gente que tiene la facultad del trabajo manual, eso resulta bastante común.

Zenón se sentó frente a su computadora y escribió “papel matamoscas” en el buscador. Para su sorpresa eso no era algo que sólo había quedado en su precaria memoria. Estaban los que explicaban en determinados foros cómo se podían hacer esos caza moscas. También se encontró con que en algunas ferreterías aún se vendía ese producto. La mañana del lunes antes de ir al trabajo, Zenón tuvo que ir hasta el banco para actualizar la cuenta de la cooperativa, y al salir viendo que enfrente estaba esa vieja ferretería (la más conocida de la ciudad) decidió ir a preguntar. Mientras esperaba ser atendido le llamó la atención que por arriba del mostrador estaba colocada una publicidad sobre unas trampas para roedores. Especificaba el anuncio que si las ratas pasan corriendo por ese cartón, quedan pegadas y ya no pueden salir de ahí. El atractivo es el aroma a unas hormonas que se mezclan con el pegamento. Zenón enseguida asoció esa trampa con el papel matamoscas. Aromas dulces que atraen y dejan pegados a los insectos en el papel. En las indicaciones de cómo hacerlos Zenón había leído el día anterior que con un poco de miel las moscas se sentirían atraídas y quedarían inmóviles en la trampa.

-Señor, sí ¿Qué necesitaba?- le preguntó el empleado de la ferretería.

-Ah sí sí. Le hago una pregunta. ¿Venden aquí papeles matamoscas?-  Le respondió Zenón a quien no pasaba los 35 años de edad.

-Mmm no, nunca tuvimos acá un producto de ese estilo…

-Me imaginaba que eso fuera así, pero habiendo leído sobre el papel en internet, y luego viendo esa publicidad de los caza ratones, pensé que en una de esas tal vez…

-Sabía que alguna vez existieron esos papeles matamoscas, pero desde que trabajo acá la verdad que nunca tuvimos esa clase de productos- le dijo el empleado.

Zenón que indudablemente había intuido que no iba a encontrar lo que buscaba se retiró del comercio. Caminando para el trabajo, pensaba el porqué de la desaparición de un producto de ese estilo. Si era mucho más efectivo, económico, y también menos molesto para los humanos. Después de tirar insecticida en aerosol hay que salir del lugar, cuidar que no caiga en las plantas ni en los alimentos, y que tampoco moleste a los animales. Además para el medio ambiente no es contaminante. El insecticida y el aerosol son perjudiciales ambos, se decía así mismo Zenón, y por poco se indignaba. Tal vez lo que más le molestaba era la cantidad que había utilizado para sólo ahuyentar las moscas, y que el resultado no dejaba de ser mínimo.

La cooperativa estaba situada en una vieja y pequeña fábrica que había sido abandonada por sus dueños, y que la media docena de trabajadores despedidos del astillero, ocuparon para poner en marcha el emprendimiento, con el cual podían palear su subsistencia. Ese día terminaron el encargo de la escuela, y ya pensaban en qué otro trabajo conseguir para que la endeble cadena productiva no se corte. Al menos iban a tener dinero para dos meses.

Por la noche Zenón buscó en internet la mayor cantidad posible de datos sobre la confección de papeles matamoscas, y con lo que le quedaba de tinta logró imprimir como 45 hojas, hasta que la sequía en los cartuchos de la impresora le dijera basta. Al otro día llevó las impresiones encarpetadas a la fábrica, para mostrárselas a sus compañeros. Convencido de que el próximo trabajo debía ser hacer papeles matamoscas -aprovechando parte del dinero que cobrarían de la escuela- Zenón se los planteó seriamente al resto. Cuando los demás escucharon los fundamentos, y vieron cómo se hacía el papel matamoscas no tardaron en pronunciarse por la afirmativa.

Tres días después ya estaban fabricando el nuevo producto. Decidieron a su vez hacer pequeñas publicidades del papel matamoscas en los medios locales, e incluso Zenón y otro compañero se acercaron a una radio de frecuencia modulada para contar los privilegios de utilizarlo en contraste con el insecticida en aerosol. Parecía que iba a ser un verdadero éxito tanto la producción como la venta del papel, mucho más porque en ese verano las moscas se habían vuelto bastante molestas.

Una mañana cuando llegaron a la fábrica, ésta había sido incendiada. La policía científica dijo que además de explosivos, en el siniestro habían utilizado tambores llenos de brea y aerosoles vacíos. 

23.1.15

Imprevisto en el oquedal

Esa tarde había sido extremadamente calurosa, y el gran porcentaje de humedad la volvía mucho menos tolerable. Fermín sabía que tenía que ir a correr al parque como todos los días. No se podía dar el permiso de no hacerlo. De eso estaba convencido. Temía que por no hacerlo alguna vez, podría llegar a perder el entusiasmo que lo había llevado hace más de tres meses a preocuparse obsesivamente por su cuerpo y su salud. Se vistió acorde a la situación y partió caminando hacia el lugar previsto.

Mientras se dirigía hacia aquel sitio, pensó que la gran cantidad de imponentes árboles, principalmente eucaliptus, presentes en el parque, deberían amortiguar perfectamente esa sensación de escasez de oxígeno, característica de días con un clima como el descrito. Otra cosa que le daba vueltas en su pensamiento era una idea que se le había ocurrido habiendo releído recientemente El Inmortal de Borges. En qué momento de una supuesta larga vida a alguien como Joseph Cartaphilus se le ocurre que ya es inútil seguir viviendo y que debe morir. El interrogante por ese punto temporal a lo largo de una vida lo obsesionaba a Fermín.

El accidente llegó habiendo transcurrido poco más de media hora de estar corriendo alrededor de aquel imponente oquedal, y si no hubiera sido visto por esa pareja que descansaban debajo de un árbol, la emergencia no hubiera podido llegar a tiempo para salvar la vida de Fermín. Como que ese acontecimiento hubiera precipitado en lo real, lo que en su pensamiento un poco antes del hecho, no había sido desarrollado definitivamente. Cuando Fermín retornó a la razón, se dio cuenta que podría haber muerto. De lo que no estaba completamente seguro es si aún le quedaban tareas importantes por hacer en su vida.

1.12.14

Indalecio se perdió en el tiempo

Caminaba por la amplia vereda con la frente bien alta. En sus pensamientos recordaba aquella frase de aquel que camina “haciendo la pata ancha”, y si bien nunca entendió muy bien la correspondencia de esa frase con lo que supuestamente significaba, él sabía que estaba caminando de esa forma. Mientras tanto los pibes jugaban a las bolitas muy cerca del sendero que trazaba Indalecio. El tipo que había cumplido sus 41 pirulos apenas hace 20 días, creía que las chicas que lo cruzaban por aquella vereda, y que tal vez no tuvieran más que 16, lo miraban alborozadas. Es posible que hubiera algo en Indalecio que llamara bastante la atención, pero seguramente no el motivo que él podía suponer. El pibito de muy buen ñati reventó con su bolita otra que estaba a casi tres metros de distancia. Indalecio dándose vuelta pudo ver el movimiento sin dejar de asombrarse…  Cuánto tiempo había pasado de cuando él había jugado a las bolitas por última vez. La hermanita mayor del pibe ganador se paró para aplaudirlo.

5.9.14

El ruido nocturno

Hacía ya varios días que se despertaba por la madrugada. Siempre algunas horas antes de que salga el sol. Cuando miraba el reloj y el resultado no lo convencía para dejar la cama y levantarse, se quedaba pensando en la oscuridad, esperando que le llegue otra vez el sueño. 

Alguna vez cuando prendió la luz vio una sombra que se escabullía entre medio de los muebles, y fue justo ahí que llegó a suponer que tal vez ese mismo movimiento -o parte de él-, haya sido la causa de ese ruido inusual que siempre lo despertaba. Al menos eso él pensaba, sin prever que podían ser otras cosas también las que lo hicieran. El ruido hasta ahí había sido tal vez lo más perceptible. Una noche cuando prendió la luz, vio que una rata corría muy cerca de su cama en dirección hacia la pared que daba al fondo de la casa. Se levantó y tomando un zapato, intentó pegarle. No pudo, el roedor huyó rápidamente perdiéndose entre los muebles. Desde ese momento quedó algo espantado. No sabía cómo resolver esa situación. Por las noches pudo saber con certeza, que la rata era la causante de sus despertares. Y eso lo impacientaba cada vez más.

Recordó entonces que la gata de su amiga, podría ser una buena solución. Florinda siempre había sido muy mimosa con él, y decidió pedirla prestada por una noche. Con ella durmiendo en su cama, nadie más podría despertarlo.
Esa noche se fue a dormir más tranquilo. Llamó a Florinda para que se suba al lecho, y ella lo hizo con mucho agrado. Tal vez la compañía de la gata era algo que también necesitara, ya que se durmió acariciándola.

Por la madrugada el ruido de siempre lo despertó. Prendió la luz y la rata estaba arriba de su cama. También Florinda, durmiendo plácidamente a su lado.

11.6.14

Caminata por el sendero del tiempo

Mientras caminaba por el sendero de conchilla y arena, ya no recordaba nada de los problemas que lo aquejaban cotidianamente. Sus pensamientos parecían haber desaparecido, o en todo caso haberse fusionado con el paisaje que tenía ante sus ojos. Los árboles en ese lugar daban una sombra que hacía que el intenso calor húmedo se convirtiera en una amenaza solamente posible saliendo de ese lugar. Él se dio cuenta de ello cuando notó que la transpiración -estando debajo de las ramas plagadas de hojas que cubrían el camino- se le secó rápidamente.

Aquella zona en otros tiempos había sido un incansable desfiladero de almas trabajadoras que, en ese lugar se ganaban el sustento diario. Hoy, era un desierto humano, con residuos arqueológicos de una industria devastada. Cañerías oxidadas, chimeneas derruidas y restos de maquinarias ya inservibles. Pero no todo era parte del pasado, quedaban algunas plantas fabriles funcionando, con desperdicios que se desparramaban por la tierra, mientras que algunos aceites manchaban el agua del canal -que se extendía al costado del sendero-, generando esa aureola característica.

Ya no había nada por hacer en aquella parte del entramado urbano, más que recordar en ella otros tiempos. Haberse sumergido en recuerdos, había sido tal vez la única razón para ir hacia ese sitio. Las fotos que sacó en ese momento –pensó- para él tenían un significado, que para cualquier observador seguramente no. La imagen no es sólo lo que muestra, sino qué alude.


Regresó sabiendo que no pudo traerse de ahí, todo lo que hubiera deseado. 

28.5.14

Dudas

Nunca supo cómo había llegado hasta ahí, pero de lo que no dudaba era que ahí estaba. Sí en ese lugar: un lugar inapelable. Consolarse con viejos argumentos sobre que las cosas pasan y es imposible saber por qué, a él eso, no le cerraba sus dudas. Sabía que estaba en ese lugar, pero no sabía cómo había llegado. Tremendo dilema si es que a eso se lo podría llamar de algún modo. Poco a poco intentó convencerse que era lo mejor, pero sus dudas persistían. Ya que no se trata de lo que mejor me cae, sino de saber sí hice lo necesario para eso. Aún sigue preguntándose…

París en el techo

Una de las gatitas andaba por el costado de la casa como de costumbre, pero la otra había desaparecido. Me pongo a buscarla y no la encuentro. Aparece el gato grande pero la otra gatita no, hasta que miro hacia arriba y la tipa estaba arriba del techo, y quería bajar pero no sabía cómo. Amagaba que saltaba pero es muy chiquita todavía. Tomé la escalera e intenté agarrarla, pero no quería saber nada, estaba asustada. Al rato pensé que no estaría mal que hubiera desde el techo al piso algo como un tobogán. Me conseguí una tabla bastante liviana de eucaliptus y la arrimé al techo. La tipa ponía sus patas delanteras en ella, pero no se animaba, mientras que a la tabla la tenía entre las manos, porque no era tan larga para llegar al piso. Miraba la tabla y ponía de nuevo las patas delanteras pero no se animaba a bajar. Tampoco ya quería quedarse ahí arriba. En un momento se decidió y puso las cuatro patas en la tabla, y fue entonces cuando la incliné más para que baje a la fuerza. La tipa bajó como por un tobogán. Espero que la próxima vez que se suba al techo, si no sabe bajarse sola. Que recuerde lo de la tabla.

13.5.14

Aqueronte quería escribir sobre los fantasmas

Aqueronte quería escribir sobre los fantasmas, pero le daba miedo. Él no sabía que siempre se escribe desde el lugar de los fantasmas, pero cada vez que lo había hecho, si pudo hacerlo fue justamente por no saberlo. Esta vez se encontraba trabado. Había un sueño al que quería convertir en letra, pero se le entrecruzaban las ideas y no le quedaba nada en claro. Su decisión fue esperar…

25.11.13

Verdrängung

Se lo tenía que decir pero no sabía cómo. Sabía que eso iba a ser muy importante para ella, pero solamente si a través de otros razonamientos, ella pudiera entender bien de qué se trataba, ya que si él se lo dijera a secas, tenía la certeza de que habría malentendido, que lejos de resolver algo, podría empeorarlo. Suponía que tenía claro, lo que tendría que decirle, pero no encontraba las palabras adecuadas, no sabía cuál era el mejor momento, tampoco el lugar, y dudaba acerca del tipo de gestualidad necesaria para poder expresarse. Pero también sabía, o tal vez intuía, que ella estaba esperando que se lo dijera, aunque ella nunca haya dado ningún indicio de ello.


Entonces caminó por la vereda en dirección hacia el lugar en la que ella lo esperaba. Tocó la puerta y esperó ansioso ser atendido. Con una sonrisa, un beso y un abrazo, ella lo recibió, pidiéndole que pase y que se siente. Mientras tomaban café, él olvidó todo lo que había elucubrado previamente. En un momento se le cruzó por la cabeza algo tan fugaz que en pocos segundos ya ni lo pudo recordar.

26.10.13

Blues de la calle larga

Aquella noche quiso romper la inercia, sin saber muy bien cómo. Sabía que eso ya no era tan fácil como cuando los flujos juveniles, permiten cambiar bruscamente de rumbo sin sentir el golpe. Aquella fue una noche de esas que uno quisiera que fueran siempre iguales, buena temperatura bajo un cielo estrellado, y la posibilidad de caminar por un sendero no salpicado de errores sociales. Entonces recordó todas esas viejas travesías.

Blues de la calle larga 
Imágen: Aníbal Fernández


Soberbios senderos urbanos
transitamos sin parar,
de suburbio en suburbio,
de pena en pena,
tratando de no aflojar.

Sombríos laberintos de piedra
que no se sabe, dónde van,
pero sí, que van.

Secretos y oscuros pasadizos,
tenuemente iluminados alguna vez
por intermitentes y huidizas esperanzas.

Suena y suena en mi corteza
un blues de muy alta densidad,
extenuadamente pesado,
oscuramente intenso,
e inaudible por oídos 
que no se endurecieron
en incesantes derivas,
que nos fueron enseñando,
a golpes y porrazos,
que el dolor 
así como viene
también se va.

Blues de la calle larga y sinuosa,
mientras escuche tu nota suspendida,
ni el bien será bien, ni el mal: mal.



30.8.13

Táctica subjetiva

La visita conllevaba determinadas iniciativas que nunca se pudieron cumplir. No es que a éstas nuestro personaje las hubiese pactado con su anfitrión, no, por lo contrario, éste nunca hubiese entendido las elucubraciones previas que el visitante se había planteado como estratagemas para justificar la entrevista, y a partir de ella poder comenzar a romper con cierta inercia que lo embargaba. A veces podría resultar demasiado engorroso explicar determinadas actitudes, pero, cuando a alguien le resulta necesario dejar de hacer determinadas cosas, y se impone a sí mismo hacer otras, no tanto por su necesidad en si mismas, sino porque ellas (como táctica) le van a permitir darse impulso para cumplir con objetivos que están planteados desde hace mucho tiempo.  La táctica auto-impuesta le pareció cobrar validez, cuando pudo constatar mínimamente que su tiempo no se había vuelto completamente obsoleto.

15.7.13

El subte y la brusquedad adulta

La escalera mecánica estaba detenida, lo que no impedía que los pasajeros igual bajen por ella. Udolfo no fue la excepción. Si bien había mucha gente, la estación del subte no estaba tan abarrotada como por la mañana cuando Udolfo hiciera el trayecto inverso. Se acercó al puesto de diarios, y apenas pudo constatar algunos datos de la revista que ya había visto horas antes en otro lugar, el transporte ya había arribado al andén. Esa publicación estaba en infinidad de sitios, por lo cual era inevitable volver a encontrarla. Se abrieron las puertas del vagón y todos se abalanzaron hacia dentro de él, con una brusquedad que a Udolfo le hizo recordar cuando siendo niño, sus padres lo llevaban a la fiesta del club. Mientras los adultos seguían en la mesa, los chicos jugaban en el salón a las escondidas o a la mancha, o hablaban entre ellos. Pero cuando comenzaba a sonar la música, los grandes se lanzaban a la pista para bailar, y no pocas veces Udolfo tuvo que correrse rápidamente para que no lo atropellen, o no lo pisen con los saltos que daban.

11.6.13

Sobre un sendero de grava

El camino se hacía cada vez más largo… Ya eran muchas horas de andar, y el lugar al cual debía arribar, parecía estar aún muy lejano. En un instante una percepción instantánea fue que el paisaje se repetía casi circularmente, pero sólo fue una sensación, que ni siquiera hizo que piense en eso. No se detuvo en el detalle, y los pasos sobre el sendero de grava prosiguieron con la ansiedad de llegar a ver esa edificación, que sería la señal de que faltaba muy poco, para llegar a destino. Las nubes se desplazaban a mediana altura, pero no daban el indicio de que pudiera desatarse una tormenta, a pesar de lo grisáceo del día, y que el sol se mantuviese esquivo para mostrar su luminosidad. Sabía que llegar a ese sitio, era solamente un esfuerzo por romper con la monotonía que le venía impuesta, casi como una autoexigencia, más que como la búsqueda de algún premeditado placer. Si éste último se produjera sería por añadidura, como resultado de haber podido salir de la inercia, y de saber que podía cumplir con ciertos requisitos propios de la voluntad. Pero a pesar de los pasos firmes, aquella edificación no aparecía, tampoco llegaba el atardecer, y las nubes seguían ocultando al sol. El paisaje se repetía, y se repetía…